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– Danny -dijo Michael en tono de advertencia-, ¿cuándo vas a ir al grano?

– Te lo estoy contando, ¿no? -protestó Balilty-. Te pasas la vida gritando que los detalles son importantes y ahora, de pronto, tú… Da igual. ¿Qué, te lo has pasado bien?

Michael carraspeó.

– Bueno, vale, ya veo que no estás solo; de cualquier modo, ese tal Peter nos ha dicho que la niña ha desaparecido.

– ¿Qué niña?

– Pues la niña. Eli Bahar dice que hablaste con ella en la acera, junto al coche, que le diste tu número de teléfono. La niña que ayer… ¿fue ayer?

– Sí, ya me acuerdo. ¿Dónde está?

– Es lo que te estoy diciendo: ha desaparecido. Y como estábamos, por casualidad, junto al policía de guardia y ellos han venido a notificarlo de inmediato, he comprendido que podía estar relacionado, y no sólo yo he entendido eso, también nuestro Buda ha entendido lo mismo, hasta se lo ha dicho al policía de guardia, de forma algo flemática, pero lo ha dicho, aunque Drury me venga con que no hay relación alguna.

– ¿Drury está ahí? -Michael puso voz de asombro, pues le sorprendió que el comandante de región estuviera por la noche en el Migrás Harusim-, ¿ahora? ¿A las seis de la mañana? ¿Un día de fiesta?

– Es por la situación. Yo tampoco me lo creía al principio, le he visto salir de su despacho, ¡a las cuatro de la madrugada! ¡Un día de fiesta! ¡Imagínate! Le he dicho: «Drury, qué pasa, eres nuestro comandante de región y no descansas ni de día ni de noche», y me ha dicho: «¿No lo has oído? Ha habido disturbios en Bet Tzafafa, los judíos han arrojado cócteles Molotov contra los árabes». Y también me ha preguntado dónde estabas, así, sin tomar aliento, «¿dónde está el superintendente Ohayon en días así? Quiero que el jefe de la unidad de investigación esté día y noche aquí cuando hay disturbios». No te preocupes -añadió Balilty en tono altanero-, te hemos cubierto las espaldas. Dime, ¿es que no has oído las noticias? No te molestes, no oirás nada en la radio, en la radio no hablan de esas cosas; de todos modos al final ha dicho…

– ¿Y la niña? -preguntó Michael.

– Drury ha dicho que ha podido ser por la situación de inseguridad; él en persona, imagínate, se ha parado y le ha preguntado a esa madre que no paraba de llorar si la niña tenía amigos en Bet Tzafafa, y ella le ha espetado directamente: ¿cómo que amigos árabes su hija?, ¿qué iba a hacer ella con los árabes? -Balilty bajó la voz y, en un tono dramático, advirtió-: Sí que hay alguna relación con los árabes, pero no quiero hablar de esto por teléfono -y con su voz normal añadió-: Baqah, le ha contestado Drury, está cerca de Bet Tzafafa.

– ¿Cuándo ha desaparecido? -preguntó Michael.

– Habla con Eli, él te pondrá al tanto de todos los detalles.

– ¿Dónde está? -oyó preguntar a Eli Bahar cuando Balilty le pasó el teléfono.

– Toma, habla con él -contestó Balilty, y otras voces se oían al fondo.

– ¿Dónde estás? -preguntó Eli y, como Michael no contestaba, le dijo-: Bueno, no importa, ¿te acuerdas de Peter Obarian, ese australiano que te presenté ayer, delante de la casa de los Bashari?, ¿y de que había una niña con él? Es la hermana pequeña de su amigo, se llama Nesia.

– ¿Qué amigo?

– Pero bueno, ya te lo conté a su debido tiempo y dijiste que te acordabas. El electricista, Yigal Hion, y ella es la niña que estaba en la calle, a la que preguntaste por Zahara…

– Sí, sí, ¿y?

– Pues hace un cuarto de hora se han plantado aquí, sin llamar siquiera. Yair y Balilty me han avisado, pensábamos no molestarte si no era estrictamente necesario. Su madre ha venido con ese tal Peter Obarian y su amigo Yigal y han informado de que la niña no está. Ni siquiera ha dormido en su cama. Ha desaparecido. Yair está convencido de que tiene alguna relación con el caso, aunque -su voz se hizo inaudible- Balilty te diga que ha sido idea suya, ha sido idea de Yair. Al instante lo ha dicho. ¿Cómo iba a irse a pasear con el perro y no volver, así sin más? ¿Desde ayer por la noche? He visto que has dejado aquí el coche, ¿quieres que…?

