Primero se rió -y esa risa, que resonó en la habitación cálida, profunda y llena de alegría, habría disipado de golpe sus dudas si hubiera comprendido lo que él había dicho- y después reflexionó un momento y dijo:
– Sí, de hecho puede que sea cierto, incluso con todas tus historias de mujeres, recuerdo cómo te casaste. Ella quería, y tú te casaste.
– ¿Cómo lo sabes? -se sorprendió.
– Me lo contaron, hubo gente que me lo contó -dijo Ada, y se mordió el labio inferior, un gesto que aumentó esa expresión infantil que en la cara de otra mujer de su edad podía resultar ridícula, pero que a esa cara pequeña, a esa nariz respingona y hasta a ese surco entre las cejas, le iba bien-. Tenía interés. Y, además, lo deduje de lo que me contaste ayer. A veces también comprendo lo que no se me dice explícitamente.
En lugar de preguntar quién se lo había contado, la acercó hacia él.
– Entonces, ¿quieres que ahora te compense por todo el tiempo durante el cual, según parece, tú estuviste interesada en mí y yo no estuve interesado en ti?
– También. Pero ahora lo que quiero es que me expliques cómo ha sido… cómo ha sido tan… cómo ha sido tan…
– ¿Bueno?
– También, sí, bueno, pero eso lo entiendo, creo, pero cómo ha sido tan… tan auténtico, esa es la palabra: auténtico.
– Lealtad -dijo sin pensar, y él mismo se sorprendió de la palabra que se le había escapado sin sopesarla-. Y no me pidas que lo explique -añadió-, porque no tengo explicación, tan sólo la siento, de ti hacia mí y de mí hacia ti.
– Lealtad -se ofendió-, en este caso qué es, ¿amistad? ¿Relación laboral? ¿Y qué hay de la pasión? ¿Qué hay de…? ¿Qué hay del amor?
– Es lo mismo -dijo Michael muy deprisa-, para mí, al menos, pero también para ti -esperaba que comprendiera a qué se estaba refiriendo. Esperaba poder explicar en pocas palabras que cada uno había tenido experiencias y se había quemado, y que los dos estaban en un momento en el que ya no había necesidad de juegos amorosos y amatorios y, precisamente porque se habían conocido de jóvenes y se habían tocado el uno al otro antes incluso de conocer de verdad la esencia de la vida y el camino tortuoso por el que cada uno iría, precisamente por eso podía haber entre ellos una intimidad así, una intimidad que no era posible entre extraños.
– ¿Cómo que lo mismo? -preguntó Ada, en un tono donde se mezclaban el asombro y el reproche-, ¿lealtad y amor son lo mismo? ¡Qué dices!, ¡son dos cosas completamente opuestas! Cuando dos personas se enamoran hay… Es algo, es la guerra, no hay ninguna lealtad. Cuando te enamoras tienes miedo todo el rato, y yo ahora, yo no… no tengo miedo, de cualquier modo no de eso, sé que no me harás nada malo y que no habrá juegos, ¿entonces eso es estar enamorado?
– No lo sé, si tú llamas estar enamorado a lo que ocurre entre el hombre ese del sombrero negro y la mujer esa de la combinación negra, puede que sea una contradicción, porque ellos… ellos lo que buscan es otra cosa…
– ¿Sí? -preguntó en un tono agresivo, casi amenazante-, explícame qué es lo que buscan.
– ¿Ellos? -dijo Michael con desprecio y, con total sinceridad y sin dudarlo, le reveló algunos de los pensamientos que se habían ido formando en su cabeza a lo largo de los años en los que había conocido a las mujeres-: Ellos buscan emociones del tipo… emociones en tecnicolor, no tienen ningún interés el uno por el otro, están enamorados de la aventura, de lo que les pasa, de su reflejo el uno en el otro. No tienen ningún interés salvo en la emoción, en la guerra, en vencer, en meterse al otro en el bote.
– ¿Mientras que nosotros…? -se tumbó de lado y sus ojos oscuros se abrieron de par en par en actitud expectante.
– Mientras que nosotros… -por un instante le costó hablar. Y si entendía mal lo que iba a decirle, tal vez ella no fuera quien él pensaba que era, quien quería que fuera- nos vemos el uno al otro de verdad. Nosotros hemos encontrado, tú y también yo, algo diferente, en la parte más bonita que tenemos, algo que aún no se ha echado a perder. Yo en ti y tú en mí.
