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Hefets echó una mirada hacia el interior de la cafetería.

– Mire esto -masculló-, un silencio sepulcral -y se estremeció-, ya no puede uno ni abrir la boca, porque todo suena… Nunca había visto la cafetería en este estado, ni siquiera durante la guerra de Yom Kippur. Y créame que conozco bien este sitio… Desde que yo recuerdo, siempre ha habido aquí una cafetería. La pared de la derecha la levantaron un día mientras comíamos. Fue en el sesenta y nueve, inmediatamente después de que empezáramos a emitir; pero entonces todavía había dos grupos, no nos sentábamos así, todos mezclados, como ahora. Entonces había clases. Estaba el grupo de los polacos, que acababan de inmigrar tras haber sido expulsados de Polonia, comunistas decepcionados con muchos cigarrillos en los pulmones y que eran unos engreídos. Se burlaban y se reían de todos los ismos, porque eran unos esnobs que habían trabajado en el cine polaco y estaban de vuelta de todo, aunque al fin y al cabo no eran más que unos refugiados… Por otro lado estaban las mesas de los israelíes… todos jóvenes… No sabíamos nada… Entonces las mesas eran redondas y nos sentábamos en dos zonas diferenciadas. En los años setenta, cada vez que volvía del ejército, de servir en la reserva, era capitán…, llegaba a la cafetería y no sabía a qué grupo pertenecía… Es decir…, ¿con quién me sentaba?, ¿con los jóvenes o con los redactores? ¿Con los polacos? Pero ellos ya no están, los polacos. Fueron muriendo, se marcharon… Pero siempre se gritó mucho aquí, nunca ha habido un silencio como el de hoy… Nunca se ha podido oír lo que decían los monitores como sucede ahora, y ni siquiera sale nadie pidiendo que se les baje el volumen… Veo que han puesto cualquier reposición, les he dicho que buscaran algo, para salir del paso, pero no creí que…

Hefets entró en la cafetería, lanzó una mirada hacia las dos mesas que estaban ocupadas y levantó los ojos hacia el monitor. También Michael lo miró. «¿Cuál es pues, en su opinión, el papel que desempeña el escritor?», preguntaba con demasiado énfasis un joven entrevistador de cabeza afeitada y rostro redondo, mientras se tocaba su oscura perilla. Los dos hombres que estaban en el estudio se pusieron a hablar a la vez y al instante se callaron. A continuación, se miraron confusos hasta que uno de ellos, el más joven, extendió el brazo en señal de que le cedía la palabra al otro, que tenía una expresión abatida y unos labios muy finos, rasgo que le confería un aire monacal; éste, inclinándose hacia delante, empezó a explicar que tanto el espíritu de la época como los medios de comunicación habían conseguido poner en entredicho la posición del artista en general y del escritor en particular. «La gente no lee», dijo con amargura, «a no ser que le des pornografía blanda o alguna historia sobre un incesto en la familia…»

«El incesto siempre sucede en la familia, ¿no?», objetó una mujer sonriendo levemente y agitando sus rojizos bucles, y entonces el otro hombre, el joven, dijo: «Pues a mí me ha parecido apreciar que sí se lee… Personalmente he recibido muchos comentarios sobre La gitana de Guivat Olga, y muy emotivos… Hay lectores que me han escrito… y es cierto que han reaccionado muy bien a los pasajes eróticos…». En la pantalla, con esas palabras de fondo, aparecieron tres libros, y la cámara se detuvo especialmente en el que se acababa de nombrar.

– Pero ¿esto qué es? ¿De dónde han sacado este engendro? -vociferó Hefets furioso y se abalanzó sobre el teléfono, mientras la voz de la mujer decía: «La pregunta era cuál es el papel del escritor, ¿verdad? El papel del escritor es el de saber ver la verdad y contarla; en ocasiones, el escritor hasta tiene que mentir para contarla, pero…». Hefets colgó el teléfono. En ese mismo instante se cortó la emisión y en lugar de la imagen apareció en pantalla un «Rogamos disculpen esta interrupción». En ese momento, al fondo de la cafetería, Niva se levantó de su silla y se encaminó hacia ellos arrastrando los zuecos.

