– Pues hágame una lista -le dijo Michael- de los que no puede prescindir, pero sólo de los que obligatoriamente han de estar aquí esta noche, y nosotros…
– Pero si somos casi todos -protestó Hefets-: Erez, el presentador de la noche, la ayudante de producción, la entrevistadora, los reporteros, Dani Benizri, y también Rubin tiene que estar, y Niva…
– Yo no estoy dispuesta a quedarme -dijo Niva.
– Usted prepare la lista y nos los llevaremos después de la edición de mediodía, en nuestros coches patrulla. Excepto a los que estén en la lista -dijo Michael-. Todos los demás tendrán que acompañarnos sin rechistar y quien no pueda hacerlo a las nueve y media lo hará a medianoche, porque por mi parte no hay ningún problema.
En ese momento entró en la cafetería un policía uniformado.
– Señor -le dijo el agente a Michael, sin aliento-, desearíamos que… -y señaló con la cabeza en dirección a la puerta.
– ¿Qué pasa, Yigal? ¿Ha pasado algo más? -preguntó Michael, apresurándose a ir hasta donde estaba el policía.
– Se trata de dos asuntos, señor -le dijo-: el primero es que hay un hombre en la puerta de entrada que se ha identificado como periodista y que debe entregarle algo a Hefets. No le han permitido entrar, pero lleva un sobre en la mano que no quiere entregar a nadie y no hace más que repetir que el realizador le ha dicho que sólo se lo puede entregar a Hefets personalmente, de manera que hemos decidido consultárselo a usted, señor, y si…
– Hefets -llamó Michael a Hefets, que acudió muy deprisa-, cuéntaselo, Yigal, y que decida él qué se hace -le dijo Michael al policía.
– Por mí lo hubiera obligado a marcharse, lo hubiera echado… -le explicó el policía en tono de disculpa-, pero tratándose de un periodista, he creído que…
– Has hecho muy bien -le dijo Michael-, en situaciones como ésta nunca se sabe… -estaba pensando en Natacha, si no se trataría de algo relacionado con ella que solamente podía llegar a manos de Hefets.
El agente le explicó a Hefets lo que sucedía, y los tres subieron desde la planta de la cafetería a la de la entrada. Michael y el sargento Yigal se quedaron juntos al final de las escaleras y vieron cómo Hefets iba hasta donde estaba aquel muchacho que llevaba un casco de moto en una mano y en la otra un sobre amarillo, que le tendió a Hefets en silencio para después marcharse de inmediato.
– Un momento, espera -le gritó Hefets-, que no he firmado ningún acuse de recibo… -pero el chico había desaparecido de su vista.
– ¿Y cuál es el segundo asunto? -preguntó Michael al sargento Yigal, mientras miraba a Hefets, que sujetaba el sobre como si lo estuviera sopesando y había empezado a rasgarlo mientras se encaminaba de vuelta hacia la cafetería. Por un momento, Michael pensó en pedirle que lo abriera en su presencia, pero el sargento lo distrajo al decir:
– Señor, es mejor que suba conmigo al segundo piso, donde los informativos, porque allí hemos encontrado… Lo están esperando -y cuando Michael se disponía a subir por la escalera, el sargento le dijo-: Ya he llamado al ascensor, señor, porque es un poco urgente -y los dos entraron en el ascensor, el sargento apretó el botón que tenía un tres-. Es el segundo piso, pero a causa del sótano… -empezó a explicar, pero se calló en cuanto la puerta empezó a cerrarse muy lentamente.
También a la puerta de la sala de redacción había apostado un policía, y en el interior se encontraban tres miembros de la policía científica.
– Yafa se lo enseñará -le dijo uno de ellos al tiempo que se metía en uno de los despachos-, está en la tercera puerta, donde pone «Reporteros de asuntos exteriores».
– Lo hemos encontrado -le anunció Yafa muy satisfecha-. ¿Qué dijimos? Sabemos que todo lo que se toca deja su rastro. Pues aquí lo tienes.
Con un dedo enfundado en un guante de silicona, señaló el cuello de una camiseta celeste que había extendido sobre una impresora colocada debajo de una ventana.
– ¿Ves esta mancha, que es como marrón? Pues no es marrón sino roja, y han intentado eliminarla, pero sin éxito. Quien lo haya intentado no sabe que para limpiar la sangre hay que hacerlo con agua fría -y sonrió con complacencia-. Lo han intentado con agua hirviendo, puede que con el agua del calentador del agua para el café -y señaló el calentador eléctrico que había en un rincón del despacho-, o puede que la hayan cogido de otro sitio; pero la cuestión es que se han propuesto eliminar la mancha con agua hirviendo y lo único que han conseguido es que cambie de roja a marrón.
