La calle que serpenteaba desde la gasolinera, al sur de la ciudad, estaba muy oscura, mientras que el patio de delante de la casa, cuyo abandono ocultaban unos viejos e imponentes cipreses, se encontraba iluminado por unos focos que los agentes habían colocado en la entrada. Los vehículos de Emmanuel Shorer y de Michael Ohayon se detuvieron detrás de la furgoneta laboratorio de la policía científica, muy cerca de la ambulancia, que había aparcado delante de la verja torcida y oxidada, y Balilti, que se apresuró a bajar del coche de Shorer, soltó:
– Psss… ¡Qué frío! -y se levantó el cuello de piel del abrigo-. ¡Menudo es el invierno de Jerusalén! -le dijo al sargento Ronen, que se había apeado del coche detrás de él-. ¿Quién lo diría? La gente dice Jerusalén, Israel, una especie de California -añadió mientras miraba a un grupo de niños que espiaba detrás de la valla, y que desaparecieron enseguida-; quien no haya estado aquí no puede ni llegar a imaginarse el frío que hace.
Sintió un escalofrío y frunció el ceño al forzar la vista para poder ver mejor al niño que se había quedado junto a la furgoneta laboratorio, escondido entre un grupo de adultos a los que la fina lluvia no conseguía espantar.
– Dime -indagó sin dirigirse a nadie en concreto-, ¿qué están haciendo aquí estos niños? Pero ¡si son más de las diez de la noche! ¿No tienen padres? ¿O es que no van a la escuela?
El sargento Ronen miró a los niños, pero no dijo nada y entró en el patio. Unos cuantos chicos barbados, con kipás negras y vestidos de oscuro, se apretujaban bajo dos paraguas negros.
– ¡Eh! -le gritó uno de ellos a Shorer, que en ese momento salía del coche y miraba a su alrededor-, señor policía, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Es cierto que ahí hay un muerto? ¿Ha sido un asesinato? ¿Han matado a alguien?
Shorer ni siquiera miró hacia ellos y echó a andar muy deprisa, bajando la cabeza a causa de la lluvia.
– Somos de la escuela rabínica de aquí al lado, unos vecinos que queremos saber qué pasa -gritó otro de los chicos, sacando la cabeza del paraguas.
– ¡Venga, marchaos! -los increpó Balilti-, volved a vuestra escuela -les dijo con desprecio-. ¡Se creen los dueños! -se apresuró a añadir en vista de que el chico no se movía-, ¡que todas las casas son suyas! Ocupan un edificio que estaba destinado a ser un centro cívico para el barrio y lo convierten en una escuela rabínica. ¡Largaos ya de una vez! -les dijo, ahora ya a gritos-, marchaos para seguir destruyendo la ciudad llenándola de escuelas rabínicas. Aunque la verdad es que ya lo habéis hecho, habéis destrozado la ciudad por completo.
Michael posó la mano en el brazo de Balilti.
– Ahora no, Dani -le dijo en un tono tranquilizador-, que éste no es momento para querer arreglar el mundo.
– Qué mundo ni qué nada -exclamó Balilti fuera de sí-, han reventado el mercado inmobiliario, estropean todo lo que tocan; pero si el precio de los pisos ha caído hasta la mitad.
Michael suspiró. Estuvo a punto de echarle en cara las muchas veces que tenía que oír sus letanías acerca de los estragos que los religiosos causaban en el sector inmobiliario de Jerusalén, pero en lugar de eso se mantuvo en silencio mirando a dos mujeres que apoyaban unas bolsas de plástico y unas recargadas cestas de la compra contra la valla próxima al estrecho sendero que había delante de la casa, y a un hombre de complexión pesada que estaba junto a ellas tosiendo ruidosamente.
– Por favor, desalojen el lugar -les dijo-, que aquí molestan -y se quedó esperando hasta que una de las mujeres se agachó muy parsimoniosamente y cogió con un suspiro dos grandes cestas; después ya no se quedó a ver si se marchaban o no, sino que se apresuró a seguir a Balilti y a Shorer por el estrecho camino empedrado que el foco iluminaba con una luz azulada.
– Por aquí, señor -lo llamó un agente que había salido a recibirlos desde la parte trasera de la casa-; y tengan cuidado, vayan por las piedras, porque a los lados está lleno de barro -le dijo a Shorer, que era quien encabezaba la marcha-. En la parte de atrás hay una escalera que sube directamente al segundo piso -le explicó a Michael, y miró a Eli Bahar, que avanzaba muy despacio por el camino, para después guiarlos hasta un tramo de escalera muy estrecho.
