– Bien -dijo Eli Bahar-, pues al director general no le gustaba Tsadiq.
– Estamos hablando en serio -dijo Rafi molesto-, ¡que no le gustaba!, ¡al director general!, por favor…
– Me limito a hacer lo que se me ha dicho -se hizo el ingenuo Eli Bahar-, pero aunque no queráis mi opinión, tengo la impresión de que Tsadiq era una persona muy querida en el edificio, por todos, también en la cafetería. Allí lo han llorado como…
– Vale, pero dinos lo que crees -dijo Michael.
– Eso ya es otra cosa -respondió Eli Bahar-, porque la impresión de uno no tiene una base… es… ¿Habéis visto el informativo de las cinco? ¿Cuándo han comunicado lo de Tsadiq?
– Lo hemos visto -dijo Michael-, y hasta lo hemos grabado, ¿verdad, Tsila?
– Para eso es para lo que nos encontramos reunidos en este lugar -dijo Tsila-. ¿Está ya puesta la cinta?
– Prestad atención al discurso de Hefets -dijo Eli Bahar-, yo he estado allí cuando lo ha pronunciado, no en el estudio mismo, sino en la sala de redacción. Hemos hecho una pausa para oírlo.
Tsila puso en marcha el aparato de vídeo que había encima de la pequeña tele y el rostro redondo y relleno de Hefets llenó la pantalla a la vez que declaraba con una expresión muy seria: «La dirección de la Radio-Teledifusión y la totalidad de sus trabajadores les comunican con pesar y estupefacción la pérdida de…».
– ¡Qué exagerado! -exclamó Lilian-, las mismas palabras que para… ¡Ni que se tratara del primer ministro!
– ¡Qué más da! -le dijo Eli Bahar haciéndola callar mientras Michael seguía el discurso con distracción: «Los trabajadores de la Radio-Teledifusión les comunican… Todos los ciudadanos del país… La suerte ha sido que…».
– Un momento, un momento, callad -dijo Shorer, que hasta ese instante escuchaba en un absoluto silencio-, atended bien a lo que dice ahora. Tsila, rebobina un poco, por favor.
Tsila apretó el correspondiente botón del mando a distancia y rebobinó la cinta.
– ¡Aquí! -le ordenó Shorer-, detenía aquí y escucha bien.
«… y materializar su credo…», se oía la voz de Hefets, emocionada y temblorosa, «la información nunca debe ser interrumpida… He aceptado ocupar el puesto de director de la televisión y procuraré actuar para satisfacción de mis superiores y representar con lealtad la política del gobierno a la que se debe el medio…»
¡Detenlo! -gritó Shorer-. ¡Páralo, Tsila!
– Pero ¿qué pasa? -preguntó Balilti sorprendido-, ¿qué es lo que ha dicho?
– ¿No lo has oído? -se sorprendió Shorer a su vez-: «representar con lealtad la política del gobierno»; nunca se había oído algo así en este país, a este hombre no habría que permitirle que fuera el director de la televisión; pero si es algo a todas luces… Esto no es, desde luego, lo que Tsadiq hubiera hecho.
– ¿Y qué trascendencia puede llegar a tener eso? -preguntó Balilti, visiblemente sorprendido-. ¿Te refieres a que puede considerarse como móvil del asesinato? ¿Que ha habido un complot y que alguien… envió a Hefets a…? No, lo que quieres decir es que alguien ha querido taparle la boca a Tsadiq para que Hefets ocupe su puesto y se convierta en la voz de su amo, es decir del gobierno. ¿Eso es lo que nos quieres decir?
– Sabemos muy bien -dijo Shorer muy despacio-, tras años de experiencia, que cuando tenemos un caso de asesinato cualquier cosa que se desvíe de la norma puede ser un móvil. ¿Y no te parece bastante fuera de lo común lo que acabamos de ver?
– Sí, la verdad es que no es muy corriente que… -empezó a decir Balilti moviéndose incómodo en su asiento-, pero ¿adónde quieres ir a parar, exactamente? ¿Te parece que pueda estar relacionado con el asunto de los ultraortodoxos y las investigaciones de…?
En ese momento la puerta se abrió y en ella apareció un agente de uniforme. Jadeaba pesadamente y el ruido de su respiración se oyó claramente en el silencio que se había hecho.
