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En el pasillo, de camino a la cafetería, Michael vio a Hefets y a Natacha enfrascados en una animada conversación. Hefets extendió la mano para tocarle la mejilla a Natacha, como si quisiera quitarle una mancha o una miga, en un gesto de confianza y proximidad, pero Natacha la esquivó. Michael se acercó y se dio cuenta del enfado que inundaba el pulido azul de los ojos de ella y del veneno que destilaban las palabras que en ese momento salían de su boca:

– ¡Ajá! ¡Ahora lo entiendo! Así que lo que quieres hacer ahora es ocuparte de mí…

Pero entonces advirtió la presencia de Michael y se calló. Hefets, que estaba de espaldas al pasillo, se volvió y le lanzó a Michael una mirada de impotencia.

– No sé qué hacer con ella -se lamentó, como si hablara de una niña de la que los dos fueran responsables.

Natacha se cogió un mechón de pelo y lo miró con detenimiento.

– Ya lo ve -le dijo a Michael-, ahora resulta que se preocupa por mí, que le importa mi bienestar y me cuida para que no me pase nada, así que le he dicho -añadió sin mirar a Hefets-, que ya que eso es así, que me lleve a su casa, porque ¿qué hay de malo en eso? Allí nadie me va a hacer nada y él podrá protegerme, ¿no le parece?

– No tiene ninguna gracia -se quejó Hefets-, estoy realmente preocupado por ti. ¿Por qué no me crees? ¿Por qué te comportas conmigo como si yo fuera una especie de… criminal? -y dirigiéndose de nuevo a Michael prosiguió-: Se cree que lo único que deseo es lavarme la conciencia o que solamente me muevo por intereses, pero la verdad es que ciertamente me gustaría saber, como le he dicho antes, qué es lo que se podría… Me he enterado de lo del cordero degollado delante de su puerta, por la noche, veinticuatro horas después de que… Y eso sólo por casualidad, porque dos de los agentes lo estaban comentando y lo oí… Nadie pensaba contármelo… Me trata como a un desconocido, mientras que yo, ¿qué es lo que quiero, al fin y al cabo? La conozco tan bien… Somos íntimos… nosotros…

– Hefets -dijo Natacha en voz baja, recalcando cada sílaba-, te he dicho ya mil veces, Hefets, que ese «nosotros» se acabó. Ahora yo soy «yo» y tú eres «tú», cada uno completamente por su lado, y nada de «nosotros»; así que si… si crees que… -y de nuevo miró a Michael-. Dice que me ama -le dijo en un tono que denotaba asombro y desespero a la vez-, pero ¿qué significa eso de amar a alguien? ¿Eso qué es?

Hefets paseaba su atemorizada mirada de Natacha a Michael, ida y vuelta.

– Natacha… -le dijo ahora Hefets en tono de advertencia-, Natacha…

– Tú no me vas a decir lo que tengo que… Porque te estoy preguntando qué es eso de amar a alguien; y también a usted se lo pregunto -dijo dirigiéndose de nuevo a Michael-, a ustedes se lo pregunto, dos hombres mayores que yo y más sabios que yo: ¿qué significa eso de amar a alguien?

Michael permanecía en silencio mirando a Hefets, que apoyaba todo su peso alternativamente sobre uno u otro pie y no dejaba de enjugarse el sudor de la frente. Cuando parecía que finalmente iba a decir algo, se limitó a murmurar:

– Natacha…, hazme el favor, Natacha…

– ¿Amar a alguien significa desear que esté bien? -insistió Natacha-. ¿Sí o no?

Hefets carraspeó pero no dijo nada.

– Entonces sí puedes ayudarme, puedes darme…, ayudarme… Quiero seguir con ese reportaje, sabes que soy muy buena en eso, es lo único que te…

– ¿La ha oído? -le dijo Hefets a Michael, conmocionado y sujetando a Natacha por el brazo-. Pero ¿no entiendes lo peligroso que resulta eso ahora? -y prosiguió en un susurro-: Después de todo lo que… ¿no puedes dejar en paz a los ultraortodoxos ésos? ¿Qué empeño tienes con ellos? ¿Ahora te ha dado por obsesionarte con el tema?

– ¿Qué? -dijo Natacha, sacudiendo con fuerza el brazo para que la soltara-, ¿por una ridícula cabeza de cordero te entra el pánico?

