– ¿Quién ha encontrado la camiseta? -preguntó Michael.
– La ha encontrado Yigal detrás de la mesa de los ordenadores de la sala de los reporteros de asuntos exteriores, tirada entre la pared y la mesa, así, doblada. ¿Qué dices a eso?
– Pues que te felicito, Yigal -dijo Michael, y el sargento se ruborizó.
– ¿Quién ha estado hoy en esa sala? -preguntó Michael a Yafa-, ¿lo habéis averiguado ya?
– Perdone, señor -dijo el sargento Yigal desde su puesto junto a la puerta-, pero todos han estado ahí. Según parece, todo el mundo va en algún momento a la sala de los reporteros de asuntos exteriores, muchísima gente además de los propios reporteros… La infografista…, cualquiera que necesite el ordenador… Todos los de los informativos entran en ese despacho.
– Pero ¿habéis comprobado quién ha estado hoy concretamente? -preguntó Michael.
– Naturalmente que sí, señor, por supuesto que sí -pareció ofenderse el sargento-, pero… -y tras vacilar un momento, optó por callarse.
– ¿Pero?
– Pero mire usted la lista -dijo el sargento y se sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado que extendió entre ambos-, tenemos anotadas a trece personas que o bien son ellos mismos los que afirman que estuvieron en la sala o bien alguien los vio entrar, mire, mire… Y todavía no hemos terminado de preguntarle a todo el mundo…; acabamos de empezar, porque no hace más de media hora que encontramos la camiseta… Y, además, señor, Yafa dice que cualquiera pudo haber entrado, tirado la camiseta y salido rápidamente sin que nadie lo viera.
Michael examinó la lista de los nombres, que incluía a Tsipi y a Tsvia, las ayudantes de producción, a Keren, la presentadora, a Hefets…
– ¿Qué pinta Hefets aquí? -le preguntó al sargento.
– La verdad es que no lo sé, porque nos ha dicho que sólo entró un momento -respondió el sargento rascándose la coronilla.
También Rubin estaba en la lista.
– Vino a buscar a Hefets.
Y Eliahu Lotfi, el reportero de medio ambiente, Elmaliaj, el cámara, y también Schreiber, y Natacha, y Niva, y hasta el propio Tsadiq, que había pasado por allí a las ocho de la mañana; porque en algunos casos el sargento Yigal había anotado la hora a la que habían estado, y hasta había hecho una especie de tabla. Había además tres nombres que Michael no conocía.
– Éste es uno de los reporteros de asuntos exteriores -le dijo el sargento, poniendo el dedo sobre el primero de ellos-, y éste de aquí, ¿qué he escrito? Ah, sí, es la que escribe… ¿Cómo se llama eso? Tele algo… Donde se escribe lo que leen los presentadores de los informativos. Y esta otra…, aquí lo pone…, es una presentadora…, la presentadora de un programa literario o algo así, estaba entrevistando a un escritor, pero es para el viernes. Le gusta trabajar por la mañana temprano, cuando todavía nadie molesta, me ha dado una copia de lo que estaba haciendo, aquí tengo su nombre y todos los detalles; pero ella estuvo allí antes de que sucediera todo… Todavía no he podido hablar con todos, pero, por ejemplo, Dani Benizri dice que entró con un cámara y que estuvo trabajando en el ordenador… Puede usted hablar con él, señor, ahora está en la sala de montaje número ocho, hace ya más de una hora que está allí y no ha querido… Nos ha dicho que ya que lo tenemos secuestrado por lo menos lo dejemos trabajar. ¿Y qué podíamos hacer? ¿Ponernos a discutir con él? Nos ha dicho que lo llamáramos cuando llegara nuestro jefe… ¿Qué podía yo ha…? Arieh Rubin también está allí, en la sala de montaje, y me ha dicho lo mismo, que si usted lo buscaba…
Michael dobló la hoja, miró al sargento y le dijo:
– Estupendo, Yigal, lo felicito, pero todavía le queda mucho trabajo, como completar esta tabla y comprobar antes que nada cuándo y por qué estuvieron en esa sala, y si vieron entrar a alguien y…
– Así lo haré, señor -dijo el sargento, y sus ojos castaños y redondos resplandecieron felices por las alabanzas de su jefe.
