– Se podría decir -contestó Michael con aparente indiferencia-, por supuesto que se podría decir.
– ¿Perdone? -se sorprendió-, ¡¿yo?! ¿Cómo puede…? ¿En qué se basa? Hacía una semana que no veía a Zahara.
– Eso es lo que usted dice -dijo Michael, y encendió un cigarro.
– ¿Es que quiere que le traiga pruebas? Cómo se puede demostrar algo… sólo puedo decirle lo que estaba haciendo cuando Zahara… ¡No es posible!
Y en ese momento Michael arrojó el cigarro encendido en el vaso de plástico y, después de escuchar cómo se apagaba en los posos del café, se inclinó sobre la mesa y le dijo que había llegado el momento de que hablara, y de que fuera al grano, sobre todo habida cuenta de la conversación telefónica que mantuvo con Zahara el día de su muerte y de la fuerte pelea que tuvieron la última vez que se vieron.
De repente su cara palideció y en sus ojos marrones y saltones empezó a apreciarse el miedo.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Se lo contó Zahara a su hermano o a Linda? -dijo Orly Shoshan.
Michael no contestó. Ya había vuelto a poner en marcha la grabadora y, con la cabeza, le indicó que siguiera hablando. («Claro que él no le contestó», explicó Tzilla a los miembros del Equipo especial de investigación, que también escucharon el silencio que había quedado grabado, «¿qué le iba a decir? No podía decirle que estaba jugándoselo todo a una baza, ni tampoco que estaba haciendo conjeturas, la dejó in albis y, desde ese mismo instante, la tuvo completamente en sus manos».)
Orly Shoshan se empeñó en llamar a la pelea «discusión». Dos o tres veces repitió la palabra «discusión», y una vez utilizó «división de opiniones» y habló del carácter temperamental de Zahara («Cuando se enfadaba de verdad, nada podía detenerla»), y también de su tajante negativa «en ese punto» a hacer pública la historia. Al final Zahara habría accedido y entonces ella, Orly, como periodista, le habría mostrado la proyección social de esa historia familiar privada, pues sería un ejemplo del terrible delito que se cometió en el país con los judíos inmigrantes de los países árabes; y no sólo eso, también le haría ver que una gran fotografía de Zahara en medio del reportaje, con su bonita cara, y unas palabras sobre su talento musical, favorecerían sus intereses. Pero Zahara no quería de ninguna manera un escándalo público sin tener la conformidad de sus padres, y ni siquiera a su hermano mayor, Netaniel -al menos eso pensaba la periodista-, le contó nada de lo que había descubierto.
– Yo -dijo apesadumbrada- ya he hecho todo el trabajo, ¿sabe cuántas indagaciones han sido necesarias? -se incorporó en la silla y, en tono grave, explicó-: Pero las fuentes no se las revelaré, pase lo que pase, las fuentes no las revelaré.
Él continuó callado.
– La madre de Zahara era de buena familia, hija del último gran rabino de los judíos del Yemen -dijo Orly Shoshan-, y por eso la casaron bien, con el padre de Zahara, que era un erudito de los textos sagrados. La madre tenía trece años y el padre era algo mayor. Tuvieron un hijo y murió nada más nacer. Imagínese, una niña de catorce años tiene un hijo y se muere. ¿Puede imaginarse algo así?
Cuando le miró expectante, Michael negó con la cabeza.
– Pues ahora imagínese algo peor, imagínese que esa niña, Neimá Bashari, tiene otro hijo en el campo de tránsito de Eden, de camino hacia aquí, y que llega al campo de emigrantes de Ein Shemer, con una niña de dos meses…
– ¿Zahara? -preguntó Michael.
– Zahara. Zahara, la mayor.
– ¿También murió?
– No. Parece ser que no -dijo Orly Shoshan y cruzó las piernas-. Se la llevaron, eso es lo que le pasó. Estamos hablando de 1949, ¿ustedes saben lo que pasó ese año?
Michael no dijo nada y su cara se mostraba expectante.
– Y no sólo en el cuarenta y nueve, hasta el cincuenta y cuatro se podían llevar a los niños de los refugiados, no sólo yemeníes, también rumanos, y darlos en adopción; a los padres les decían que habían muerto. ¿No lo leyó en los periódicos?
