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– No, usted no me entiende -insistió Lilian-, no es sólo que fuera a visitar a su madre, sino que después, de repente, las ampollas de Digoxina ya no estaban, así que habíamos pensado que…

– No sé qué es lo que quiere de mí -dijo Rubin airado-. ¿Qué tengo yo que ver con la Digoxina ésa?

Lilian enderezó la espalda en su asiento y entrelazó las manos sobre la mesa.

– La cuestión es que también Mati Cohen se medicaba con Digoxina, exactamente igual que su madre. Sólo que Mati Cohen murió de una sobredosis de Digoxina, ¿no lo sabía usted? -le preguntó Lilian, mostrando un sincero interés, tal y como le habían enseñado a hacer.

– No -se enfureció Rubin-, pues no lo sabía, pásmese. ¿Se trata de un medicamento raro?

– No, yo no diría tanto -dijo Lilian haciéndose la entendida-, se trata de un medicamento para regular el ritmo cardiaco y es el medicamento que usted le compró a su madre; ¿y ahora viene a decirme que no sabe de lo que estamos hablando?

– Es que no recordaba el nombre -reconoció Rubin.

– ¿Y a las seis de la tarde, o cuando fuera? -preguntó Lilian.

– ¿Qué pasa con las seis de la tarde? -dijo Rubin confundido mientras miraba el reloj-. ¿Y si me dice dónde está Beni? ¿Por qué no me contesta a la pregunta? Quiero hablar con él, pero al ritmo que va usted…

– Me refiero a la segunda vez que ha salido usted hoy con autorización -dijo Lilian, obviando la nerviosa reacción de él-, porque ha dicho usted que ha sido a las seis, ¿verdad?

– Pero ¿qué es lo que quiere? -exigió saber, con la manifiesta preocupación de quien se siente acosado-. Pero si a las seis he salido con todo un equipo al completo, con un cámara, un técnico de sonido y todo lo demás. Hemos ido a Um Tubba; ¿sabe usted, acaso, algo de Um Tubba? -y llegado a este punto cambió su nerviosismo por un tono venenoso.

«Esto ha sido una agresión en toda regla», había explicado después Tsila, cuando escucharon la cinta y vieron el vídeo en el que aparecía la cara pálida de Rubin y la espalda de Lilian. «Le ha hecho perder los nervios», dijo con admiración y sin tener absolutamente nada que recriminarle a Lilian.

Pero durante el interrogatorio Lilian había estado más tensa que nunca, porque no podía dejar de pensar que Tsila se encontraba allí, detrás del cristal, con el resto del grupo, juzgando su actuación y esperando que cometiera algún error. Y no es que los interrogatorios fueran algo ajeno a ella, sino todo lo contrario. Porque justamente la habían trasladado a la comisaría central de Jerusalén por sus habilidades como investigadora, y no sólo como especialista en toxicómanos jóvenes, sino también porque era muy buena interrogando a los narcotraficantes, por su mano izquierda con los padres de los chicos y todo lo relacionado con el departamento de estupefacientes; y, sin embargo, ahora la estaban juzgando desde el otro lado de la pared («Éste es uno de los interrogatorios principales de este caso», le había dicho Tsila evitando mirarla a los ojos. Y Lilian, mirándola, había pensado: «Seguro que no querías que fuera yo quien lo hiciera». Pero no lo dijo. «Estoy convencida de que te han obligado a aceptarme entre vosotros», pensó, y sintió cierto temor por haberlo pensado; hasta que se recordó a sí misma que nadie allí sabía leer el pensamiento, ni Tsila, ni tan siquiera Ohayon.).

– Sí, sí -le dijo Lilian a Rubin con impaciencia, como si ambos supieran que éste perdía el tiempo en vano-, pero resulta que usted los envió de vuelta y regresó solo más tarde, es decir, que no estuvo con ellos todo el rato.

– Después de las explicaciones y de la filmación -dijo Rubin-, quería hablar a solas con la madre del chico, en el pueblo. Cuando uno habla solo, sin la presencia de todo el equipo y sin las cámaras, todo se ve diferente. La madre se mostró mucho más colaboradora cuando se quedó sola conmigo… Me parecía fundamental para perfilar el reportaje… Entonces todavía no sabía que me iban a suspender de mis funciones…, si es que se le puede llamar así…

– ¿De manera que se quedó usted a hablar con la madre del chico protagonista de su reportaje? -le preguntó Lilian, centrándose de nuevo en las anotaciones que tenía delante, como si quisiera corroborar los datos.

