– ¿Y ahora qué es lo que pasa? -preguntó con tono cansado.
– ¿No decíais que habíais terminado con esta habitación? -dijo Balilti, al tiempo que agitaba la funda de plástico.
– ¿Y eso qué es? -dijo el policía de la científica, aproximándose a el para ver de cerca la funda morada-. ¿De dónde ha salido eso?
– De aquí -dijo exultante Balilti, señalando hacia la cama-. El pobre hombre metió debajo del colchón lo que más valor tenía para él. ¿Y qué era lo más importante? Ni el dinero, ni las tarjetas de crédito, sino otra cosa que para nosotros puede constituir el móvil, si lo encontramos, claro está, y no decimos que esta habitación ya está lista.
– Me refería a que ya habíamos terminado con lo de las huellas dactilares y todo eso -replicó su interlocutor, limpiándose el sudor de la frente con el brazo y poniendo mucho cuidado en que el guante de látex no le tocara la piel.
– Esto no es justo -dijo Nina-, ¿cómo iba a encontrar nada con el cadáver todavía aquí? Pero si el forense acababa de empezar… Tú mismo has oído cómo decían que estaban esperando a que levantaran el cadáver para poder desmontar la cama. La cosa es tan simple como que todavía no les había dado tiempo a encontrarlo.
– Lo importante es que ya lo hemos encontrado -dijo Shorer dirigiéndole una mirada de advertencia a Balilti, que parecía a punto de soltarle alguna fresca a Nina.
Michael se puso a examinar el tablero de la mesa.
– Ya hemos tomado huellas de ahí -dijo el de la científica-, sólo nos faltaba la cama, porque… -y apuntó hacia el médico, mientras Michael limpiaba la mesa con un movimiento rápido del antebrazo y extendía sobre ella el recorte de periódico.
Nina y Balilti se acercaron a la mesa.
– No lo entiendo -dijo Nina-, y esto ¿qué es?
– ¿Qué es lo que dice el pie de foto? -preguntó Balilti.
– Nada, no pone nada, es sólo una fecha anotada a mano, el doce de octubre del setenta y tres, nada más.
– ¿Qué es lo que tenemos aquí? -preguntó Shorer, llegándose también hasta donde ellos estaban.
Balilti agachó la cabeza y examinó la fotografía de cerca.
– Esperad un momento -dijo-. Ven aquí Jojo, tráeme tu lupa -y Jojo le tendió en silencio la lupa al comisario del servicio de inteligencia.
– Es una fotografía de unos prisioneros -dijo Balilti pasado un momento-, se diría que es Egipto, el Sinaí -añadió, levantando la cabeza del recorte de periódico-; eso es lo que a mí me parece a simple vista, y yo diría que es de la guerra de Yom Kippur -dijo después de comprobar la fecha.
– ¿Y eso qué tiene que ver? -preguntó Nina.
– He oído que estuvieron juntos como prisioneros de los egipcios durante unos días -dijo Balilti, y volvió a examinar la foto con ayuda de la lupa-. Aquí pone la fecha -murmuró.
– ¿Quiénes? ¿Quién estuvo prisionero?
– Los tres que has visto en la foto de antes. Porque fueron juntos al ejército…
– Eso no es muy exacto -objetó Michael-, pero dejémoslo de momento.
– ¿Qué más tenemos aquí? -preguntó Shorer.
– Unas cartas, creo que tres -dijo Michael-, y tendría que leerlas con detenimiento, no aquí -añadió, aunque simultáneamente las fue sacando de sus sobres, una tras otra, las desdobló y dijo-: Una es del setenta y cinco, otra del ochenta y dos y la tercera de hace un mes. Todas de… -y examinó las cartas muy deprisa-, todas de Tirtsa, firmadas por ella, mira: «Te quiere, Tirtsa».
– Tirtsa Rubin se había visto con él en Estados Unidos unas semanas antes de morir -le explicó Balilti a Shorer-, y creemos que fue por lo de Ido y Einam, la película de Beni Meyujas. Creemos que a éste se le había terminado el dinero y que ella fue a ver a Srul para pedirle más…
– Yo propongo -dijo Michael mirando a Shorer- que traigamos aquí a Beni Meyujas, ahora, antes de que levanten el cadáver.
Shorer se sumió en un largo silencio.
