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– Fuiste el primer beso de mi madre -se rió su hija, que, con su pelo corto y claro y sus ojos grises, parecía una reproducción más clara, pero exacta, de Ada. Y así resolvió sus angustiosas dudas sobre lo que sabrían de él y lo que no. No la corrigió ni mencionó la existencia de aquel novio que le había desalentado y que, por supuesto, también la había besado más de una vez antes que él.

– Eras el donjuán de la clase -dijo su hermana sonriendo y mirando a un lado con pudor-. Seguro que no te acuerdas de mí, era dos años menor que vosotros y una especie de rata que se asustaba hasta de su sombra: no dejaba de llorar por las noches añorando mi casa y me costó medio año acostumbrarme a dormir en el internado.

Casi justificándose Michael confesó que en efecto no se acordaba.

– No era exactamente un donjuán -corrigió Ada con ese atisbo de sonrisa que casi siempre la acompañaba al mirarle-, no había pruebas, no se le veía en acción y no iba mariposeando de una a otra. Ninguna compañera de clase tenía experiencias personales que contar. Circulaban historias. Las chicas estaban locas por él, pero él, él era inalcanzable. Decían que tenía una historia con una mujer mayor.

– ¿Es cierto, tenías una historia con una mujer mayor? -se dirigió a él y él se ruborizó, carraspeó e hizo un gesto de desdén. Aunque Becky Pomeranz, la madre de su buen amigo y compañero de clase, había muerto hacía unos años, no pensaba hablarle a nadie, ni sentado a esa mesa ni en ninguna otra circunstancia, de las clases de música ni de la seducción. Se encendió un cigarro para que cubriera su silencio y volvió a sorprenderse de su tranquilidad, una tranquilidad que ni esa conversación medio sarcástica pudo estropear: era la calma sosegada de quien no tiene que sofocar una espera para no sentirse fracasado, sino que, precisamente al prolongarse, esa espera se vuelve mil veces más dulce. Y aunque tenía la certidumbre de que esa mujer -que bajo su cabello oscuro salpicado de líneas blancas aún era como él la recordaba- le permitiría tocar su figura y la que él recordaba, no comprendía bien de dónde procedía esa certeza y tampoco le resultaba normal no esforzarse en comprender las razones. Ningún «qué pasará si» o «cómo hay que» le inquietaban.

Ya la primera vez que estuvieron juntos en un café de la calle Yafo, después de que Ada se las viera con Balilty, sintió la armonía del encuentro y de la conversación que tuvieron. Aunque sabía que Solomon, el forense, le estaba esperando, al igual que el sargento Yair, a quien había dejado en su despacho sin explicación alguna, no dudó ni un momento -cuando ella se calmó un poco por el asunto del capataz y de Balilty, y pudo hablarle de otras cosas- en preguntarle por su vida. Así supo que se había casado bastante joven con un hombre quince años mayor que ella («Mi padre murió y mi madre dependía de mí como… Después de todo yo era la mayor, mi hermana aún estaba haciendo el servicio militar y mi hermano pequeño, bueno, era muy pequeño… Y era normal que me enamorase, o creyera que… Después de todo Yedidyah era… Y me quería tanto, y pensé…»), que se fue con él cuando la empresa geológica que le había contratado lo envió a las plantas petrolíferas de Sudamérica, y allí nacieron sus dos hijos. También le habló de la enfermedad crónica de su marido y de su muerte; y asimismo le contó las razones por las que había empezado a dedicarse a la fotografía («Al principio sólo fotos, retratos de los niños, y después con cámara, y cursos y… ni quieras saberlo»), y que al final, después de tres años estudiando en París, se hizo directora de documentales y viajó de un lado para otro, contratada por una productora holandesa («Fue muy difícil para mí con los niños, ya no eran recién nacidos, pero…»). Entonces abrió los brazos y lanzó una amplia sonrisa, dulce y desvalida, antes de mirarle a los ojos y preguntar: «¿Y tú?».

No llegaron a hablar de citas futuras porque, cuando miró el beeper, encontró tres mensajes del sargento Yair y del doctor Solomon, y tuvo que volver de inmediato a su despacho. Pero al día siguiente, a iniciativa de Michael, se volvieron a encontrar en el café y hablaron durante horas, de ella y de él y, al final, inevitablemente pero con mucha precaución, también de los dos. Y entonces salió de forma explícita, y más de una vez, una cuestión a la que ya habían aludido en su primera charla: por qué no había intentado encontrarla desde entonces (a lo que él contestó con la misma pregunta que ella le había hecho: por qué no había intentado encontrarle). Una vez Ada mencionó aquel campamento de verano, pero se retrajo cuando él le preguntó por qué había dejado el colegio; así que Michael no insistió en el tema. En ese encuentro le cogió la mano, le acarició los dedos y le dijo que le gustaría volverla a conocer, «pero de verdad, despacio, como es debido», y ella se rió en voz baja y dijo:

– ¿Despacio? ¿Por qué despacio? Ya tenemos bastante, ¿no?

– Qué sé yo -murmuró Michael, inclinándose hacia su mano-. La gente cambia, y ni siquiera entonces nos conocimos a fondo -y ella, que ya no se reía, dijo que el sabor de sus besos y sus caricias la habían acompañado durante todos esos años, y que el cuerpo no se equivoca, y que quien conoce a través del cuerpo conoce mejor que de cualquier otra forma-. No estoy seguro -le dijo Michael-, antes pensaba así, ahora ya no estoy seguro, tal vez sea una condición necesaria, pero no suficiente.

Cuando la acompañó a su coche ella le puso la mano en la mejilla y le miró, la ternura de su mirada le produjo un escalofrío y entonces supo que se volverían a ver cuando terminara «con este caso, que empezará a marchar bien en uno o dos días, espero, cuando identifiquemos el cuerpo», y que tal vez hablarían por teléfono durante los días que estuviese inmerso en la investigación. Y por eso le sorprendió tanto verla esa tarde, esperándole en la habitación pequeña en el Migrás Harusim, pero también se alegró mucho y, sin dudarlo, accedió, entró en su coche y fue a su casa a la cena de Sukkot.

Como si hubieran hablado de eso en el coche, de camino, Michael se quedó cuando se hubo ido el último de los invitados, y desde el salón rectangular, donde no había casi muebles y donde se había preparado la mesa, la siguió hasta la pequeña cocina, se apoyó en el marco de la puerta y se fijó en la raíz de su pelo oscuro, cortado por encima del cuello largo y fino, en su espalda estrecha y en la agilidad con que manejaba los platos, tirando los restos de comida a la basura antes de meterlos en el fregadero. Hasta se observaba a sí mismo con asombro: parado detrás de ella, tan cerca que sus labios casi le rozaban la nuca, y luego, al volverse, los labios, como si de verdad la conociera de toda la vida. Y cuando levantó la cara hacia él -le sacaba una cabeza-, Michael se asombró al ver esa sonrisa resplandeciente y esos ojos marrones y tiernos que mostraban alegría, temor y pasión.