Ada retiró la mano de la palanca de cambios y la puso sobre la de Michael. Por la ventanilla abierta respiró el aire frío y puro -el cielo ya se había aclarado y su color azul anunciaba un día lleno de sol, resplandeciente y diáfano- y miró las murallas de la Ciudad Vieja, que aparecieron de pronto, por un instante, por detrás del parque de la Independencia, cuando el edificio del Sheraton Palace dejó de taparlas, azuladas y majestuosas, y pensó en la ciudad y en las ofensas que se le causaban, ofensas que el sol iluminaba y cubría de sombras: alerones superfluos asomando sobre las aceras, botellas de cerveza vacías, latas aplastadas, colillas de cigarros, periódicos viejos, montones de basura a la entrada de los restaurantes a lo largo de la calle Rey Jorge y de la calle Yafo. Dos filipinos estaban tumbados en las escaleras del banco de la plaza Tzion.
– ¡Qué asco! -murmuró Ada cuando detuvo el coche delante del semáforo.
– ¿El qué? ¿Esos filipinos?
– No, ¿qué filipinos? Esos sólo son unos pobrecillos, no tienen a dónde ir en el medio día libre que les dan. Qué asco de ciudad, con tanta suciedad, eso es lo que me repugna. Ahora todo sale a la calle, y no sólo la basura. Quien se quede aquí, y encima compre una casa, está loco.
– Puedes dejarme aquí -señaló el puesto de lotería que está en la esquina de la calle Reina Helena-. Puedo subir andando, y así puedes seguir recto y volver a la cama.
– Te dejaré donde yo quiera, si es que quiero -murmuró Ada y giró hacia la calle-. Y no voy a volver a ninguna cama. Yo también me voy a trabajar, por solidaridad, y tú me vas a llamar y a decirme qué ha pasado exactamente con la niña. Mira qué cúpula -señaló hacia la iglesia rusa cuyas torres brillaban con el sol-; no se puede mirar a la calle, si se quiere algo de belleza hay que mirar hacia arriba, hacia el cielo.
– Y por eso -dijo cuando el coche se detuvo en el Migrás Harusim, a cierta distancia de la entrada principal- es mejor construir también en el tejado. Porque así se puede mirar hacia arriba.
– Lo único es que allí había un cadáver -le recordó Ada, mientras él se disponía a abrir la puerta del coche.
– Y como lo encontramos -dijo Michael con paciencia- hemos recibido un premio. Yo lo he recibido, de cualquier forma. Y tú también, creo.
– Es decir -le dijo mientras sacaba las piernas del coche-, ¿que vivimos de su cadáver?
– O al revés -le contestó, ya había rodeado el coche y estaba junto a la ventanilla abierta de Ada, acariciándole el brazo-, a pesar de su cadáver. Y a pesar de que también nosotros seremos eso al final. A pesar de los muertos.
Capítulo 9
Las señales de los disturbios se apreciaban ya en la intersección cutre Emek Refaim y la carretera de Belén. Dos coches patrulla bloqueaban el cruce y dos policías paraban a todos los coches que pasaban. Eran sólo las ocho de la mañana de un día de fiesta y ya había una fila de coches delante del control. Uno de los policías le indicó al coche de Michael que parara. Balilty, que aún estaba enfrascado en informar sobre el interrogatorio de la periodista de la noche anterior y sobre lo difícil que le resultó encontrar a Moshé Abital, sacó la cabeza por la ventanilla con la intención de increparle, pero el policía se acercó al coche y en tono nervioso le dijo a Michaeclass="underline"
– Les están esperando, señor, en la calle Yiftaj -y con un saludo formal se dirigió también a Balilty y le dijo-: El sargento Ben Yair me ha pedido que le diga que usted tenía razón. Han encontrado algo en esa casa, como usted pensaba.
– ¿A la niña? ¿Han encontrado a la niña? ¿Qué han encontrado? -preguntó Balilty.
– No, a la niña no -repuso el policía-, pero han encontrado a alguien allí; a un árabe, por lo que he entendido. No conozco los detalles, sólo me han dicho que les diga a ustedes que les esperan allí.
Para no volcar su enfado sobre Balilty, Michael mantuvo la boca cerrada. Sólo cuando el policía se hubo alejado, le dijo Balilty preocupado:
– No he tenido tiempo de contártelo, pero allí, detrás de la carretera de Belén, en la calle Mordekay Hayehudí, hay una casa abandonada; en su día fue la sede del partido Laborista, ¿la conoces?
Michael esperó a que continuara.
– Bueno, pues ayer por la noche, en medio del interrogatorio de Orly Shoshan, de repente tuve un presentimiento… como un martillazo, ¿me comprendes? -y sin esperar la respuesta continuó hablando y facilitándole así las cosas a Michael, que aún no había decidido cómo comportarse con el jefe de la unidad de información, que estaba actuando como si el caso fuera suyo-. Fue como una visión, igual que un sueño, vi a esa niña acurrucada allí. Algo así no me había pasado nunca, yo no soy uno de esos Uri Geller, ¿me comprendes?
– Claro que te comprendo -contestó Michael con frialdad-, tuviste una visión. ¿Voces no oíste?
Balilty no apreció el sarcasmo.
– Envié allí a dos personas, no había nada que perder, just to be on the safe side. ¿Has oído lo que ha dicho? -continuó Balilty.
Michael se detuvo en la carretera de Belén, antes de la curva hacia la calle Yiftaj. Tiró del freno de mano y en vez de apagar el motor lo dejó en marcha un buen rato más, hasta que Balilty perdió la paciencia.
– Bueno, había demasiadas cosas de las que ponerte al corriente -dijo Balilty-, sencillamente no tuve tiempo de decírtelo. ¿Qué pasa?, ¿estás enfadado?
– No es esa la cuestión -contestó Michael muy serio-, nosotros organizamos la búsqueda de forma sistemática y tú de repente haces algo arbitrario por tu cuenta, y encima a espaldas de Eli Bahar y de Yair, que son los responsables de las búsquedas. Sabes que Eli es muy sensible a estas cosas, y no creo tener que explicarte que la división de poderes es perjudicial para el trabajo. No era a mí a quien tenías que haber puesto al corriente, sino a Eli Bahar y a Yair, antes de enviar allí a nadie. Y dejar eso en sus manos, para que evaluasen la situación y también para que no enviasen más personas a esa casa.
– Está bien, lo siento -dijo Balilty con una humildad poco habitual en él-, había tanto follón que tomé la decisión sin ninguna consideración previa, sencillamente tuve un extraño presentimiento con respecto a esa casa. Lleva años ahí, medio en ruinas, y pensé… Bueno, tuve un presentimiento.
– Yo no desprecio tus presentimientos -dijo Michael con frialdad-, pero tú desprecias los sentimientos de los demás, y eso enturbia el ambiente.