– No, no, ya voy -murmuró Michael y miró en tono interrogativo a Ada, que ya estaba de pie junto a la cama, abrochándose rápidamente el cinturón de la bata azul. Él colgó el teléfono.

– ¿Qué niña? -preguntó Ada-. ¿Le ha pasado algo a una niña? ¿Tiene que ver con…?

– Una niña de diez años y medio de la casa de enfrente ha desaparecido -dijo Michael y se fue hacia el cuarto de baño. Ada le siguió y sus pies descalzos golpeaban las baldosas.

– ¿Enfrente de qué casa? ¿Enfrente de mi casa? ¿La que he comprado? -preguntó con pánico manifiesto.

– No, enfrente de la casa de la familia Bashari. Desde ayer por la noche. Sacó a pasear a la perra y no ha vuelto -dijo Michael mientras se lavaba la cara. A afeitarse no le daba tiempo, pensó al tocarse la barbilla, y a su derecha vio la cara de ella reflejada también en el espejo.

– Otra más -se retorció los dedos-, primero esa chica, Zahara, y ahora una niña…

– Ha desaparecido. Los niños a veces… A lo mejor ha discutido con su madre…, a lo mejor se ha ido a casa de algún amigo, no conozco los detalles, no estoy seguro de que haya relación entre los casos -pero a sus oídos llegó también el eco vacío de sus palabras, en las que no creía.

– ¿Crees que también estará en ese desván?

– No lo creo. Y ya te lo he dicho, a lo mejor no hay relación alguna.

Ada se sentó en el borde de la bañera. Sus palabras no la tranquilizaron. Por el escote de la bata Michael vio que respiraba con dificultad.

– Tengo que devolver esa casa -dijo-, no tenía que haberla comprado -Michael dejó la toalla y se inclinó hacia ella.

– ¡Qué dices! ¿Qué tiene eso que ver? -preguntó Michael.

– No sé -sus ojos estaban medio cerrados-, la gente no puede evitar lo que les toca, lo que está escrito.

Ya había tenido la oportunidad de observar ese lado suyo al hablar de la mano del destino, y, pese a todo, le asombró encontrar materializadas esas supersticiones en una persona como ella.

– ¿Dónde está escrito? -se apresuró a preguntar.

– No lo tenía que haber hecho -se lamentó Ada, como si no hubiese oído la pregunta-, esa casa no… no era para mí, no me estaba destinada. Llevaba años observando esa casa y sabía que no era para gente como yo. Que era… demasiado bonita, demasiado cómoda, con demasiada personalidad. Demasiado cara. No era para mí. Era demasiado… Y mira, es un hecho.

– ¿Qué es un hecho? -se sentó a su lado en el borde de la bañera y le rodeó los hombros con el brazo. Y al tocar ese hombro tan fino y esa clavícula tan delicada, intentó acallar en su interior la voz que le incitaba a apresurarse.

– Es un hecho que desde que es mía, aún antes de empezar a vivir en ella -dijo, y de su voz se escapó un gemido-, primero el… cadáver y después una niña que… ¿y a santo de qué decidí construir también en el tejado? Romper el suelo y reforzar suelo y paredes y aislarla, sobrepasa el presupuesto que… yo… Sabes que no puedo permitirme esas cosas, toda la vida para una vivienda así a mi edad… Y el tejado…, seguro que no habría tenido que tocar el tejado; todo por ambición. Esa casa es ambición, y el tejado más aún.

– Se puede ver completamente al revés -dijo Michael.

– ¿Cómo? ¿Cómo que al revés?

Vio la cara de Yuval con cuatro años, aterrorizado delante de la jaula de los hámster a los que se encargaba de dar de comer en Shabbat, cuando la guardería estaba cerrada. Oyó su voz dulce turbada por el terror y gritando: «Están muertos, papá, están muertos, me he dormido y… se han muerto. Yo los he matado, la maestra Ora se va a enfadar conmigo. ¿Me va a matar la maestra Ora?». Los ojos de Ada estaban fijos en él como los ojos de Yuval, aterrorizados y esperando una salvación en la que ya no creían.