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– Dígame -volvió a inclinarse hacia delante-, ¿sabía que se iba a comprar un piso?

– ¡Un piso! -contuvo una carcajada-. ¿Zahara? ¿Qué piso? Vivía con sus padres, ¿no lo saben? Y tenía intención de irse fuera a estudiar, el año que viene; sólo estaba ahorrando para irse y…

La puerta se abrió de par en par y el gran cuerpo de Balilty taponó la entrada, tapando casi por completo a quien estaba detrás de él.

– Escucha esto -gritó, se inclinó un poco hacia delante y tendió el brazo haciendo un rizo, como intentando imitar al sirviente de un noble francés; en sus ojos había una chispa de alegría, como si le hubiera echado el guante a una noticia sensacional que no tenía desperdicio. En mitad de esa ceremoniosa reverencia se topó con la mirada de advertencia que le lanzó Tzilla y, al instante, se incorporó y bajó el brazo. Al ver a Orly Shoshan, se calló y cambió la expresión de su cara; acto seguido, con un fuerte carraspeo, le indicó a Michael que saliera de la habitación.

Michael, que comprendió que si no reaccionaba enseguida Balilty diría lo que tenía que decir delante de la periodista, se apresuró a salir; ya tenía en la cara la expresión de «¿qué pasa ahora?», pero por el pasillo sacó el paquete de tabaco, cogió un cigarro y dejó que el jefe de la unidad de información le diera fuego.

– He conseguido dos cosas -informó Balilty con entusiasmo.

Michael extendió el pulgar como quien empieza a contar.

– He hablado con Darai.

– ¿Con Arie Darai? -se sorprendió Michael-. Qué tiene él que ver con…

– No, con el abogado del otro comprador.

– ¿Qué otro comprador?

– Uno que quería el piso de la calle de la Estación, el piso que Rosenstein quería que fuera para Zahara.

– ¿Y?

– Y es cierto -dijo Balilty con expresión desencantada-, quería el piso y Rosenstein consiguió quitárselo valiéndose de alguna cuestión de procedimiento. Rosenstein se quedará con él, al menos en eso no mentía. Y el señor Abital, el dueño del piso, está en camino; ni siquiera ha discutido.

Michael le miró en silencio.

– Pues ya está -concluyó Balilty, y se dio la vuelta como para irse.

– Danny -dijo Michael.

Balilty se giró y le miró, la chispa de alegría volvió a sus ojos.

– Sí, ¿qué? -preguntó.

– ¿Ahora estás haciendo de Colombo? -preguntó Michael.

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué es lo que he dicho?

– Pues eso, que no has dicho nada. Pretendías irte y volver enseguida con el cuento de que habías olvidado decirme lo fundamental.

– Ah, sí -una amplia sonrisa se dibujó en su cara-, tú dirás si es lo fundamental o no -señaló con la cabeza el final del pasillo-: ella está esperándote en la habitación pequeña; no he querido dejar que estuviese por aquí y todo el mundo la viese y…

– Bueno, creo entender que, hasta que no veas que me caigo redondo de tantas sorpresas, no nos quedaremos tranquilos -Michael sonrió-. ¿Serías tan amable de dignarte a decirnos quién está esperando?

– Ve y lo sabrás -dijo Balilty, dirigiéndose hacia su despacho con paso lento y muy erguido, como muestra de repulsa; y Michael, titubeando, le siguió.

La habitación pequeña, donde normalmente se almacenaban carpetas de casos cerrados, material de oficina, y también café, azúcar, leche condensada y cajas de cartón con vasos de usar y tirar y con botellas de agua mineral, estaba al final del pasillo. Sus pasos resonaban con fuerza en el espacio casi vacío. Del primer piso llegaban risas y la luz de neón les daba a las paredes y a las baldosas un tono amarillo mohoso y deprimente.

En la única silla de la habitación, junto a la mesa metálica bajo la que se acumulaban las cajas de cartón, estaba sentada con las piernas cruzadas Ada Levi-Efrati -el viejo flexo que iluminaba la habitación proyectaba sombras sobre su cara y su cuerpo-, quien alzó hacia él su pequeña y pálida cara, iluminada por una sonrisa de desconcierto.

Balilty se movía de un lado para otro junto a la entrada.

– Y ahora, después de haber hecho mi buena acción del día y de que se haya disculpado conmigo -dijo con satisfacción-, ¿quieres que te diga una cosa? Ella no quería hablar conmigo, pero no ha tenido alternativa, porque no le han permitido subir al segundo piso y tú no tienes móvil y en el beeper no contestabas, así que ha hablado conmigo, aunque sea un asqueroso fascista, y hemos hecho las paces. ¿Hemos hecho las paces? -se volvió hacia ella y ella inclinó la cabeza en silencio-. Bueno, no hay que excitarse tanto -dijo Balilty con sarcasmo-, la justicia es algo relativo. Y sólo quiero que sepa que ese capataz, ese árabe suyo, es un antisemita que odia a los judíos; hay que estar ciego para no verlo. Si alguien le pegara o si estuviera en peligro, ¿cree que él la salvaría?