Aunque hizo que se disgustase, se sintió aliviado al oírle decir medio ofendida:
– Aún ni siquiera te he dicho… aún no te he dicho que yo… No estamos hablando de amor en absoluto, tú no quieres saber… No me preguntas si yo…
– ¿Qué hay que preguntar? -la pequeña cara de Ada, apoyada en su pecho, subía y bajaba al ritmo de su respiración-. Te he visto y te he oído. Obsérvanos, ¿hay algo que preguntar? Yo sé que me quieres, sencillamente lo sé. Y tú también lo sabes.
– Yo… yo no, yo no sé nada si no me lo dicen -Ada se rebeló y apartó la cara de sus manos.
– Sí que lo sabes, pues claro que sí -le dijo y, sin sorprenderse ya de su propia seguridad, añadió a modo de aclaración-: lo que pasa es que no quieres renunciar al decorado, al piano de Casablanca y a la combinación, pero eso son tonterías.
Se tapó la cara con el brazo de él y susurró:
– Si son tonterías, ¿por qué no me lo concedes y terminamos de una vez?
– De ninguna manera. No soporto esas cosas.
– ¡No las soportas! -se asombró-. Pero durante todos estos años, sé de todo tipo de… Y seguro que hubo… flores y velas y combinaciones y todo…, y que tuviste aventuras con mujeres casadas, hubo hoteles y de todo, ¿no?
– Hubo todo eso -dijo Michael, tragando saliva con gran esfuerzo. Aquello no tendría sentido si no le decía la pura verdad-: pero me gusta así, como ahora, con fraternidad. Es lo que realmente siempre he querido.
– Y eso es posible gracias a la… ¿lealtad? -preguntó en tono dubitativo.
– Lealtad y comprensión y compañerismo y… De acuerdo, amor, ¿es lo que querías oír?
– ¿Y dónde ha estado todo eso durante estos treinta años?
– Ohoo, ¿otra vez vuelta a empezar? -movió los ojos en señal de protesta-, ¿es que aquí no se puede dormir?
– Normalmente a las seis de la mañana ya no se duerme -le provocó-, pero te daré esa satisfacción si…
En el pequeño sillón en la esquina de la habitación, donde había dejado la ropa, sonó un pitido agudo que la ropa no amortiguó.
– ¿Qué es eso? -preguntó Ada, y se sentó.
– ¿Eso? Es el beeper, esto es lo que hay.
– ¿Te llaman? ¿Antes de las seis de la mañana?, ¿un día de fiesta?
– El mundo reclama ahora su libra de carne: estoy en medio de un caso -dijo, mientras cogía los vaqueros azules y miraba el busca-. Tengo que llamar por teléfono.
– ¿Urgente? -dijo Balilty-. Claro que es urgente. Crees que te habría molestado si no fuera… Resumiendo, dos cosas: primero, hay un nuevo móvil, pero eso puede esperar, y segundo, la niña ha desaparecido.
– ¿Qué niña? -preguntó Michael. Tenía el auricular presionado entre el hombro y la oreja mientras cogía la camisa blanca de la alfombra, junto a las patas del sillón, y le daba la vuelta a las mangas.
– Estaba dando una vuelta por aquí, repasando las cosas, después de hacer pedazos a ese Abital -continuó Balilty sin interrupción, como si no hubiese oído la pregunta-, y hace media hora entro en la comisaría y ¿a quién veo junto al policía de guardia? A tu niño.
– ¿A quién? -preguntó Michael atónito-. ¿A Yuval? ¿En la comisaría?
– No, pero qué dices, Yuval no, estoy hablando de tu agricultor, el brillante sargento Yair, estaba junto al policía de guardia hablando de las rosas. A las cuatro y media de la madrugada estaban hablando de las rosas y de la enfermedad de los geranios. ¿Sabías que ahora hay una fuerte plaga de…? ¿Cómo se llama eso, niño? -Balilty se calló un instante, por el auricular se oyó una voz grave al fondo y, después, dijo el jefe de la unidad de información-: Eso es, un virus que ataca el color de los geranios, ¿lo sabías? Yo tampoco lo sabía, resumiendo, estaban hablando de los virus de los geranios y yo me detuve a escuchar, porque mi Mati tiene un montón de macetas con geranios y pensé que a lo mejor aprendía algo y… Da igual; resumiendo, ¿y quién entró? La madre de la niña con el hermano mayor y su novio, novio novio, van en serio, son pareja; y el novio, se llama Peter Obarian, es australiano, se presentó y…