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Hasta hueles igual -murmuró Ada con voz ronca, mientras él le pasaba los dedos por la cara y el pelo y, después, por la profunda y suave línea de las caderas, pues estaba tumbada de lado-. También antes olías a tabaco y a… cómo explicarlo… un olor limpio a almidón y jabón sin perfume. Entonces ya fumabas, recuerdo que las chicas íbamos a miraros al escondite de los fumadores, antes incluso del campamento de verano.

– Pero entonces tenías novio -recordó Michael, y él mismo se hurló del tono de queja que se le había escapado.

– Sí -confirmó-, pero yo te quería a ti. La prueba es que se fue poco después.

– No tenía ni idea -murmuró Michael-, no se te notaba nada. Creía que no querías saber nada de mí -y, a pesar de todo, le molestó el recuerdo de aquel «novio», que era mayor que ellos, tal vez soldado, o incluso un oficial.

– Bueno -dijo poniéndose boca arriba-, eso era porque tú no querías. Y a mí me daba vergüenza.

– ¿Yo? ¿Que yo no quería? Te digo que no se te notaba nada, nada de nada. ¿Cómo iba a querer si tú no querías? -le costaba recordar si después quiso o no, pero en ese momento, acostado a su lado y acariciándola, era evidente que quería, y sólo esa conversación sobre el novio le hizo vacilar.

– Pero qué mimoso -murmuró Ada, y le miró sonriendo-, es sólo orgullo mimoso.

Pasaron unos segundos hasta que comprendió a qué se refería con «mimoso».

– ¿Qué pasa, es que yo no puedo ser tímido?

– No, no lo entiendes -se incorporó, ahuecó el cojín grande y apoyó en él la espalda-, yo… No había ninguna posibilidad, ninguna.

La dulce relajación que se apoderó de sus miembros le impedía pensar con rapidez.

– ¿Es decir? -dijo Michael con un gran esfuerzo.

– Hice muchas tonterías, pero un amor no correspondido habría sido demasiado. Demasiado.

– ¿Cómo llegamos a un amor no correspondido? -dijo completamente atónito.

Su mano cortó el aire por encima de él cuando dijo con decisión:

– No estaba tan loca como para enamorarme de alguien que, como todo el mundo sabía, tenía una mujer mayor y experimentada, y que no parecía estar interesado.

Debía rebelarse, al menos de forma ceremonial, pero se sentía tan a gusto junto a ese rostro pegado al suyo que, sólo cuando le miró con tensa expectación, accedió y dijo:

– Pero dejaste el colegio nada más salir del internado, y tenías novio, no se notaba que tú…

– Eso no tiene nada que ver -interrumpió.

Y de nuevo, como medio soñando, aunque lo que más deseaba era envolverse en el silencio, se encontró contestándole con entusiasmo, como si fueran dos niños discutiendo:

– ¿No? ¿No tiene nada que ver? Qué pasa, tendría que haberme enamorado de ti y perseguirte aunque tuvieras nov…

– Dejemos en paz al tal Boaz -dijo Ada furiosa-, él no es ningún pretexto. Si te hubieras enamorado de mí o me hubieras querido de verdad, no te habría importado que tuviese novio o no.

Al igual que ella, ahuecó el cojín que tenía detrás y se sentó, pues de repente la conversación se había puesto seria de hecho; entonces lo comprendió, se había convertido en una conversación sobre la diferencia entre lo que esperan los hombres y las mujeres.

– Es decir -le dijo con precaución, tanteándola- que tendría que haberte buscado, haber corrido detrás de ti para después atacar y convencerte.

– Por supuesto.