– No, no es solo eso -dijo Hefets-, aunque también, porque me parece bastante terrorífico, por la noche… ¿O es que no te dio miedo encontrarte con algo así por la noche…? Llegas a casa y te encuentras con la cabeza de un cordero columpiándose en tu puerta… ¿No da miedo, acaso? Pero no es solamente por eso, sino por Tsadiq… He visto a Tsadiq… Créeme, Natacha… -dijo, y la voz se le quebró.

– No tiene nada que temer, porque ahora los vamos a llevar a la comisaría de Migrash Ha-Rusim, y hasta que los interroguemos y… A Natacha no le va a pasar nada.

– ¿Ahora? -dijo Hefets furioso-, ¿ahora tenemos que ir a Migrash Ha-Rusim? Pero si estamos a mitad del… Tenemos que… -señaló con la cabeza la cafetería, donde se encontraba el equipo de los informativos hablando con gran animación alrededor de una larga mesa hecha después de unir tres mesas de formica-. Tenemos una reunión de trabajo urgente, no podemos marcharnos a ningún lado, hay policía por… Es el único sitio en el que podemos… Hay cosas que… Y todavía no he decidido quién va a dirigir los informativos, porque yo solo ahora no puedo… Y además… Rubin no quiere sustituirme como director de los informativos, ni siquiera temporalmente, porque me ha dicho que no quiere un puesto de mando, ningún cargo, y no tengo…

Michael se encogió de hombros y le indicó, con un gesto de la mano, que entrara en la cafetería, y luego lo siguió, justo en el momento en el que Niva gritaba:

– No podemos anunciar en las noticias que uno de nuestros compañeros ha sido detenido bajo sospecha de… ¿de asesinato? ¿Eso es lo que vamos a decir?

– Tranquilízate de una vez -le espetó Erez-, ¿qué haces ahí vociferando como una niña pequeña? Pero ¿es que no entiendes la situación? No diremos el «sospechoso» sino el «detenido», pero debemos informar de ello, porque ¿qué te crees, que el canal 2 se va a comportar y no va a decir nada al respecto?

En cuanto vieron a Michael se callaron. Durante unos segundos se quedaron mirándolo, hasta que Niva, en un tono entre asustado y hostil, se atrevió a preguntar:

– ¿Es cierto que han detenido ustedes a Beni y que es su sospechoso? -y sin esperar respuesta añadió-: ¡No me lo puedo creer! ¡Hay que estar completamente ciego para sospechar de Beni Meyujas! Pero si él ni siquiera estaba aquí, ¿cómo es posible entonces que…?

– Tenemos que resolver unas cuantas cosas urgentes -dijo Hefets-, porque nos quieren llevar a declarar a la comisaría de Migrash Ha-Rusim…

– ¿Ahora? -protestó Erez-, ¿después de habernos estado volviendo locos durante todo el día? No basta con el trau…, con la desgracia de lo de Tsadiq…, sino que también… Pero ¿qué es lo que hemos estado haciendo durante todo el día sino declarar y declarar?

– ¿También nosotros somos sospechosos? -quiso saber Niva-, ¿la televisión entera está bajo sospecha?

Michael la miró en silencio y después miró a Tsipi, la ayudante de producción embarazada, que, suspirando, puso los brazos sobre la mesa y apoyó la cabeza en ellos. Cuando sus ojos se toparon con los de David Shalit, el cronista de sucesos, éste le devolvió una mirada interrogativa, se levantó y se llegó hasta él.

– Quiero hablar con usted, superintendente Ohayon -le dijo en un susurro-, tengo que saber cuántos…

– Déjalo ahora, Dudu -le dijo Hefets con mucha calma-, nadie va a hablar ahora contigo, tienen… asuntos más importantes que tratar, ¿no es cierto? -y dirigiéndose ya abiertamente a Michael añadió-: ¿Cuánto tiempo nos da para terminar la reunión?

– Una media hora -le contestó Michael mirando el reloj-, y espero que podamos terminar esta misma mañana, pero dependerá de la evolución de los acontecimientos.

– ¿Y qué va a pasar con los informativos de la noche? -inquirió Hefets-; usted no se puede llevar al personal de las noticias de la noche, porque alguien tendrá que presentar el telediario.