– Disculpe, señor -dijo dirigiéndose a Michael y, al darse cuenta de que también se encontraba allí Shorer, añadió-: Señor, discúlpeme también usted, pero…
– ¿Qué sucede, Davidov? -preguntó Shorer-, ¿ha pasado algo?
– Acaban de llamar de la emisora central…, dicen que han encontrado un cadáver… en un piso al lado de la gasolinera de Oranim… No los han podido llamar porque estaban reunidos y nadie contestaba al móvil ni a los buscas, de manera que me han pedido que… Se trata del cadáver de un hombre.
– Pero por qué… -preguntó Eli Bahar con nerviosismo-, sólo por eso nos ha interrumpido… -pero se calló en seco al ver que Shorer alzaba el brazo.
– ¿Y por qué es tan importante que lo sepamos de inmediato? -preguntó Shorer-, ¿quién ha considerado que merecía la pena que se nos molestara por ello?
– Dicen, señor -se explicó Davidov desde el umbral-, dicen que se ajusta al retrato robot…
– ¿Cómo? Pero ¿esto qué es? -exclamó Balilti levantándose de su asiento.
– Nos han dicho que se trata de un varón de esa edad, con quemaduras y vestido de ultraortodoxo -prosiguió Davidov tirándose de los bordes del impermeable-. Nos han llamado desde un teléfono fijo, para que nadie pudiera oírnos a través de un móvil o del intercomunicador. Piden que acudan ustedes enseguida -añadió, mirando a Michael.
– ¿Dónde es, exactamente? -preguntó Michael al tiempo que se ponía en pie, seguido por Eli Bahar y el sargento Ronen, aunque él había mirado solamente a Shorer.
– Lo tengo aquí apuntado -dijo Davidov y le tendió una nota grande en la que había sido escrita la dirección con un lapicero grueso-, es en la calle Meqor Hayim, a dos manzanas de la gasolinera de Oranim, en el segundo piso, la casa sólo tiene dos pisos y la entrada está por detrás. Ahí tiene usted también el nombre del agente y de la comisaria que lo han encontrado, pero han pedido expresamente que no los llame nadie a través del intercomunicador, solamente por el móvil, si es estrictamente necesario. El número está ahí también.
– ¿La capitana Nitza Peretz? ¿La conoces? -preguntó Balilti, que miraba la nota por encima del hombro de Shorer mientras abandonaban la estancia a buen paso en un intento por alcanzar a Michael, que ya corría escaleras abajo.
– Pues naturalmente que la conozco, lo mismo que tú -dijo Shorer-: pero si es Nitza, la pelirroja -y, por más señas, Shorer dibujó en el aire unas caderas esbeltas.
– ¡Ah, sí, Nina! -exclamó Balilti y un destello resplandeció en sus ojos mientras bajaban ya las escaleras de camino hacia la puerta del edificio-. ¿Desde cuándo es Nitza? ¡Si era Nina, la pelirroja! No estaba destinada en el distrito de Galilea? ¿O estaba en el de la zona sur? Sí, ahora recuerdo haber oído que la habían trasladado al sur, porque… -y tras mirar a derecha y a izquierda fue a añadir algo, pero la mirada que le lanzó Shorer lo hizo contenerse.
– Sí, la destinaron allí y la volvieron a traer -dijo Shorer-, cambiaron al comisario jefe y entonces la volvieron a traer. ¿De qué te extrañas tanto? Creyó volverse loca allí en Beer Sheva. Decía que no tenía con quién hablar, que no conseguía hacer amigos, de manera que solicitó el traslado y se lo dieron. ¿Vienes conmigo o vas en el coche de Ohayon?
– Contigo, naturalmente -susurró Balilti-, por supuesto que contigo, para que me hables de Nina-Nitza, la pelirroja; ¡qué bien que…! -pero se calló cuando Shorer sacó del interior del vehículo la luz azul, activó la sirena y siguió al coche patrulla que tenía delante; en él viajaban Michael, Eli Bahar y Lilian, que se había colado sin que nadie supiera cómo, porque nadie la había invitado a acompañarlos.
– ¿Qué bien que qué? -le preguntó Shorer en voz alta para imponerse sobre el ulular de la sirena, pero Balilti, con un gesto como de renuncia con la mano masculló: -No he dicho nada.
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