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De tres o cuatro en una habitación, pensó Michael, siempre hay alguien que opta por la vulgaridad para protegerse de… ¿-De qué tenía Solomon que protegerse? Cinco años antes de la jubilación, ya se tomaba a la ligera los cadáveres que escudriñaba. ¿Pero qué sabía él del forense? Algunos retazos reunidos durante las autopsias, y en todos había alguna sorpresa: por ejemplo, que lo habían traído desde Hungría después de la segunda guerra mundial, una criatura de un año, y que los primeros años creció en un kibbutz; o la época anterior a los estudios de medicina, cuando vivió en Meah Shearim e intentó estudiar religión y «también huyó de eso», como él decía, «de mal en peor» (y entonces señaló el cuerpo que estaba analizando). Y también de su largo matrimonio tenía noticias Michaeclass="underline" la mujer de Solomon, que era pariente lejana suya y mayor que él, había enfermado hacía años de Parkinson. Una vez Michael estuvo en su casa, la conoció y le estrechó la mano, que temblaba con dudas y temor. Años atrás, cuando llamaron a Solomon para hacer una autopsia en Pésaj, justo en medio de la cena, le dijo a Michael, que estaba con ellos: «Mi mujer y yo no tenemos nada, ninguno de los dos, ni hermanos ni tíos ni nada, somos libres. No tenemos que darle explicaciones a nadie, si ir o no ir, si invitar o no invitar», y al cabo de un rato empezó de repente a cantar despacio y en voz baja, reproduciendo una vieja melodía: «Nos bastamos, nos bastamos, nos bastamos».

En ese momento el rostro del sargento Yair expresaba una evidente curiosidad. Estaba muy cerca de ellos mientras abrían los pulmones, observando cada paso, y tampoco apartaba la vista de las grandes letras latinas que el ayudante ruso escribía en las tapas de los recipientes de plástico donde había echado los jugos gástricos.

– ¿Quién va a coser? -preguntó Solomon-. ¿Quieres coser?

El ayudante asintió.

– Pues cose tú, pero antes mételo bien todo dentro, a lo mejor yo sólo… -y puso en su sitio el cráneo, cosió por detrás y cosió por la frente-, sólo tengo que hacer esto para que quede bien.

El ayudante se crispó con una queja muda.

– Bueno, ahora puedes meterlo todo dentro de nuevo -dijo Solomon, se hizo a un lado y se retiró la mascarilla hacia la frente, donde se quedó como una cinta holgada.

– Os habéis olvidado del cerebro -dijo el sargento Yair-, ya has cosido y aún está aquí en… -de pronto se calló, pues vio al ayudante metiendo a presión los órganos, entre ellos el cerebro, en el vientre.

– No te preocupes -dijo Solomon avergonzado, mientras se quitaba los guantes-, cuando resuciten los muertos, también el cerebro volverá a su sitio. Lo importante es que está aquí, y si alguien mira desde fuera no notará nada. Además, hay gente que tiene el cerebro en el estómago. Quedará como nueva, como una muerta nueva -se burló-, créeme, preparada para el Mesías.

– Entonces, ¿qué tenemos? -dijo Michael a su pesar, continuando con el cinismo del forense-, ¿cara destrozada y estrangulamiento? Es decir, en orden contrario, ¿rotura del hueso de la lengua, nuca fracturada, arteria principal desgarrada y embarazo de doce semanas?

Solomon se quitó la bata y asintió.

– ¿Las seis o las siete de la tarde? ¿Anteayer? Es decir, hace… -Michael miró su reloj-. Si ahora son las dos de la madrugada, entonces, ¿hace treinta o treinta y una horas?

– Exactamente, tal y como has dicho -contestó el forense, mientras se quitaba las gafas de rayos. Sus ojos se quedaron fijos en la pared blanca de enfrente, como si se les fuera a revelar lo que había detrás-, pero tendrás el informe mecanografiado -volvió a su amabilidad anterior y limpió las gafas con unas toallitas de papel que sacó del mueble que estaba pegado al armario metálico-. Lo tendrás por la mañana, a primera hora de la mañana.

