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Lilian se alisó los bordes de la camisa de caballero verde y larga que llevaba puesta, se sentó frente a él y dejó entre los dos una carpeta de cartón naranja.

– De momento seré yo quien le haga las preguntas, ¿tiene usted algún problema con eso? -le preguntó ladeando la cabeza, y con un tono falsamente amable, añadió-: Me habían dicho que usted no tiene nada en contra de las mujeres y a ver si ahora va a resultar que…

– No, no, no, Dios me libre -se apresuró a decir Rubin con una sonrisa-, pero si yo siempre he dicho que las mujeres son la parte buena de la vida.

– Estupendo -le dijo Lilian con una mirada interrogativa-, pues aquí tiene una, así que ¿de qué se queja entonces?

– No, si no era mi intención ofenderla -se disculpó Rubin-, es sólo que… me había parecido entender que… No importa… Por mi parte podemos empezar cuando usted quiera.

– Pues por mi parte también -dijo Lilian, apretando el botón del magnetófono, al tiempo que volvía la vista hacia atrás, hacia la pared y la ventana con el falso espejo, que por su lado aparecía completamente negro mientras que por el otro se podía ver todo lo que sucedía en la estancia. Rubin le siguió la mirada, aunque sus ojos correteaban distraídos de Lilian al magnetófono; finalmente, sin embargo, su azulada mirada adquirió un aire de plena concentración.

– Me gustaría hablar con Beni -dijo en un tono confidencial-, se lo he pedido ya varias veces al superintendente Ohayon, que me ha prometido que…

– No veo ningún problema en ello -dijo Lilian con amabilidad-, en cuanto terminemos con esto, veremos si… Para entonces quizá el superintendente Ohayon en persona pueda llevarle a… -y señaló hacia la puerta con la mano, como dándole a entender que para entonces Michael ya habría vuelto.

Rubin se quedó mirando la puerta y dijo:

– No me siento cómodo hablando con ustedes antes de… -dijo en un tono vacilante, mientras Lilian le clavaba una mirada que lo obligó a completar la frase-, antes de haber hablado con Beni y saber que está bien.

– ¿Por qué? ¿Qué más da el orden en que lo hagamos? ¿No será que tiene usted que adecuar su versión a la de Meyujas? -le preguntó Lilian, con un ligero deje de coqueteo que hizo sonreír a Rubin, para enseguida ponerse muy seria y añadir-: De momento, lo que tenemos que tratar no tiene nada que ver con Beni, porque, por ahora, no le voy a preguntar nada sobre él, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -dijo Rubin-, pues entonces ¿qué es lo que quiere saber?

– Antes que nada -respondió Lilian con un tono pragmático-, estamos averiguando la ubicación de…

– ¿A qué se refiere usted con eso de la «ubicación» -dijo él burlonamente-, a dónde me encontraba en ese momento y qué estaba haciendo?

Lilian tensó los labios en un intento por sonreír y dijo:

– La pregunta exacta es si ha salido usted hoy del edificio.

– ¿Hoy? ¿Se refiere usted a si…? ¿Después de lo de Tsadiq?

– Sí -le respondió Lilian con un exceso de amabilidad-, digamos que entre las once y las ocho, aproximadamente.

– ¿Las once de la mañana? -preguntó Rubin frunciendo el entrecejo.

– Y las ocho de la tarde.

– En dos ocasiones -dijo Rubin-, ambas con autorización.

Lilian abrió la carpeta de cartón naranja, examinó los papeles que tenía delante, los hojeó y dijo:

– Efectivamente. ¿Y quién le dio la autorización?

– Pero ¿esto qué es? ¿Tienen ustedes un expediente mío?

Lilian apoyó el codo en la mesa, la barbilla en la mano y le dirigió una paciente mirada haciendo caso omiso de su pregunta. Rubin miró la carpeta de cartón y empezó a hablar.

– Una de las veces ha sido nuestro oficial de seguridad, después de que le explicara que… Pero eso ha sido antes del mediodía -dijo con impaciencia-, para atender a mi madre; y la segunda vez ha sido aproximadamente a las seis, también con autorización, creo…; ahora no me acuerdo si la pedí yo, o la productora o si fue Hefets…, créame si le digo que no me acuerdo…

– ¿Después de que llegara Beni Meyujas o antes?