– Puede que realmente eso funcione, porque no parece que ninguna otra cosa lo vaya a hacer hablar, y lo que no podemos es… ¿No preferirías esperar hasta después de la autopsia?
– No -dijo Michael-, quiero comprobar cómo reacciona cuando vea el cadáver.
– ¿Ahora? -preguntó Balilti-, ¿quieres que venga ahora? -y mientras pronunciaba esas palabras, se sacó de un bolsillo interno el teléfono móvil.
– Déjalo, Dani -le dijo Michael-, que voy personalmente a traerlo.
– ¿Personalmente? -se sorprendió Balilti-, ¿tú solo? Porque lo pueden traer.
– Quiero ir yo a por él -se empeñó Michael, mientras Balilti lo miraba sorprendido, hasta que una luz pareció iluminarle los ojos.
– Ah, ya entiendo -dijo con satisfacción.
Michael hizo un movimiento ambiguo con la cabeza, porque ni el mismo sabía por qué se empecinaba en llevar personalmente a Beni Meyujas desde su arresto en la comisaría de Migrash Ha-Rusim hasta donde se encontraba el cadáver. Pensó en la cara de Meyujas, en su expresión apagada y que denotaba una completa ausencia, como si un gran terror ahuyentara cualquier otra posibilidad, y recordó lo bien que había hecho en ordenar que no dejaran de vigilarlo, que no le quitaran ojo, y ahora, imaginándose la mirada de Meyujas ante él, tuvo la sensación de que solamente si lo tenía bajo su propia protección, de camino hacia allí, podría evitar la desgracia que se cernía irremediablemente sobre él.
– Tiene miedo de que nadie vaya a ser capaz de vigilarlo como el dijo Shorer-, ¿a que sí? ¡Si te conoceré yo!
Michael, ahora confuso, volvió a hacer el mismo gesto ambiguo de antes con la cabeza, un gesto que parecía haberse convertido ya en un tic. No se habría sentido cómodo describiendo delante de todos la extraña sensación que lo invadía con respecto a aquel extraño artista que le había dicho algo tan significativo sobre el cuento de Agnón. Puede que la cosa más significativa que había oído últimamente y que lo había convertido, a sus ojos, en un ser preciado y vulnerable a la vez.
– No le va a pasar nada -dijo Balilti-, pero voy contigo.
Michael quiso protestar, pero no se le ocurrió nada que decirle. De cualquier modo, allí tampoco se podía hacer nada hasta que no levantaran el cadáver.
– Buena idea -dijo finalmente-, vente conmigo y ponte a buscar un nuevo móvil para este caso.
– ¿Como qué? -le preguntó Balilti describiendo un círculo con la mano cuyo significado escapó a la comprensión de Michael-, ¿como averiguar quién ha salido hoy del edificio de la televisión? Pero si no se ha permitido la entrada ni la salida a nadie, nadie ha podido salir sin que lo sepamos…, porque todos han tenido que recibir una autorización para hacerlo.
– De todos modos -insistió Michael-, siempre hay excepciones, y tú sabes tan bien como yo que desde el momento en que empecemos a indagar resultará que no han sido pocos los que han salido… Pero si hasta Hefets se marchó para comer con el director general, y no me digas «sólo a un pequeño restaurante en Romema que está al lado mismo de la televisión», porque, como tú muy bien sabes, se puede decir una cosa y hacer otra. No necesito decirte que se puede ir a cualquier sitio sin necesidad de mover tu propio coche, así que lo del coche tampoco es prueba de nada, para algo existen los taxis. Además de que ahora tendremos que volver a comprobarlo todo. Aunque, por suerte, muchos de ellos se encuentran en nuestra comisaría en estos momentos para ser interrogados.
– ¿Estás seguro de que tiene que ver con la televisión? -le preguntó Nina-. Ya sé que no estoy muy enterada del caso, pero…
– ¡Por favor! -exclamó Balilti con sarcasmo-, pero si este hombre lo último que hizo en esta vida, prácticamente, fue ir a ver a Tsadiq. ¿O no? Y después de que saliera del despacho de Tsadiq, éste aparece degollado como un… Supongo que eso sí lo sabes, ¿no? Luego viene lo del retrato robot y ahora vuelve a aparecer él… ¡Por Dios, que ya no nos chupamos el dedo!