También junto a la puerta del segundo y último piso habían colocado un gran foco que iluminaba la barandilla oxidada, a la que le faltaban algunos barrotes, y unas enormes macetas que flanqueaban la puerta, abierta de par en par, y cuyo único geranio, que había florecido, empecinado por sobrevivir entre unos hierbajos secos, pintaba la entrada de un estridente color rosa chicle Bazoka. El foco, además, iluminaba también el timbre que, arrancado de cuajo e impulsado por el frío viento, se columpiaba del cable, golpeando de vez en cuando el marco de la puerta.
Nina, la pelirroja, con unos ajustados pantalones vaqueros, se encontraba ya en el umbral. Ya no es pelirroja, se dijo Balilti. Tenía el pelo muy corto y, a la débil luz del pasillo, adquiría unos reflejos de un rubio platino. A Balilti también le dio tiempo a susurrar, ya fuera a Michael o a sí mismo, que parecía haber ganado algún kilito, cosa que no restaba encanto a aquel cuerpo menudo pero tan bien formado.
– Nina, Ninotchka, cuánto tiempo -dijo Balilti, colándose por delante de Michael, mientras le daba una palmadita en el brazo y se inclinaba para darle un beso, pero ella apartó la cara, frunció sus carnosos labios y, muy delicadamente, se las arregló para apartar a Balilti con su pequeña mano, en uno de cuyos dedos refulgía un anillo con un enorme brillante.
– ¿Qué es lo que tenemos aquí, Nitza? -le preguntó Shorer.
– Pase, señor, venga y verá, está en la primera habitación de la derecha -dijo, y al instante, al ver a Michael, los labios se le tensaron dibujando una media sonrisa-. ¿Cómo estás? -le susurró, y él la saludó con una inclinación de cabeza y, encogiéndose de hombros, le contestó:
– Ya ves.
– A mí me lo vas a decir… -dijo Nitza dirigiéndole una escrutadora mirada a Lilian, que había entrado siguiendo a Shorer hasta la habitación en la que se encontraba el cadáver-. Pues tienes muy buen aspecto. Me han dicho que has dejado de fumar, ¿es eso cierto?
Eli Bahar, que entraba en ese momento y había oído sus palabras, se rió por lo bajo y se acercó a uno de los miembros de la policía científica, que se encontraba acuclillado junto a un gran bolso, y le dio unas palmaditas en el hombro.
– Ya veo que los chismorreos de este tipo llegan hasta Beer Sheva -dijo Michael llegando a donde ella estaba, momento en el que notó el olor de aquel perfume tan dulzón que ya en aquellos días tanto lo había molestado. Durante el breve periodo en el que ella le había pedido consejo sobre sus asuntos personales (cuando todavía estaba casada con un hombre al que aborrecía pero del que no se separaba por motivos que escapaban al entendimiento de Michael), le había comprado otro perfume, más fresco y ligero, con el aroma de los cítricos; pero ella, después de agradecérselo con los ojos húmedos («No sabes la emoción que se siente cuando un hombre sabe hacerle un regalo a una mujer»), se había echado unas gotitas en la muñeca, había fruncido los labios con un gesto muy suyo que denotaba escepticismo y le había dicho que no pensaba renunciar del todo a su Estée Lauder-. Cuando tengas mi edad, tú también dejarás el tabaco -le vaticinó.
– A la mejor edad, no te olvides de añadir que es la mejor edad -dijo Balilti cogiéndole a ella la mano para admirar el diamante del anillo-. Pero ¿esto qué es? ¿Estás comprometida? -le preguntó, pero se tuvo que tragar su sonrisa y su guiño de complicidad al ver que ella le clavaba una severa mirada entre castaña y verdosa mientras le aclaraba que se trataba del anillo de pedida de su madre, que había fallecido hacía unos pocos meses.
Entretanto habían pasado ya a la primera habitación, que, a causa del techo tan bajo, parecía muy pequeña y agobiante. Un miembro del equipo forense que estaba en el pasillo les dijo que había llegado allí con dos compañeros más y que, en su opinión, el piso debía de llevar desocupado bastante tiempo porque en la cocina apenas había alimentos y en las habitaciones casi no había muebles. En esa primera habitación, en una cama estrecha y pegada a la pared, yacía el cadáver de un hombre vestido. Un pesado abrigo descansaba en una sencilla silla de madera junto a una mesa desnuda y los extremos de una bufanda de lana gris, que según parecía habían estado enrollados alrededor del cuello del muerto, aparecían ahora extendidos hacia los lados por obra de las manos del médico forense que, inclinado sobre el cadáver, se volvió a mirar quién entraba al oír unos pasos.