– Lo leí -aseguró Michael, en el tono de un alumno disciplinado aunque apocado-, pero no lo comprendí bien porque no investigué… Pero usted, usted sí que lo ha investigado.
– Sólo en 1953, en un año, fueron entregados más de ciento cincuenta niños en adopción sin conocimiento de sus padres. No le voy a revelar las fuentes, pero sí estoy dispuesta a decir que, antes de descubrir el asunto de la Zahara mayor, ya había hablado con un miembro de la Organización Internacional de Mujeres Sionistas de Inglaterra, una anciana muy enferma que adoptó una niña en 1953. Hasta la dejaron sacarla del país, ¡se imagina! Pero los hechos son bien conocidos: entre los años cuarenta y cuatro y cuarenta y nueve desaparecieron miles de niños yemeníes. Cuando enfermaban y los llevaban a los hospitales, simplemente desaparecían. A los padres que iban a buscarlos les decían que habían muerto, pero no había certificado de defunción, ni tumba, ni nada. ¿Por qué creen ustedes que el rabino Meshulam y sus hasidim perdieron los estribos?
Michael no dijo nada. No mencionó el juicio conocido con el nombre de Juicio de Sara Levin, en el que, gracias a un análisis de ADN, se demostró el error en el que estaba una mujer que, sin ningún género de dudas, creía ser la hija de una de las yemeníes cuyos hijos fueron dados en adopción.
– De todos modos, he investigado y tengo pruebas: Neimá Bashari tuvo una hija y a los dos meses se la quitaron.
– ¿Pero no habló de eso con Neimá Bashari? ¿O con su marido, el padre de Zahara?
– No, Zahara no quería -dijo Orly Shoshan, y se mordió el labio inferior-, no estaba preparada. Yo no quería poner en peligro mi relación con ella en ese punto, sabía que conseguiría convencerla, y sobre eso fue la discusión cuando nos vimos por última vez.
– ¿Y hablaron de eso también cuando estuvo con ella el día en que fue asesinada? -dijo Michael, más como una afirmación que como una pregunta.
– No, para nada -se sobresaltó Orly Shoshan-, cómo iba… Estuve… Ojalá hubiera estado con ella… No… no le habría pasado nada… La estuve esperando pero no llegó.
– ¿Cuándo debería haber llegado?
– A las ocho, quedamos a las ocho de la tarde.
– ¿Pero, al no llegar, usted no la buscó?
– No, tenía miedo de que… Tenía miedo de que les hubiera dicho a sus padres que estaba conmigo y estuviera en otro sitio.
– ¿Dónde estuvo usted el lunes?
– Ya se lo he dicho a ustedes. Se lo he dicho al primero…, al de la barriga, Balilty se llama, le he dicho todo lo que hice el lunes: desde el amanecer en la piscina Gordon, después en el café Shiaj y en la reunión en el periódico, y al mediodía con…
– ¿No salió de Tel Aviv?
– Estaba esperando a Zahara. Desde las ocho de la tarde la estuve esperando. Me llamaron por teléfono, hubo personas que hablaron conmigo. Qué… Me lo pregunta porque…, de verdad, porque yo… Y además, ¿cómo la hubiera llevado al desván ese exactamente? ¿A hombros?
– Pero habló con ella por el móvil aquel día -recordó Michael.
– Sí, hablé, claro que hablé. La llamé para confirmar la cita, y me dijo que estaría en mi casa a las ocho, eso dijo.
– ¿Sabe de alguien con quien pensara encontrarse en el Hilton? -preguntó
– ¿En el Hilton? ¿El Hilton de Tel Aviv o el Hilton de Jerusalén?
– El de Tel Aviv. ¿Le dijo a usted algo de eso?
– Nada -dijo Orly Shoshan entre sorprendida y ofendida-, no sabía que conociese a alguien que frecuentara el Hilton.
– ¿Le oyó mencionar alguna vez el nombre de Moshé Abital?
– ¿Abital? -una arruga se formó entre sus cejas-, Abital… Me parece que mencionó ese nombre, me parece que es alguien… ¿Alguien que tiene amistad con Linda? ¿Puede ser?