– Después -dijo Rubin tras pensarlo un momento-, sí, ha sido después, seguro…, porque me acuerdo de que… Dios mío, no me puedo creer que haga tan sólo unas horas y… -añadió mirando su reloj-. Ya es la una de la madrugada, hace siete horas; parece mentira, pero si me parece que fue el siglo pasado…

– De modo que ha salido usted dos veces. ¿Por cuánto tiempo? -le preguntó Lilian con dulzura.

– La primera vez ha sido a las… ¿Cuándo ha sido? ¿A las once?

– A las doce horas y cuarenta y siete minutos -dijo Lilian, después de mirar los papeles que había extendido ante ella por la mesa-, a esa hora concretamente. Ha aducido que tenía usted una cita en la residencia de ancianos de su madre y allí nos lo han confirmado.

– Pues si se lo han confirmado, ¿cuál es el problema? -quiso saber Rubin.

– No -respondió Lilian encogiéndose de hombros-, si problema no hay ninguno, sólo que…

– ¿Qué? -preguntó Rubin impaciente.

– Que al mismo tiempo nos hemos enterado de que a su madre la están medicando con Digoxina. ¿No es eso cierto?

– No lo sé -dijo Rubin confuso-, no tengo ni idea de los nombres exactos de los medicamentos de… No soy médico… pero…

– Nos han dicho que tuvo usted que acudir urgentemente para llevarle un medicamento. ¿No fue para eso para lo que usted acudió allí? ¿No es cierto que su madre necesitaba una medicina? -dijo Lilian haciéndose la inocente-. Y nos ha parecido entender que se trataba de Digoxina. Así es que, si tuvo usted que pedírsela al farmacéutico, no me diga que no…

– ¿Quién ha dicho que yo se la haya pedido al farmacéutico? -se enfureció Rubin-. Escúcheme, querida -Lilian pestañeó pero no dijo nada-, mi madre es una mujer de ochenta y tres años con muchísimos problemas médicos, y además… ¿Por qué no telefonean y lo averiguan? ¿Por qué no le preguntan al personal de la residencia? Y, además, ¿qué tiene todo eso que ver con…?

– Pues eso es justamente lo que hemos hecho -dijo Lilian con el mismo tono dulce de niña aplicada y colaboradora de antes-, hemos estado indagando y lo que se nos ha dicho es…

Se detuvo como si quisiera consultar las notas que había tomado y, de paso, miró por el rabillo del ojo hacia el falso espejo. Se los imaginó allí sentados, al otro lado del cristal, juzgando su trabajo y, sobre todo, a Tsila, que había interrogado a Hefets, haciéndole observaciones cuando más tarde vieran la grabación, porque seguro que la criticaría como vía de escape para sus propias frustraciones. Mientras pensaba en todo eso, siguió diciendo:

– Se nos ha dicho que sí está medicada con Digoxina y que tenía que tener en su armario ocho ampollas pero que, de repente, cuatro de ellas habían desaparecido.

Rubin abrió los brazos en un gesto de impotencia y los dejó caer sobre los muslos con una estruendosa palmada.

– ¿Y cómo voy a poder controlar también eso? -dijo en tono de queja-, ¿también de eso se me hace responsable?

– Lo que hemos pensado es que usted puede ayudarnos -dijo Lilian-, porque nos hemos dicho lo siguiente: ¿Cómo es posible que por la tarde usted visitara a su madre, porque aquí lo pone… -y de nuevo ojeó los papeles como si no supiera los detalles de memoria-, pone que la visitó a las siete, y de repente, al día siguiente, ya no esté la Digoxina?

– De la Digoxina esa yo no sé absolutamente nada -dijo Rubin con impaciencia-. ¿Y cuándo he ido yo a verla a las siete de la tarde? ¿Qué día?

– No -se corrigió enseguida Lilian-, a las siete de la tarde no; ¿quién ha dicho de la tarde? A las siete de la mañana, usted estuvo allí a las siete de la mañana del día siguiente…, la mañana siguiente a la noche en la que mataron a Tirtsa, y después…

– Sí, es cierto -dijo Rubin-, fui a verla por la mañana, de camino al trabajo, antes de que… Para saber si… Mi madre quería mucho a Tirtsa y se sentía muy unida a ella. Quise saber si… Temí que le contaran lo de Tirtsa, que lo oyera en las noticias, y eso la…