Ella se quedó mirándolo en silencio y él dejó escapar una especie de gruñido de desprecio antes de añadir:
– Aparte de que aquí no cabe la sospecha de un robo, porque está más que claro que recibió a alguien, y si me preguntáis a mí os diré que seguro que a Meyujas… -y en ese punto su voz se hizo más débil y vacilante, cosa nada habitual en él, antes de proseguir con cierto asombro-: Aunque, que me maten si llego a entender por qué… En resumen, que no hay móvil.
– Sí lo hay -lo corrigió Shorer-, sólo que nosotros todavía no liemos dado con él.
– ¿Cómo lo ve usted, señor? -le preguntó Nina-Nitza a Shorer-, ¿le parece que todos estos casos están relacionados entre sí?
– Naturalmente -exclamó Balilti-, ¿cómo va a ser de otro modo?
– Sí, eso parece -le respondió Shorer retorciéndose las puntas del bigote-, todo parece tener relación y yo incluso diría que cada caso mana del anterior.
– ¿Ah sí? -dijo Nina, apoyándose en la mesa con una aparente inocencia, aunque Michael pensó que era evidente que aquella postura provocativa que le tensaba el jersey sobre los pechos estaba destinada especialmente a Balilti.
Shorer, sin embargo, no la miraba, sino que tenía la vista fija en el cadáver cuando dijo:
– Seguro que todo estará más claro cuando Meyujas vea el cadáver, y también la hermana, y quizá también… Veremos, puede que también Aviva… Lo que sí parece indudable es que, si se trata de Srul, había venido a Israel por lo de la muerte de Tirtsa. Mati Cohen fue asesinado porque vio algo; Tsadiq fue asesinado por algo que este hombre le contó, se enteró de algo que lo llevó a la muerte, y, finalmente, lo mismo le ha sucedido a este hombre, si es la persona que creemos…
– Es cien por cien seguro que se trata de nuestro hombre -se apresuró a decir Balilti-, de eso no cabe la menor duda, ¿verdad?
Shorer posó una mano en el brazo de Balilti y éste se calló.
– Si se trata de nuestro hombre podríamos decir que sabía demasiado y por eso se ha venido a sumar a los demás asesinados.
– Lo que significa -le explicó Balilti a Nina-, en realidad, que si supiéramos por qué asesinaron a Tirtsa, es decir, quién y para qué, entonces entenderíamos todo lo demás. Pero eso no va a ser nada fácil, porque Beni Meyujas estaba en la azotea con todo el equipo de la película cuando la asesinaron…
– Eso no es del todo exacto -objetó Michael, mientras se encaminaba hacia la puerta de la habitación-, no en el mismo momento en que fue asesinada, porque estaban haciendo un descanso, no lo olvides, para buscar el proyector ese que necesitaban para la iluminación, debemos tenerlo en cuenta…
– De acuerdo -dijo Balilti con desgana-, pues entonces hubo un tiempo para que bajara de la azotea al almacén, para buscar el proyector, antes de que enviara al iluminador para que lo trajera. Pero no estuvo solo allí, Schreiber, el cámara, estaba con él, o eso, por lo menos, es lo que me ha parecido entender.
– Pero no todo el rato -dijo Michael-, porque Schreiber no es el tipo de persona capaz de permanecer obedientemente en un sitio y pudo muy bien escabullirse por todo el entramado de galerías y locales que tiene el edificio; de manera que no puede decirse que…
– Ya sé lo que intentas decirnos -lo provocó Balilti-, que justamente en el instante en el que Schreiber se ausentó un momento, Beni Meyujas, que cualquiera diría que está hecho todo un superman, se lanzó sobre Tirtsa, que por casualidad se encontraba allí junto a unas columnas, y… ¿Y luego regresó a la azotea como si nada?
– No lo sé -dijo Michael-, yo todavía no quiero decir nada, ni eso ni otra cosa, porque sencillamente no lo sé. ¿Y tú? ¿Sabes tú algo que nosotros no sepamos?
– De momento no -reconoció Balilti con desgana-, pero dame un día o dos y…
– Entretanto -sentenció Michael-, voy a buscarlo, así que os ruego que lo dejéis todo tal y como está, que no toquéis nada. ¿Vienes o no?
