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– Oye, Hefets -dijo Rubin, que había estado allí detrás-, no sé lo que te ha pasado ni entiendo ya nada de nada, y tampoco sé si pensabas que, si nos contabas aquí, en la policía, antes de los interrogatorios, tus planes de recortar el presupuesto, nos íbamos a estar callados… ¿Es eso lo que creías? Sea como fuere, yo no lo acepto y quiero que lo sepas, porque no se elimina de un día para el otro un programa que lleva años en pantalla, hoy no, no de esta manera, cuando el cuerpo de Tsadiq todavía está caliente, así como suena, literalmente, no ha tenido tiempo de enfriarse y tú ya corres a servir a tu amo.

– ¡Tenéis que entender que no tiene audiencia! -gritó Hefets-, el público está harto, ni siquiera me han dado cien días de gracia. ¡Entendedme también a mí! El director general…, Ben-Asher… Hoy… quieren algo más…, más diversión, y ahora…

– Pero ¿no has oído lo que acaba de decir Benizri? -le dijo Rubin autoritariamente-, estamos muriendo como moscas, y a vosotros ¿os importa algo? Vosotros…

Michael se dijo que ésa era la primera vez que oía a Rubin a punto de gritar, pero no consiguió terminar la frase porque Benizri se sacudió de encima el brazo de Schreiber, se abalanzó sobre Hefets, lo sujetó por los brazos y lo zarandeó con todas sus fuerzas.

– ¡Mañana habrá una rueda de prensa con la ministra! ¿No será ésa suficiente diversión? Se le destroza la vida a las personas, a los espectadores se les echa un poco de carnaza, chismorreos apestosos, sangre… ¿No ha corrido ya bastante sangre?

– Los chismorreos acabarán por salir a la luz de cualquier forma, Dani -dijo Hefets muy tranquilo, y Benizri lo soltó de golpe. Hefets, entonces, se enjugó la frente y siguió hablando-: Lo sacarán de todos modos en la prensa, más vale que te vayas mentalizando…

– Ya lo estoy, pero el problema no soy yo -dijo Benizri con voz sofocada-. ¿Quiere usted hablar conmigo ahora? -le preguntó a Eli Bahar volviéndose hacia él-, porque si es así, hablemos ya.

Eli Bahar asintió con la cabeza y Benizri lo siguió hasta el despachito que había al final del pasillo, momento en el que Rubin aprovechó para acercarse a Hefets.

– Me gustaría entender -le dijo mirándolo directamente a los ojos- cómo es posible que me digas aquí, el mismo día en que Tsadiq ha sido asesinado en su despacho y después de tu primera reunión con el director general, que mi programa va a dejar de existir. Un programa que ha recibido premios… que… Pero si tengo un reportaje listo, completamente terminado, y ¿eso es lo que vienes a decirme?

Hefets reculó sin dejar de mirar a Michael, que no cambió la expresión de su rostro ni se movió de donde estaba.

– El director general no quiere eliminar el programa -dijo un asustado Hefets-, sino que dejes de presentarlo tú.

Un profundo silencio se hizo en el pasillo. Hefets se enderezó las gafas, apretó los labios y, de pronto, pareció que recuperaba la seguridad en sí mismo.

– A lo que se refiere es a que sea otro quien lo presente -dijo con toda la calma-, porque tú estás suspendido de tu cargo. De momento quedas cesado porque no has conseguido aumentar la audiencia de tu programa. ¿Lo entiendes mejor ahora?

Rubin soltó una risotada ahogada e hizo una mueca involuntaria.

– Cesado -dijo-. ¿Y él?

Hefets movió la cabeza en dirección al despacho en el que Benizri se encontraba con Eli Bahar y dijo:

– También él queda suspendido de sus funciones. Y si quieres que te explique la razón, puedo…

– Conozco la explicación oficial -dijo Rubin con frialdad-. ¿Qué me vas a contar? ¿Me vas a recitar las palabras del director general? ¿La voz de tu amo? ¿Qué me puede decir él? ¿Que Benizri «ha intercambiado unas observaciones muy críticas con las mujeres de los obreros, y en directo, acerca de la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales»? ¿O que ha tenido problemas de disciplina? ¿Qué crees, que no me conozco las excusas del director general? Tsadiq tenía que capearlas a diario. Todos los días me decía: «Que me despida, pero mientras yo ocupe este puesto, no voy a…».