– Aquí tiene su lista -le dijo a Michael con un rencor manifiesto mientras le tendía dos folios-, con todos los nombres, el puesto que ocupa cada uno y sus obligaciones laborales para hoy. ¿Es así como lo quería?

Michael hizo caso omiso de la pregunta, hojeó los folios que le había entregado y dijo:

– Entonces todos los que se encuentran en la columna de la izquierda están libres desde este mismo momento, ¿verdad?

Niva se lo confirmó asintiendo con la cabeza.

– ¿Y dónde están?

– En la sala de redacción, tal y como se nos ha dicho, esperando a que ustedes se los lleven; ¿no era eso lo acordado?

Michael salió de la cafetería y subió por las escaleras a la sala de redacción. A la puerta lo esperaba el sargento Yigal, quien le anunció con mucha urgencia que Tsila lo estaba buscando.

– Me ha dicho que le entregó a usted un teléfono móvil pero que usted no lo lleva encendido, señor -le dijo el sargento Yigal con preocupación-, pero yo le he explicado que lo que sucede es que en la cafetería no hay cobertura.

Michael rebuscó en sus bolsillos. El teléfono móvil se lo había quedado finalmente Eli Bahar y seguro que no lo había encendido.

– Dice que la llame cuanto antes -añadió el sargento-, que es muy urgente.

Yafa le marcó el número de Tsila en su móvil, al tiempo que mascullaba algo sobre las personas inteligentes que son negadas para la técnica, y le pasó el aparato. Tsila le dijo, sin muchos preámbulos, que acudiera a la reunión de inspectores: «Ven antes de que empiece todo el lío de los interrogatorios, te estamos todos esperando, tienes un coche patrulla a la puerta».

– Hay tantísimo material que resulta difícil decidir por dónde empezar -se quejó Tsila mientras todos, tras tomar asiento, se dedicaban a comer o a tomar algo. Fue sólo a las ocho de la tarde, y después de solicitar una tregua en los interrogatorios y las investigaciones, cuando Tsila consiguió reunir a todos los miembros del equipo que se ocupaban del caso.

– Pero si de cualquier modo tenéis que hacer una pausa para comer algo -se justificó ante Michael-, después de un día como éste, con la investigación a medias, no se puede uno sentar a dar cuenta de una comida en toda regla, tenemos que abreviar, y por eso Balilti ha traído pitas y jumus para todos… -añadió, señalando hacia una mesa situada en un rincón del despacho-. Hay de todo, hasta café; lo único que falta es dar con Eli, a ver si lo encontramos, porque no me contesta ni al busca ni al móvil, y que vuelva Balilti, que ha querido salir un momento… Siempre nos hace lo mismo… este Balilti… Si lo ves no dejes que se vuelva a marchar -y mientras hablaba abrió la puerta del despacho y se asomó al pasillo-. ¡Dani Balilti! -gritó-. ¿Alguien ha visto a Balilti?

– ¿Por qué gritas de esa manera? Pero si te he dicho que enseguida volvía. ¡Cualquiera diría! ¿Qué pasa? ¿Alguien me está esperando? ¿Han llegado ya todos los demás?

Michael sonrió al oír a Tsila decirle a Balilti que sólo lo esperaban a él, porque en ese momento oyó la voz de Eli Bahar que, después de entrar resollando y de desplomarse sobre una de las sillas, preguntó si alguien se había ocupado de llevar café.

– ¿Os habéis vuelto completamente locos? -gritó de pronto, al descubrir allí un candelabro de Jánuka con tres velas encendidas-. Pero ¿esto qué es? No me digáis que vamos a empezar a celebrar las fiestas de Israel, como los niños y los religiosos.

– Ya que has nombrado a los niños, no estaría de más que de vez en cuando te pasaras por casa, porque hace ya dos días que tus hijos no te han visto y yo no me puedo mover de aquí. Tu madre los ha traído hace un rato, para que encendieran las velas; te buscaban, pero no estabas localizable en ningún sitio.

– Ah, ya decía yo que el candelabro me sonaba. ¿No es el que hizo Dana en la guardería?

Michael suspiró y se quedó observando el palillo nuevo que se acababa de sacar del bolsillo de la camisa.