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– Sabes muy bien -dijo Michael- que Zahara Bashari no ha sido asesinada porque tú hayas comprado una casa. Sabes que si no hubiera sido asesinada en esa casa, habría ocurrido en otro sitio. El que la asesinó no sabía que precisamente tú habías comprado la casa.

– Pero utilizó la entrada que hicimos hacia el tejado -dijo Ada lloriqueando-. Si no hubiera empezado por el tejado…

– ¿Crees de verdad que porque hiciste una entrada hacia el tejado…? ¿Y si tenía ya otra entrada exterior? Y además da igual, ¿crees que por eso asesinaron a Zahara Bashari?

– Ya no sé qué pensar -dijo con una voz ahogada, conteniendo el llanto.

– ¿Crees -dijo pensativo- que has revivido el mito de los desvanes? ¿Que, como en una novela gótica, hay alguna apertura detrás de la cual aparece el mal? ¿Que se oculta en los desvanes? ¿Eso crees?

– Sólo sé que no tenía que haber ido tan… tan lejos con…

– ¿Con qué? ¿Con el deseo de tener una casa que te gustara? ¿Qué es esa casa? Cualquiera diría que has comprado un palacio, es bonita pero tampoco hay que exagerar… Ni siquiera es una casa, es un piso dentro de una casa… Y además, si hablamos en serio… ¿Podemos hablar en serio?

Ella asintió y se sonó la nariz.

– Mira, yo no digo que el mito del desván sea un cuento. La gente cree… No es que crea, tiene miedo de que detrás de las cosas (debajo de la tierra, en el sótano, en los refugios, detrás de las paredes, en lugares imperceptibles) se oculte el caos, y de que si se abre el sótano o el refugio o, lo peor de todo, el desván, aparezca un cadáver. ¿Hasta aquí lo has entendido?

– Pero no me consuela. Es un hecho, abrí el desván y apareció un cadáver, ¿no?

– Vale -dijo Michael-, ya ha aparecido. ¿Entiendes? Ya no hay de qué tener miedo, el cadáver ya ha sido encontrado y allí no hay ninguno más. Y sótano no tienes. Ya no hay ningún demonio oculto, ¿es verdad o no?

Ella no dijo nada y sonrió ligeramente.

– Está muy bien que me tranquilices así, pero eso no es exactamente lo que…

– Pues hagámoslo más sencillo, hasta simple -dijo Michael con paciencia-, desde otro ángulo: si no hubieras empezado por el tejado, la habría asesinado abajo, o en otra casa. Y además, si no hubieras comprado la casa y tocado el tejado, y si no hubieras ido a revisarla antes de la reforma, no habríamos encontrado a Zallara Bashari. Y si no la hubieras encontrado allí, tú y yo no nos habríamos vuelto a ver después de todos estos años y…

– ¡¿Lo ves?! -gritó-, ¡todo es casual! No hay aquí nada pensado de antemano, todo este encuentro es casual.

– Al contrario -contestó Michael, y en vez de recordarle sus palabras sobre la mano del destino que había hecho que se encontrasen, dijo-: Todo es exactamente lo contrario a casual. Esa casa era para ti, porque te gustaba muchísimo. También se adaptará a ti y disfrutarás mucho de ella. Las personas deben vivir en un lugar que les guste, que sea su hogar, en el sentido profundo de la palabra. Compraste la casa porque decidiste hacer algo que querías, y a quien se atreve a hacer lo que quiere de verdad se le abre también una puerta a otras cosas que quería antes, a todo tipo de cosas a las que creía haber renunciado.

– Se me había olvidado -inclinó la cabeza-, tú no crees en la casualidad, cuando tenías diecisiete años ya no creías en ella, tendrías que haber… -le miró y se calló.

– ¿Qué tendría que haber hecho? -como ella se había calmado y había dicho esas cosas con relativa tranquilidad, sentía curiosidad por saber a qué se refería.

– Continuar el doctorado en historia -dijo Ada-, ser historiador. Alguien que no cree en la casualidad es exactamente… ¿Qué diablos haces trabajando en la policía? Cómo se puede vivir así, todo el rato con toda esa sangre y esas cosas tan espantosas; bueno, seguro que uno se acostumbra.

– No, uno no se acostumbra -dijo Michael-, ¿quién ha dicho que uno se acostumbra? Al contrario, te vuelves cada vez más vulnerable. Tú misma me dijiste que la vida se vuelve cada vez más compleja. ¿No me dijiste que no nos hacemos inmunes a todas las maldades que vemos a nuestro alrededor?

– ¿Yo? ¿Cuándo he dicho eso? -dudó.

– Anteayer por la noche, en el café de enfrente de correos, antes de despedirnos.

– ¿Cómo es que te acuerdas? -se sorprendió.

