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– Ella-él-ellos -protestó Balilti-, pero ¿es que no tienen nombre?

– De momento cuéntenoslo usted y que después venga ella a testificar -dijo Shorer, y miró a Michael.

Michael asintió con un gesto de la cabeza, se dio la vuelta y le hizo una seña a Eli Bahar.

– ¿Que baje yo a hablar con ella? -preguntó Eli Bahar, mirando a Balilti con rencor.

– Llévatela a comisaría con Lilian y tómale declaración -le dijo Michael-, porque de cualquier modo aquí ya somos demasiados.

– ¿Y ellos se quedan aquí? -preguntó Eli Bahar, mientras miraba de reojo a Balilti y al sargento Ronen. Después masculló algo más, pero Nina-Nitza le clavó una mirada como la de un maestro a un alumno latoso, y alzando la voz a propósito, como si quisiera imponerse sobre aquella contrariedad, siguió explicándole la situación a Shorer.

– El abogado le dijo a la señora de la casa, es decir, a la hermana del Israel este, el asesinado, que se llama Dafna, Dafna Gottlieb (el marido se llama Eldad Gottlieb y es contable, un tipo espantoso, según la vecina), el abogado le dijo que si se marchaba de casa perdería los derechos sobre ella, que hay un no sé qué… En su momento también yo… ¿Tú te acuerdas? -le preguntó de repente a Michael, que, aunque no se acordaba, hizo un gesto vago con la mano como si validara lo que ella estaba diciendo, esperando así que ella no siguiera indagando-. ¡Cuántos problemas me causó mi ex! ¿Te acuerdas de que, después de que decidiéramos divorciarnos y él se hubiera marchado de casa, regresó y se instaló en el salón, por consejo de su abogado, para no perder los derechos? Suerte que no tuvimos hijos y que no… Pero la Dafna esta tiene dos hijos, aunque son ya mayores, y viven fuera de casa… Ahora vive en otro piso, sola, en Pisgat Zeev, y está esperando poder vender éste; porque esta zona, precisamente, está muy solicitada -prosiguió Nina con su parloteo-; y es que, aunque se trata de un barrio que no tiene nada de especial… está muy bien comunicado… -y se quedó callada frente a la estrecha cama en la que reposaba el cadáver.

– Nitza -dijo Shorer-, estamos esperando que nos diga cómo lo han encontrado.

– Ah, perdón, creí que… La vecina, Sarit Martziano, que es así como se llama, tiene la llave. Se le había presentado su hermana con el marido y sus dos niños, que venían de visita desde Maalot, y, como eran tantos, le hacía falta un colchón. Subió entonces a por el colchón del sofá del salón, que, aparte del sofá, también está vacío; porque se han llevado todo lo demás, pero el sofá no se puede… Dafna Gottlieb ni siquiera sabía que su hermano estaba en Israel, y tampoco la vecina, la señora Martziano, sabía que estaba en el piso porque no había oído absolutamente nada. Imagínense el susto que se ha llevado al verlo así… Porque estaba así, tal cual, ella ni lo tocó, sino que salió corriendo y nos telefoneó. En cuanto me han avisado he venido y me lo he encontrado así. Ni siquiera había avisado a su hermana de que venía, sino que se presentó por las buenas…

– ¿Y los otros vecinos? ¿Los de la casa de al lado? ¿No vieron que había luz? ¿No oyeron ningún ruido, voces, pasos? ¿Nada? preguntó Shorer.

– No, nada -se apresuró Nina-Nitza a defender a la vecina-, porque ha tenido gripe. Su hijo estaba de excursión por el desierto del Negev, con el movimiento juvenil, y ella estaba con gripe. Está sola, porque el marido la dejó hace dos años, así que estaba sola y con gripe, llevaba dos días con una fiebre muy alta, y por eso ni oyó ni notó nada… Eso es lo que ella dice. Pregúnteselo de nuevo a ella -dijo Nitza humedeciéndose sus carnosos labios con la lengua y mordiéndose el inferior-, aunque, en mi opinión y si me lo preguntaran a mí, hay muchas cosas raras desde todos los puntos de vista.