– Perdona, pero Tsadiq -lo interrumpió Hefets con un tono muy tranquilo y un rostro inexpresivo- ya no está aquí para sacaros las castañas del fuego y, con todos mis respetos…, ahora el director soy yo.

Rubin lo miró largamente y en silencio.

– Lo sabía -dijo finalmente en voz baja-, sabía que tú, en cuanto te hicieras con el poder, tendrías el comportamiento típico del esclavo que llega a rey. Pero no creí que fuera a suceder tan deprisa. Hasta puede que hasta hayas sido tú quien…

– Cuidado -dijo Hefets-, ten mucho cuidado con lo que dices, porque aquí hay testigos y cuento con el respaldo absoluto del director general…

– ¡El respaldo absoluto! -dijo Rubin-. ¡No existe relación alguna entre la audiencia de mi programa y mi cese! Lo mismo que no tiene nada que ver el cese de Benizri con su supuesta indisciplina. Pero eso da lo mismo, porque cuando se trata de tiranía no hace falta ninguna razón verdadera. Señoras y señores -dijo dirigiéndose al pequeño grupo que se había reunido alrededor de ellos-, ¡aquí tienen al nuevo tirano! ¡El tirano de Romema! ¡Denle la bienvenida al pequeño dictador! ¡La bienvenida a…!

– Yo no tengo por qué oír tantas tonterías -dijo Hefets con desprecio-. ¿Deseaba usted hablar conmigo? -le dijo a Michael-. Pues aquí me tiene. ¿Adónde quiere que vaya? -y antes de que Michael hubiera tenido tiempo de contestarle, se volvió hacia Rubin-: La función ha terminado, lo mismo que la buena vida que llevabais todos; se acabó eso de que aquí cada uno hace lo que le viene en gana, ¿me has entendido? ¿Me has entendido o no?

– ¿Y qué va a ser de Ido y Einam? -saltó Hagar-. Eso también pretendes…

– No te preocupes, Hagar -dijo Hefets en un tono paternal-, porque vamos a respetar los contratos existentes y ya veremos cómo están las cosas cuando todo vuelva a su curso. Entretanto, debes saber que el director general se muestra muy favorable…, pero mucho, tanto que hasta ha dicho que…

– Hefets, perdona -lo asaltó de repente Eliahu Lofti, el reportero de asuntos medioambientales, que se dirigía hacia él tras abrirse paso a empujones por entre el compacto grupo, mientras se enderezaba la kipá de ganchillo-, ¿no te parece que podrías esperar a que se cumplan los treinta días de duelo por Tsadiq, o, por los menos, los primeros siete? Porque me parece algo indigno…

– Lofti -dijo Hefets lleno de ira-, que seas precisamente tú quien empiece ahora con… Pero si tú te quedas donde estás, ¿qué es lo que te preocupa entonces? -y sin esperar respuesta miró a Michael, que le señaló su despacho con un movimiento de la cabeza.

– Tsila hablará con usted -le dijo Michael a Hefets-, enseguida vendrá para tomarle declaración, y una vez que la firme se podrá marchar.

– ¿No va a ser usted quien me interrogue? -preguntó Hefets, con la expresión de un niño que espera hablar con el director del colegio y se ve obligado a hacerlo con la última de las maestras sustitutas-. He creído que usted…

– Tsila -dijo Michael, a través de la línea interna-, Hefets te está esperando en mi despacho -y después de escuchar un momento, añadió-: Ahora mismo voy a buscarlo y me marcho, que bastante tiempo he perdido aquí. Reparte a los que todavía están esperando a la puerta de mi despacho. Quiero que todas las declaraciones estén listas y firmadas por la mañana -y a Hefets-: Espere hasta que ella venga y no se mueva de aquí -y salió de la estancia sin esperar su reacción.

– No ha pronunciado ni media palabra -le dijo el agente que se encontraba apostado junto a la puerta de la sala de los interrogatorios, en la planta baja-, sigue ahí sentado y ni tan siquiera levanta la cabeza; puede que esté dormido, no lo sé… Peretz está con él ahora, pero…

– Todo irá bien -murmuró Michael asintiendo con la cabeza en un gesto de complicidad-, al final, todo irá bien. Vaya a tomar algo, coma alguna cosa, su guardia ha terminado, por el momento -y el policía esbozó una media sonrisa y le dejó paso.