– Sí, se trata del reportaje sobre los médicos que intentan encubrir a…

– Si, sí -dijo Lilian-, sabemos perfectamente de qué programa se trata, el de las torturas que sufren los palestinos a manos de los servicios de seguridad del Estado. Porque ése es el tema en que usted se centra, ¿verdad? -le preguntó Lilian, intentando sonar provocativa.

Se dio cuenta de que Rubin parpadeaba muy deprisa, aunque permaneció en silencio. («¿Cuál es tu orientación política?», le había preguntado Balilti, y se había apresurado a añadir: «No me lo digas, que ya lo sé; viniendo de donde vienes». Muchas veces se había enfadado cuando alguien aludía a su familia de revisionistas, como si ése fuera el origen de sus ideas políticas. «En vista de lo cual no vas a tener ningún problema; a ver si lo irritas un poco -le había ordenado Balilti por teléfono-, porque eso siempre acaba por funcionar».)

– Conocemos bien lo mucho que se dedica a luchar por los derechos humanos, porque ése es uno de sus propósitos, ¿verdad? Y en el caso que le ocupa ahora lo que quiere es que se le haga justicia al chico palestino que lanzó el cóctel molotov contra…

– No es un muchacho, es un niño -protestó Rubin.

– Con dieciséis años es un chico, casi un soldado -insistió Lilian-. ¿Cuando son los ciudadanos judíos de los asentamientos los atacantes, también los defiende usted de esa manera? Dígame la verdad: si humillaran así a un chico judío de dieciséis años de un asentamiento ilegal, ¿también le dedicaría uno de sus programas?

– Usted ahora lo mezcla todo -se quejó Rubin-, eso no es más que demagogia barata, pero ya estoy acostumbrado a estas tonterías, me paso el día oyéndolas. Pero tal y como ya he repetido en más de una ocasión: en primer lugar, no se trata de ninguna humillación, sino de torturas físicas extremas, y supongo que no querrá que ahora le haga una relación detallada de ellas, porque créame que incluye… Pero dejemos eso ahora, y, además, si los asentamientos judíos en los territorios ocupados no existieran, si se fueran a vivir a donde les corresponde, dentro de los límites de la línea verde, nadie les lanzaría cócteles molotov. Y también debe saber que no se trata de un programa que tenga como tema central los derechos humanos ni las injusticias que se cometen contra…

– Contra los palestinos -completó Lilian la frase-, las injusticias que se cometen contra los palestinos y contra nadie más, porque en ese programa es lo que vemos y no…

– ¿Puedo ir a ver a Beni? -dijo un asqueado Rubin-. Mire, esta eterna discusión… Supongo que no me han traído aquí para esto, ¿verdad?

– No -dijo Lilian-, lo hemos traído para saber dónde está la hora y media que falta.

– ¿Qué hora y media?

– La que va de las seis y media a las ocho -dijo Lilian-, el lapso de tiempo durante el cual el equipo ya se había marchado. Usted dijo que llegaría después, y así lo hizo, efectivamente, pero una hora y media después.

– Pero si se lo acabo de decir -estalló Rubin-, le he dicho que me quedé a hablar con la madre, y también hablé con la hermana del muchacho. Puede usted…

– ¿Preguntarles? -dijo Lilian, sonriéndole dulcemente-, pues eso estamos haciendo, porque también están aquí, para ser interrogadas, así que por eso no se preocupe; pero lo que nosotros queremos es preguntarle a usted y no a los demás.

Rubin se levantó y empujó la silla hacia atrás, justo en el momento en el que se abría la puerta y aparecía Tsila, muy pálida y haciéndole señas a Lilian para que saliera. Lilian salió del despacho. La grabación de vídeo mostró después que Rubin no se movió de donde estaba, ni siquiera miró los papeles, como si sintiera que lo estaban observando y, volviendo a tomar asiento, se cubrió el rostro con las manos. Después se levantó y anduvo dando vueltas por la estancia como para desentumecer los músculos.