– Pues te lo preguntamos. ¿Qué, por ejemplo? -quiso saber Michael.

– Bien, pues lo primero es ¿qué demonios estaba haciendo él aquí? No hay ninguna evidencia de que se alojara aquí durante estos dos días. Puede que se tomara un vaso de agua, o puede que hasta se preparara un café, pero ¿cuándo llegó a este piso? ¿Dormiría aquí? La vecina dice que ella siempre ha sabido que el hermano de Dafna Gottlieb, que vivía en Estados Unidos, era un hombre acaudalado y que hasta la había ayudado con los honorarios del abogado que cogió para tramitar su divorcio, o eso es al menos lo que dice la vecina. Así que ¿por qué iba a quedarse en este piso? ¿Por qué no se fue a un hotel?

– Enséñeme un momento las demás cosas que están en la bolsa marrón, la de los documentos -le pidió Shorer, y ella se las tendió sin pronunciar palabra. Apoyado en la mesa fue pasando los papeles muy deprisa hasta detenerse en un recorte de periódico que había dentro del pasaporte americano-. ¿Qué opinas de esto? -le preguntó a Michael, y le entregó un pedazo de periódico con la esquela de Tirtsa.

– Debió de ver la noticia y cogió un avión -pensó Balilti en voz alta-; eso es lo que pasa con las amistades de toda la vida, que son insustituibles, yo siempre lo he dicho. Eran sus amigos del instituto y ya no tuvo otros como ellos. Ese tipo de amigos son como la familia, sobre todo aquí, en Israel, es algo muy israelí, porque los movimientos juveniles y las excursiones unen mucho -y, señalando una de las fotos que estaban sobre la mesa, añadió-: Mirad esa sonrisa, os apuesto lo que queráis a que después de esta foto no debió de sonreír así muchas veces más.

Nadie le contestó, sino que todos miraron a Michael, que se había sentado en la silla de madera junto a la mesa y repasaba uno por uno todos los papeles del hombre.

– ¿Esto es todo lo que habéis encontrado? -preguntó, y Nina se lo confirmó-. Porque falta la cartera, faltan las tarjetas de crédito y no lleva dinero en efectivo -observó-. ¿No habéis encontrado todo eso en otro sitio? ¿En la maleta? ¿En los bolsillos?

– No -dijo Nina-, en ningún sitio.

– En ningún momento ha pensado aquí nadie que el móvil haya podido ser el robo, ¿verdad? Supongo que el robo está descartado -dijo Shorer.

– Sí -respondió Nina-, porque no han forzado la puerta y todo parece indicar que él le abrió a alguien que conocía. En la cocina hay una tetera para calentar agua y unos vasos de café en el fregadero… Los fregaron, pero hay signos de que prepararon café.

Los de la científica dicen que estuvieron en la cocina tomando algo, por lo menos una persona más aparte de él… -y volvió a señalar hacia el cadáver con un gesto de la cabeza-; aunque todavía no saben si hombre o mujer.

– ¿De manera que no hay ni dinero ni nada, excepto los pasaportes y el pasaje de avión? -preguntó Michael.

– Yo no diría tanto -murmuró Balilti, que durante la conversación se había arrodillado junto a la estrecha cama sobre la que se encontraba el muerto para mirar debajo, había levantado el colchón de muelles por un lado y había sacado de debajo una funda de plástico rectangular de color morado, como las que utilizan las agencias de viaje para guardar los pasajes. A continuación, examino con la uña del meñique las letras doradas que tenía grabadas y que casi se habían borrado por completo, y extrajo de la funda un recorte de periódico viejo y amarillento y unas cuantas cartas metidas en sobres y unidas por una goma.

El silencio más absoluto se hizo en la habitación hasta que Balilti la soltó.

– Menos mal que la policía científica ha terminado ya con esta habitación -dijo con ironía-, que ya lo habían inspeccionado todo. ¡Jojo, Jojo! ¿Dónde estás? -y uno de los miembros de la científica se asomó a la puerta.