– Estaba allí. Cuando estoy de verdad en un sitio no olvido nada. También tú te acordarías si no hubieras estado tan hundida a causa…, bueno, a causa del cadáver y de Balilty, el capataz y todo eso. Pero precisamente el hecho de recordar es lo que lo hace todo más angustioso. En un trabajo así nos enfrentamos día tras día a la necedad, a la maldad y a todas las perversidades del género humano. Sobre todo si tienes memoria. Uno se encuentra todo el rato ante la duda de qué es lo que más abunda, la necedad o la perversidad.

– ¿Entonces por qué no lo dejas? -le volvió a preguntar, pero él no estaba preparado para responder en esos momentos a esa pregunta.

– ¿Y cómo te habría encontrado? -entonces también él se rió-. Si lo hubiera dejado hace una semana, no nos habríamos encontrado así.

– ¿Quieres decir que esa casa que he comprado, con la que he estado soñando toda mi vida y también esta… -su brazo les rodeó a los dos- esta historia nuestra…? Como si los dos… camináramos sobre cadáveres. Como si, perdona el dramatismo, como si… estuviéramos manchados de sangre.

– Dime una cosa -se irritó-, ¿tú has asesinado a alguien para conseguir esa casa? ¿Yo he asesinado a alguien para llegar a ti?

– Tú… No hagas como que no entiendes. Es muy sensato ser racional ante las supersticiones.

– Tú lo has dicho -se levantó del borde de la bañera, miró el reloj y se acercó a la puerta.

– ¿Qué he dicho? -preguntó en voz baja, levantándose también.

– Supersticiones, tú lo has dicho -y le recordó que tenía prisa.

– Te llevo -se apresuró a decir-, y así tendremos unos minutos más para estar juntos -se acercó a él-. Ahora me dirás algo como «¡Mujeres!», ¿o no? No hace falta. Sí, ¿qué pasa? ¿Crees que no sé que son supersticiones?

El trayecto, que en una mañana normal se tardaba en recorrer una media hora o más, les llevó sólo diez minutos. Iban en silencio. Como era fiesta y muy temprano las calles estaban vacías y silenciosas, pero el ambiente festivo se vio perturbado. Apartó la mano de ella para subir el volumen de la radio, que estaba dando las noticias sobre los disparos de la noche anterior -«disturbios» los llamaron- y sobre los lugares donde había habido muertos. Desde el pogrom (a pesar de Balilty, que le llamaba traidor, se empeñaba en llamar así a la noche de Yom Kippur en la que, en la parte baja de Nazaret, árabes israelíes murieron por los ataques de una muchedumbre de judíos) escuchaba cada vez con más miedo las noticias, pero, incluso cuando debía prepararse para el trabajo, se negaba a no prestarles atención.

Se sentía casi flotando, como si durante la noche se hubiese desprendido de la piel, y no sólo por el acto amoroso, un acto que le permitió detenerse en sí mismo y gozar de Ada, cuyo cuerpo joven no conocía, pero sintió que lo había conocido durante todos esos años, y que cada contacto le producía el placer de la sorpresa y al mismo tiempo la dicha causada por la confirmación de lo que aparentemente ya sabía. Apagó la radio y miró su perfil, los labios temblorosos y las delicadas líneas de las comisuras, el tenue vello sobre el labio superior y la nariz respingona, y le embargó la alegría. Ese rostro con expresión grave y contenida le conmovió. En ese momento debía hacer salir de su interior una naturaleza diferente para poder volver al Equipo especial de investigación y a la niña gordita del chándal azul y a la perra que había desaparecido con ella, al parecer una caniche; la niña se llamaba Nesia y Michael ya había presentido que sabía más de lo que decía, y al parecer estaba en lo cierto. Eso la había perjudicado, y él no había tomado a tiempo las medidas oportunas. Si sospechaba que sabía algo, ¿por qué no se preocupó de protegerla? ¿Por qué no envió allí a un policía, o la trasladó a otra parte? Es cierto, no se podía proteger a todo aquel que sabía algo, pero, si de verdad había desaparecido la niña por eso, estaba claro que se trataba de alguien del entorno más cercano, del barrio o incluso de la calle, alguien de dentro; pero qué era ese «de dentro», eso ya no lo sabía. Y, entre la imagen de la niña y la imagen del rostro destrozado de Zahara, estaban Ada y el olor a miel de su piel morena y sus ojos marrones entornados como con recelo, y los pechos tersos y pesados, tan distintos de los pechos incipientes de aquellos días, y tan sorprendentes en ese cuerpo juvenil y delgado. Todo eso podía fortalecer a alguien que estaba inmerso en una investigación criminal pero, a pesar de todo, al girar junto a la plaza de Francia, le asaltó el temor de que le costara despedirse, de que tal vez la total liberación que se había permitido, que no era habitual en una primera noche con una mujer ni en otras muchas noches posteriores, comportara también el abandono de todas sus obligaciones profesionales.