– Se ha cumplido el sueño de su vida, lo que siempre ha deseado…
– ¡Cállate, idiota! -susurró Niva desde la entrada de la sala de montaje, enjugándose las lágrimas-. No tienes respeto por…
– Pero ¿qué pasa? -protestó Elmaliaj-. Cualquiera diría que he dicho algo que no sepa todo el mundo -y, mirando a su alrededor, se limpió la boca con el dorso de la mano y depositó la bandeja en el mostrador, tras el que estaba sentado Erez, el realizador de los informativos-. Está bien, no lo había visto -dijo después de mirar con disimulo hacia donde estaba Michael-; pero ¿es o no es como yo digo?
Pareció que Erez iba a decir algo pero en ese preciso instante entró Eli Bahar en la sala de montaje, que, tras mirar en una y otra dirección hasta que sus ojos se cruzaron con los de Michael, se abrió paso hacia él entre los presentes.
– Hemos encontrado a Beni Meyujas -dijo Eli Bahar en voz baja-, te esperan arriba.
Todos los siguieron con la mirada mientras salían de la estancia, pero nadie dijo nada.
12
Todavía en las escaleras, de camino hacia la salida del edificio de la televisión, Eli tuvo tiempo de describirle a Michael cómo, mientras estaba allí afuera por pura casualidad («Había dejado que Sasson se marchara a casa porque su mujer está con gripe, sola, y él ya llevaba aquí desde por la mañana, y como le había prometido a su mujer que volvería antes de las ocho para encender las velas de Jánuka con los niños y ya eran las ocho menos cuarto, decidí dejarlo marchar y me quedé allí para explicarle a Bublil a quién tenía que dejar salir o entrar y a quién no… No te puedes ni llegar a imaginar la tensión que hay… Tenemos retenido aquí a todo el mundo, a todos los empleados de la tele, desde las once de la mañana, tal y como nos has dicho que hiciéramos… Nadie puede entrar ni salir… Y aunque les hemos traído bocadillos y de todo… cada uno tiene sus propios planes y quieren salir…»), un taxi se detuvo ante la entrada y de él salió un hombre bajo con un pesado abrigo militar de color caqui y una gorra.
– Miré hacia afuera sin pensar en nada…, así, sin más…, no me fijé en que… De una manera automática vi cómo le pagaba al taxista y se quedaba mirando la puerta de entrada. Después leyó la esquela de Tsadiq y se puso tan blanco y tan nervioso que daba la sensación de que ignoraba lo que había sucedido -le susurró Eli Bahar a Michael cuando ambos se encontraban ya muy cerca del mostrador de los vigilantes de la entrada-, porque la expresión de la cara era indescriptible, y cuando vio el retrato del ultraortodoxo -Eli Bahar se refería al retrato robot que Ilan Kats había hecho siguiendo las confusas indicaciones de Aviva y que se habían apresurado a difundir por todas partes, pegando también uno en la puerta de entrada del edificio, junto a la esquela- se acercó a él y lo tocó con la mano como si… Parecía que le hubieran dado un mazazo en la cabeza… Y todo eso lo he visto desde el otro lado del cristal de la puerta, sin entender lo que estaba viendo…, hasta que caí en la cuenta de quién podía ser. Antes de que el vigilante, que estaba de espaldas, advirtiera lo que estaba pasando, reparé en que se trataba de Beni Meyujas, que pretendía entrar como si nada…, como si no hubiera desaparecido y no se le estuviera buscando… No sé qué decirte, pero me ha dado la impresión de que estaba completamente ido, fuera de órbita…
Mientras Eli Bahar seguía hablando, Michael descubrió, a cierta distancia, el semblante de Beni Meyujas, que se encontraba en el interior del edificio, muy próximo a la entrada, rodeado de varios agentes de policía y del personal de seguridad, y que, con las manos esposadas, miraba al frente con una expresión completamente extraviada. En ese momento llegaba también Arieh Rubin, que había subido por la escalera desde la sala de montaje y que se abría camino prácticamente a empujones hacia donde estaba Beni.
– Pero ¿se han vuelto locos, todos ustedes? -gritó Rubin, tirando de las esposas-. ¿Esto qué es? ¡Ni que fuera un criminal! -continuó bramando, al tiempo que posaba una mano sobre el hombro de Beni Meyujas-. Beni, pero ¿qué te ha pasado? ¿Cómo es que no…? ¿Dónde has estado? -le preguntó, mientras lo examinaba atentamente como si quisiera cerciorarse de que nada malo le había pasado.
Pero Beni Meyujas se apoyó contra la pared junto al mostrador de los vigilantes y le volvió el rostro sin responderle. Evitaba mirar a los ojos a su amigo aunque, en realidad, no miraba a nadie. Mantenía los ojos entrecerrados y la expresión de su rostro denotaba una terrible fatiga. Se diría que, de no estar apoyado contra la pared, o si no lo tuvieran sujeto, se habría caído.
– ¿Es necesario mantenerlo esposado? -protestó Rubin. Pero nadie le hizo caso, quizá también porque en ese momento llegó Hagar, tras correr escaleras abajo, como si la noticia de la aparición de Beni Meyujas hubiera corrido como un reguero de pólvora por todo el edificio, y eso le hubiera permitido acudir de inmediato. Abrió los brazos como para abrazarlo pero, al verle la cara, se contuvo y ni siquiera lo tocó; aunque también ella gritó:
– ¡Beni, Beni! ¿Dónde has estado? ¿Dónde te habías metido? ¿Estás bien? ¿Por qué no…?
Michael siguió la mirada de Meyujas, que había levantado los ojos hacia el monitor justo en el momento en el que aparecía un primer plano de Hefets -al tiempo que en la esquina derecha de la pantalla se mantenía una fotografía de Tsadiq enmarcada en negro-, que decía: «… la decisión de no interrumpir las emisiones de la televisión pública se debe también a la entrega y el coraje de todos y cada uno de sus empleados, que han tomado la decisión de honrar y reconocer el trabajo de Shimshon Tsadiq, que Dios tenga en su Gloria, su forma de actuar, y que desean igualmente materializar su credo que podría resumirse en que la información nunca debe ser interrumpida…».
Los ojos de Beni Meyujas pestañearon muy deprisa, y con una mueca de asco los bajó y los cerró, mientras en la pantalla aparecía ahora una fotografía con un pie que ponía: «Se busca» y que representaba el retrato robot de un ultraortodoxo, al mismo tiempo la voz de la locutora del informativo declaraba: «… se solicita la colaboración ciudadana para localizar el paradero del hombre que aparece en pantalla, metro setenta y cinco de altura, complexión media, ojos castaños… con unas claras marcas de quemaduras en las manos y en el antebrazo derecho…»; y, de repente, alguien le quitó la voz al aparato.