– ¿Estás segura de que es sangre? -vaciló Michael.
– Yo nunca estoy segura de nada -le respondió Yafa visiblemente molesta-. Lo sabremos después de los análisis, pero estoy dispuesta a jugarme lo que quieras a que sí lo es. Cuando se asesina a alguien con semejante ensañamiento no hay protección posible.
– Yo contigo ya no me apuesto nada -dijo Michael, inclinándose sobre la camiseta-, porque todas las veces que lo he hecho, luego me he sentido como un… ¿Qué es lo que pone en esta etiqueta? Es una camiseta de…
– Perdone que lo interrumpa, señor -dijo Yafa en tono irónico-, pero esta camiseta tiene más pistas de las que nos podamos imaginar y hasta podría decirse que su hallazgo constituye un verdadero milagro. Ante todo, si se trata de sangre y si ésta está relacionada con la escena del crimen, y ten en cuenta que he dicho dos síes condicionales, puedes estar seguro de que no se trata de una mujer.
– ¿Por qué? ¿Porque pone una L de large?
– No, desde luego que no, porque hay mujeres a las que no les gusta la ropa ceñida y que prefieren las camisetas holgadas, pero podríamos decir que también por eso, aunque sobre todo por lo que te he comentado de lo de la sangre y el agua hirviendo.
– No todas las mujeres saben quitar manchas -continuó retándola Michael.
– Ahí está el quid de la cuestión -dijo Yafa en un tono triunfal-, que no todas las mujeres saben quitar manchas, ni las que saben, saben cómo quitarlas todas, pero, si se trata de sangre, eso ya es harina de otro costal. Todas las mujeres saben que la sangre se elimina primero con agua fría, y si tú tuvieras la regla todos los meses, también lo sabrías.
– Ajá, ya hemos llegado a la regla -dijo Michael levantando las manos en señal de rendición, aunque sin sonreír-, ante eso ya no tengo nada que decir… Porque ¿quién soy yo para enfrentarme a los poderes naturales de la menstruación? Pero ¿qué me dices de la talla?
– Como muy bien has dicho, se trata de una camiseta de hombre de la talla L -confirmó Yafa-, pero hemos tenido mucha suerte. Si está relacionado con el caso, nos ha tocado la lotería. Si resulta finalmente ser la sangre de Tsadiq, entonces vamos a tener un hilo del que tirar, porque se trata de una camiseta muy especial que no creo que pueda conseguirse aquí, en Israel, aunque habrá que comprobarlo en los distintos centros comerciales. Mira -y le mostró la etiqueta-, ¿lo ves? Es de Eddie Bauer, de los Estados Unidos, que es una tienda supercara, lo que se llama un sportwear, apto sólo para hombres que estén dispuestos a pagar lo que sea para llevar una marca de prestigio en una prenda de uso diario… Lo sé por pura casualidad… Y es que uno nunca sabe cuándo van a serle de utilidad las cosas de las que se entera… Porque hace un tiempo, una de las que trabaja con nosotros le trajo unos calcetines a su novio, pero, como está casado, le dijo que no podía llevarse a casa unos calcetines de Eddie Bauer, porque su mujer sabía que él no había ido a los Estados Unidos y lo primero que haría sería preguntarse quién podría haberle traído algo así. Esa explicación la enfureció tanto, que él fuera tan cobarde, que decidió no regalárselos, y eso que le había traído tres pares, y en lugar de eso se los dio a Rami; lo conoces ¿verdad? Todo eso lo oí por pura casualidad y me apuesto lo que sea a que el dueño de esta camiseta seguro que tiene otra más y también calcetines de la misma marca; así que si encuentras a alguien que lleve una camiseta o unos calcetines así…, entonces ya tienes todos los… El caso estaría prácticamente cerrado… ¿Entiendes el significado de lo que te estoy diciendo? Esto sólo se compra en América, para ti mismo o para alguien a quien quieras. Para que lo sepas en un futuro. ¡Y, además, también he encontrado esto! -dijo, mientras agitaba una bolsita de plástico sellada que le enseñó de cerca y que contenía un pelo grisáceo-. Estaba en la camiseta. Por dentro. Si resulta ser sangre y si es la de la escena del crimen, este pelo… puede llegar a ser la clave de todo.