– ¿Cuánto tardaremos en tener una respuesta? -le preguntó Michael a Yafa.
– ¿Sobre lo de la camiseta? ¿De la sangre? -dijo Yafa distraída-. Lo sabremos enseguida, puede que mañana mismo, pero lo del pelo ya es otra cosa, es más complicado… Ya sabes lo que tarda lo del ADN… Espero que pasado mañana; pero antes ya tendremos lo de la sangre.
– Subo un momento al piso de arriba -dijo Michael-, si Eli Bahar o Balilti me buscan, decidles que estoy allí.
El sargento Yigal asintió con un movimiento enérgico de la cabeza y Michael subió por las escaleras. Puede que lo hiciera para comprobar su capacidad pulmonar, para ver si la punzada que había sentido durante los dos últimos meses antes de dejar el tabaco, sobre todo cuando corría escaleras arriba, y que había sido la causa de que el médico de cabecera, después de describirle con todo lujo de detalles un sinfín de enfermedades pulmonares, le ordenase dejar de fumar, había desaparecido. Sin embargo, ahora constataba que la punzada persistía y que con el esfuerzo todavía le subía desde el pecho una especie de silbido, de manera que por un momento se preguntó si tenía sentido la tortura por la que estaba pasando al tratar de dejar el tabaco. Aunque por otro lado, como todo estaba plagado de avisos de «prohibido fumar», se ahorraba tener que salir a buscar un lugar donde estuviera permitido echarse un pitillo o tener que transgredir la ley, como en no pocas ocasiones había hecho en el pasado.
Dani Benizri se encontraba sentado frente a la mesa de montaje, con la camisa negra desabrochada, y una camiseta blanca asomando por debajo. Al oír que la puerta se abría, levantó la cara del monitor. Detuvo la película y en la pantalla se congeló la imagen de Esti, embarazada, detrás del volante del camión, sujetándose el vientre con las manos y retorciéndose de dolor mientras le hacía señas a la cámara y Rahel Shimshi, arrodillada en el asiento de al lado y muy asustada, le daba palmaditas en las mejillas.
– Es el reportaje sobre las mujeres de los obreros para la edición de la noche -le explicó Dani Benizri, antes de que a Michael le diera tiempo a preguntarle nada- Es…, es terrible lo que ha pasado allí… Ésta… -y señaló a Esti- es la cuñada de Shimshi, hoy ha perdido al niño… Era su primer embarazo… -continuó diciéndole a Michael-. Ha sido un día espantoso, lo de hoy ha sido de pesadilla. Por todo. Necesito unos cuantos minutos más para terminarlo.
Michael se aproximó al monitor para ver mejor la imagen que Benizri había congelado.
– De toda esta historia lo que no acabo de entender -dijo el reportero-, es cómo Rahel Shimshi…, cómo ha podido dejar que Esti fuera con ellas estando embarazada, con lo que le había costado además quedarse en estado; créame, conozco la evolución de cerca… Después de pasar por mil y un tratamientos y sufrimientos, y al final ¿para qué? ¿Para acabar así, perdiendo al niño? Ha sido sólo por eso por lo que Rahel Shimshi ha accedido finalmente a salir del camión. Ha sido ella misma la que ha soltado las cadenas y lo ha detenido todo. Las demás ni siquiera se habían enterado. Llamamos una ambulancia, y ¡cuánta sangre! No puede usted ni imaginarse lo que ha sido. Ella se pondrá bien, pero al niño no lo han podido salvar. ¡Se va a armar una!