– Sí, va -dijo Shorer-, y se queda allí ayudando con los interrogatorios.
Balilti miró a su alrededor con descontento.
– ¿Y tú te quedas aquí? -le preguntó a Shorer.
– Por el momento -le respondió con falsa calma-, y si me tengo que marchar, me marcharé, porque aquí no se trata de alimentar el ego ni de hacer valer la posición de nadie; ¿o es que crees que la cosa va por ahí?
– ¡Qué va! -masculló Balilti-, de ego nada, lo único que deseo es que el caso se resuelva.
– Vuelvo en media hora -dijo Michael- con Meyujas, y pido, por favor… Nina, avísalos de que estamos de camino y, si está dormido, que lo despierten.
Junto a la puerta de la calle, cuando ya salía, Michael oyó que Shorer preguntaba:
– ¿Nina, no podrías prepararnos un cafetito?
14
Pero nada más entrar en la comisaría de Migrash Ha-Rusim Michael comprendió que, en media hora, no iba a poder regresar a la escena del crimen. El eco del jaleo que allí había podía oírse desde la planta baja y no hizo más que aumentar a medida que subía las escaleras. Delante de su despacho había un grupo de personas que se apretujaban alrededor de Hefets y de Dani Benizri, que estaban allí de pie, frente a frente, muy cerca el uno del otro.
– ¿Crees que puedo hacer lo que me venga en gana? -le gritó Hefets, alargando la mano hacia el cuello del abrigo militar de Benizri, aunque la mirada de éste, que la observó como si se tratara del brazo de un bicho inmundo, hizo que la retirara enseguida-. Te lo he repetido un sinfín de veces -continuó gritando, y se notaba que ya estaba fuera de sí-, son órdenes del director general. Tienes que dejar ese asunto, ya te lo he dicho…
Pero, de repente, Hefets se apercibió de la presencia de Michael, guardó silencio de inmediato, y cuando volvió a hablar ya no gritaba, sino que, acercándose todavía más a Benizri, se dirigió a él prácticamente en un susurro. Mientras le hablaba, Hefets miraba a Michael por el rabillo del ojo, muy tenso y como al acecho, esperando su posible reacción.
– Ya no estamos en un país socialista -dijo Hefets-, tienes que entender que eso ya es cosa del pasado, no quiero que me traigas un reportaje sobre la mujer de Shimshi. ¿Qué novedad nos va a aportar eso? ¡Pero si de cualquier modo todos están detenidos! Ya los has filmado en el momento de la detención. Y ¿qué es lo que vas a hacer ahora? ¿Filmar la fábrica vacía? ¿Los camiones? ¿Las botellas? Todo eso ya se ha visto un montón de veces en los informativos de todo el día, los espectadores están hartos, no se puede hablar exclusivamente de lo malo.
– ¿Estás oyendo lo que dices? -le gritó Benizri, que no parecía haber visto a Michael, y si lo había visto lo ignoraba por completo, como tampoco se preocupaba por la presencia de Eli Bahar, que acababa de asomar de un despachito al final del pasillo y le hacía señas a Michael para que acudiera, aunque éste le indicó con la cabeza que esperara un momento-, pero ¿tú quién te crees que eres? ¿El portavoz del director general? ¿Y él? ¡Él no cabe la menor duda de que es el portavoz del gobierno! ¿Así es como me hablas ahora? ¡Qué vergüenza! ¡Es el fin del país! -vociferaba Benizri, casi ahogado por la ira, la cara muy roja y las venas del cuello completamente hinchadas, mientras seguía gritando-: ¿Qué te crees, que a Tsadiq no lo presionaban? ¿Ya no te acuerdas de lo mucho que despotricaba contra todas esas llamadas? Pero él jamás…
– Dani -le dijo Schreiber, que se encontraba detrás de él y miraba a Michael con recelo-, tranquilízate, Dani, que no merece la pena… -y le tiró del brazo para que se callara.
– ¡Déjame! -gritó Benizri-, ¡dejadme todos en paz! ¡Aquí nadie apoya a nadie! Por un lado nos están matando como moscas y por el otro… -y, de repente, se cubrió el rostro con las manos y empezó a temblar.
Schreiber le pasó el brazo por encima del hombro y se lo llevó de allí.