Ada Efrati no contestó.

– Bueno, dejémoslo -suspiró Balilty-, lo importante es que hemos hecho las paces y que ha visto que no sólo soy una mierda. Divertíos -sonrió y se fue.

– Un momento -dijo Michael y salió detrás de él.

– Escúchame -dijo el jefe de la unidad de información en tono serio y apoyándose en la pared-, yo seguiré con ella, con la periodista esa. Hoy no tenemos nada que… Te lo pido de verdad, deja que siga yo con ella, yo también conozco el trabajo, hazme ese favor. También nos las arreglaremos con Abital, créeme; no eres imprescindible para todo. Ahí, en la habitación -señaló la puerta-, hay una mujer, una mujer guapa, no cualquier mujer, una mujer de calidad, esperándote. Le he preguntado qué quería y me ha dicho: Es algo personal». Y te conozco, vi cómo la observabas allí, en la casa en donde encontramos el cuerpo, ¿me comprendes?

Michael no dijo nada.

– ¿No crees que ha llegado el momento de que te olvides de una vez de la otra historia? -le rogó Balilty-. Hazme un favor, a mí y a todos, tómate el día, lo que queda de él, es decir, la noche, y por una vez celebra la fiesta como una persona normal. Hazlo como un favor, un favor personal hacia mí, hacia Tzilla, hacia Eli Bahar y hacia todos nosotros. ¿Qué dices?

La expresión de inquieta expectación que cubrió el rostro de Danny Balilty le conmovió y sonrió.

– ¿Qué dices? Como un favor personal, aunque ella piense que soy una mierda, no tengo ningún problema con eso -suplicó Balilty.

– ¿Que qué digo? Digo que Mati me mataría, porque por mi culpa estaría sola en la sukká -contestó Michael.

– Mati, si le digo por qué, si le digo que estás con alguien, y encima con una de ese nivel, y una que una vez fue tu… Da igual, si le digo eso, Mati estará como en el séptimo cielo y no matará a nadie, ni siquiera a mí. Y además, qué te crees, estarán todos los niños y mi cuñada y también…

Michael alzó las manos en señal de rendición, y Balilty le dio una palmada en el hombro y se fue silbando con júbilo.

– Un momento, un momento -le llamó Michael.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Balilty con desconfianza, como si esperara que Michael se echara atrás.

– Cuando repases las notas de Tzilla, verás que esa tal Orly Shoshan dice algo sobre que Zahara le estaba guardando fidelidad a alguien. Insiste un poco en ese punto, no lo he entendido bien.

– Dime, amigo, estás haciendo tiempo, ¿o qué? ¿Qué te crees?, ¿que es la primera vez que interrogo a alguien? ¿Qué te pasa? -señaló la puerta-, una mujer te está esperando.

– ¿Y tú qué? ¿Estás haciendo de Zorba el griego? -dijo Michael y volvió a la habitación pequeña.

Capítulo 8

Las maravillas no tienen fin -le susurró Michael Ohayon a las cinco y veinte de la madrugada a Ada, que tenía la cara muy cerca de la suya, mientras le acariciaba el brazo suave y moreno. Sus pómulos destacaban aún más con la luz amarillenta del flexo bajado, y su cara pequeña y fina estaba coronada como por una especie de aureola opaca. El atisbo de sonrisa tímida y picara de sus gruesos Libios se infiltró también en sus ojos marrones, que se entornaron para mirarle exactamente igual que años atrás, cuando estaba al pie de las escaleras en el campamento de verano. Con asombro tocó la profunda arruga entre los ojos de Ada y el fino vello sobre su labio superior; tras treinta años parecía que habían llegado con total naturalidad desde aquel campo de pomelos hasta esa cama, hasta el pequeño dormitorio de la planta baja de un edificio en la parte oeste de la ciudad. La intimidad que sintió en la habitación del Migrás Harusim, y durante todo el camino hasta el coche y hasta la casa de Ada, no se desvaneció ni siquiera al encontrarse con los invitados que estaban esperando en el piso; eso le sorprendió. Pero más sorprendente fue la naturalidad con la que se sentó a cenar con su hijo, su hija y sus respectivas parejas, y con su hermana, a la que veía por primera vez. También se sorprendió de sí mismo al darse cuenta de que, a pesar de que le habían acusado durante años -mujeres a las que amaba y también hombres con los que tenía amistad- de ser cerrado, estar tenso y carecer de espontaneidad en las relaciones íntimas, había pasado toda la cena tranquilo y relajado, como si se encontrara en casa, e incluso participando de la celebración, algo que los años de matrimonio, y también los que vinieron después, le habían enseñado a despreciar. Resultó sorprendente asimismo la naturalidad con la que los miembros de la familia le trataron, como si le conocieran de toda la vida y como si no fuera nada extraordinario que estuviera sentado a la mesa con ellos.