No hay mujeres liberadas, se dijo Michael Ohayon, y no hay ninguna igualdad entre los sexos. Ni siquiera las mujeres quieren de verdad esa igualdad de la que tanto hablan, de hecho prefieren una división de papeles bien definida, y nada las hace más felices que tener una prueba evidente de que han nublado la razón del hombre. O en otras palabras: de que ejercen sobre él un poder mágico. Pero en ese momento no quería utilizar la palabra «poder» y prefirió hablar de la pasividad de Ada:

– Tenía que haberte buscado y despertarte de tu sopor respecto a mí, ¿o qué? -preguntó.

– No había ningún sopor -contestó Ada, y su voz sonaba como ofendida-, yo sólo reaccioné así porque noté que no te gustaba. Nada hacía pensar lo contrario.

Michael se encendió un cigarro y se puso el cenicero de barro en la rodilla, sobre la sábana.

– Es decir: ¿es el papel del hombre empezar, perseguir, convencer, cortejar y todo eso?

– Pues claro que es el papel del hombre, ¿qué te crees? -Ada le miró enfadada. Por un momento él no supo si hablaba en serio o en broma, divirtiéndose; y la débil luz formó sombras doradas en sus ojos cuando dijo con gran sentimiento-: ¿Qué querías? ¿Que \ o fuera corriendo detrás de ti? No lo volviste a intentar después del campamento de verano. Todas las noches en el campamento, durante una semana entera, y después, nada. Nada de nada.

Aunque Michael no recordaba que eso hubiese ocurrido «todas las noches», no quería que la discusión tomara otros derroteros. En vez de eso, recordó que había preguntado por ella cuando volvieron al colegio a comienzos del siguiente curso, y que le explicaron que había dejado el internado.

– Ya no estabas -protestó-, después de eso ya no estabas… -de repente se le ocurrió volver a preguntar lo que ella no le había contestado en las anteriores citas-: ¿Por qué dejaste el colegio?

Ada bajó la vista.

– Mi padre estaba agonizando -dijo muy deprisa, como si le costara hablar-, mi madre necesitaba… No se las arreglaba sola, tuve que… Terminé la secundaria después, antes de… antes de casarme con Yedidyah, y antes de irnos a Perú. ¿Por qué no me buscaste?

– Creía que tenías novio, que no te interesaba -volvió a decir, porque sintió que ese era realmente el tema del que ella quería hablar y que, si accedía a esa conversación, también comprendería otras cosas.

Ada agarró el edredón y él le tocó el brazo para tranquilizarla, pero ella volvió a decir con rabia:

– ¿Quién te dijo eso? ¿Diste crédito a simples rumores? Yo no te dije nada de él, y a lo mejor le habría dejado por ti si me hubieses buscado. Es muy sencillo, tú no me amabas y no querías tomarte ninguna molestia.

Michael sonrió. Esa conversación, con sus vueltas y repeticiones, le resultaba divertida, aunque en el fondo fuera muy seria.

– ¿Y tú? -la desafió-, si tanto me querías, ¿por qué no me buscaste?

Con la tiranía de una niña que le recuerda las reglas del juego a alguien que las ha olvidado, Ada dijo:

– Eso no funciona así, yo soy la chica, ¿no? El chico tiene que recorrer el mundo entero para encontrar a la chica, ¿no?

Entonces Michael le contestó con total seriedad, como alguien que ha sido llamado al orden:

– No lo comprendo, no comprendo cómo una mujer independiente, una mujer que ha cuidado durante años de un marido enfermo y de todas las cosas de la casa, una mujer que ha criado casi sola a dos hijos maravillosos, que se ha realizado desde el punto de vista profesional, cómo… -suspiró.

Ella le puso la mano en la mejilla.

– ¿Te resulta difícil? -se rió.

– Me pregunto -reflexionó en voz alta- si es consecuencia de la educación familiar, o de las películas de Hollywood, con todos esos Humphrey Bogart. Les lanzan a mujeres con tacones de aguja y medias con costura detrás una miradita, antes de tirar el sombrero y abalanzarse sobre ellas. Para verlas en combinación de seda.

– Satén -corrigió.