Capítulo 3

Cerca de media hora llevaba Netaniel Bashari en la puerta de la sinagoga Y volverán tus hijos a su territorio, en la esquina de la calle de la Estación y la calle Naftalí, y el mundo entero le irritaba. Estaba esperando a su hermana Zahara, por su culpa había cancelado una cita importante, y Zahara no llegaba. A lo mejor se había confundido de hora o de día, pues Zahara no era una persona que dejase de acudir a una cita sin avisar y tampoco era olvidadiza. Aun así sentía no haberle recordado por la mañana la cita que tenían a las dos de la tarde. Era una cita importante para ella, pues quería comprobar con él la acústica del interior y del atrio, donde estaba puesta la sukká con todos los adornos, la cabaña para la fiesta de Sukkot. En ese momento, en ese largo rato que llevaba delante de la puerta, la idea de su hermana de cantar por la noche, al comienzo de la fiesta de Sukkot, le parecía aún más absurda que cuando se la planteó por primera vez.

Qué se le había metido a Zahara en la cabeza para llevar meses discutiendo con él sobre un concierto para los vecinos del barrio. Al principio sopesó hacerlo en casa de Linda, y después, cuando eligió la sinagoga y le expuso la idea a Netaniel con gran entusiasmo, se sintió ofendida ante su negativa y se enfadó, y ni siquiera se le pasó el enfado cuando él se disculpó diciendo que era una broma y dejó a un lado sus reservas; no se calmó hasta que Netaniel aceptó y accedió a que se llevara a cabo al empezar la fiesta lo que él llamó en broma su «sueño folclórico». Y precisamente debido a esa discusión que precedió a su consentimiento final -si se podía llamar así a ese ataque al que él se empeñó en no responder- estaba en ese momento mucho más preocupado: tal vez Zahara realmente le estaba reprobando su actitud y tal vez hasta podía estar apartándolo de ella, con lo que ya nunca volverían a estar tan unidos como antes.

El «sueño» incluía la construcción de un pequeño museo de barrio en un ala de la sinagoga, donde Zahara pretendía exponer «el esplendor de la cultura judía yemení -así lo definió-, una cultura que unos desgraciados como el presidente del gobierno, ese asesino, y el rabino Meshulam habían conseguido dejar completamente en el olvido». En el gran sótano del edificio de la sinagoga ya había almacenado cajas con fotografías que había estado reuniendo desde que era niña, joyas originales heredadas de su abuela, su madre y sus tías (y otras que había comprado a buen precio), tapices, telas y vestidos bordados, muebles y utensilios de cocina, herramientas de trabajo de orfebres, sastres y zapateros: entre otras cosas había unas viejas tenacillas y un pequeño martillo, y también grapas y una pequeña barrena que se utilizaban para arreglar cacharros de barro. Zahara pretendía presentar todo eso en exposiciones temporales en el ala de atrás de la sinagoga, y mostrar así «los aspectos más coloristas de la vida de los yemeníes». Netaniel tuvo que aguantar que su hermana se dirigiera a los miembros del comité directivo de la sinagoga, y que se autorizasen esos proyectos en su ausencia, a pesar de sus conocidas reservas, e intentó darle una explicación lógica de su postura básica y de sus temores a que un museo sobre la herencia yemení enturbiara la imagen progresista de la sinagoga. Se tuvo que contener para no decirle que ese empeño suyo por indagar en las raíces históricas de su comunidad y de su familia le parecía un error y le producía rechazo y, últimamente, también preocupación.

Sintió cierta tranquilidad al pensar en los nuevos aires que estaban llegando a la sinagoga, que había estado durante años medio en ruinas y no congregaba más que a algunos ancianos persas e iraquíes que habían permanecido en el barrio. Él mismo había ideado el nuevo proceso y convenció a los ancianos de que abrieran la sinagoga a otros para que se convirtiera en una sinagoga avanzada e integradora («moderna», era la palabra que utilizaba ante el puñado de ancianos que le visitaban asiduamente en Shabbat y en las fiestas); un lugar donde pudieran rezar también los ashkenazíes y, sobre todo, los nuevos vecinos del barrio, los que llegaron después de la Guerra de los Seis Días desde Estados Unidos, Sudamérica y Europa (siempre y cuando fueran ortodoxos pero no «negros del todo»; no le daba ningún apuro llamar así en las reuniones de la asamblea a los ultraortodoxos extremistas).