– ¿Y los nuestros? ¿Qué aspecto tienen los nuestros? -preguntó Michael, apartando la mirada de la calle y dirigiéndola al patio. Ester Hion aún estaba allí sentada en el taburete de mimbre, mirando fijamente al frente con una mirada ciega y rodeada por un círculo de vecinas. La voz chillona de la mujer del segundo traspasó la tapia:
– ¿No te acuerdas de aquel árabe de Baqah? A tres asesinó allí. ¿Cómo, no te acuerdas de la cantidad de sangre que se formó? Con un cuchillo los degolló, uno tras otro, sin piedad, aún están allí las lápidas, en la calle Yair, en el treinta; esperemos que no aparezca así la niña.
– Basta Janina, no digas eso -le pidió otra mujer-, no vayas a echarle mal de ojo. Con ayuda de Dios encontrarán a Nesia y todo acabará bien, la policía la encontrará.
– Qué día tan bonito, hace un día de picnic -refunfuñó Balilty, y Michael, por el rabillo del ojo, observó la autoridad con que Yair trataba a los policías. Los dividió por grupos, después le echó un vistazo al plano que le había hecho Eli Bahar y los siguió con la mirada mientras entraban en los patios de las casas. Al final de la calle, el perro de rastreo tiraba del adiestrador de la policía, un hombre fuerte con una camisa de cuadros de franela y zapatillas de deporte, y por la cuesta Eli Bahar conducía a un grupo de cinco policías hacia la calle Yael.
– No comprendo cómo le dejas a ese crío, que casi ni conoce la ciudad, estar al frente de los grupos de búsqueda -refunfuñó Balilty-, y más aún habiendo tanta carencia de personal. Van a pasar horas hasta que consigamos reclutar más voluntarios de Hatzofim, y en ese tiempo esa niña puede estar ya enterrada en Bet Tzafafa, por qué demonios lo has puesto al…
– Te necesito aquí -contestó Michael-, a ti te necesito aquí, y de él puedo prescindir por ahora -como era de esperar, el tono de voz de Balilty cambió al instante y las quejas dejaron paso al relato de su conversación con el comandante de región.
– ¿No te he contado lo de Drury? -dijo Balilty-, ¿lo que me dijo Drury? «No comprendo por qué el jefe del Equipo especial de investigación se está ocupando ahora de un caso de asesinato, cuando yo tengo todos esos disturbios en el cruce Tzomet Pat», me dice Drury. «Señor», le digo, «quien empieza una buena acción debe terminarla». Entonces me dice: «Puedes trasmitirle a Ohayon que no estoy satisfecho. Dile de mi parte», me dice, «que ahora necesito que el jefe del Equipo especial de investigación de la zona de Jerusalén se ocupe de la situación general, y no de un único caso de asesinato»; y entonces me pregunta si estamos informados de lo que pasa en el cruce Tzomet Pat y de que los judíos han ido a Bet Tzafafa con cócteles Molotov y piedras y han roto ventanas y han detenido coches ocupados por árabes y los han sacado a rastras y todo eso. «Informados, señor», le digo, «claro que estamos informados, pero se trata de una niña, y también su desaparición puede estar relacionada con la situación de inseguridad», le digo, y este caso del que nos estamos ocupando, el del cadáver que apareció en una casa, antes de reformarla, por donde pululaban los árabes, también puede tener relación con la situación. Pues claro», le digo, «claro que van a las casas de los árabes en Bet Tzafafa, si ellos empiezan a disparar contra las casas de los judíos, a violar y a degollar a nuestras mujeres y a estrangular a las niñas, ¿qué vamos a hacer?, ¿mandarlos callar?». Le hablo y le hablo y, al final, ¿qué me da? Cuarenta y siete policías y otros diez estupendos de la unidad de búsqueda y al adiestrador de perros, Moti, que aún no se había despertado y… -Michael escuchaba impaciente mientras observaba al hijo de los Benesh, que estaba junto a la tapia que separaba la casa de sus padres de la de los Bashari con una camiseta blanca y unos pantalones cortos. Estaba mirando hacia la calle y contemplándose los músculos de los brazos, y parecía indiferente a todo lo que ocurría a su alrededor hasta que de repente se estremeció, como si tuviera miedo de la mirada que le dirigía Michael desde el otro lado de la carretera. Se rodeó el cuerpo con los brazos y se apresuró a entrar en su casa, que tenía las persianas bajadas.
– Propongo que nos separemos ahora -dijo Michael sin apartar los ojos de la casa-. Querías hablar con Rosenstein del piso, pues habla con él. Y yo iré a ver a los Bashari por el asunto ese del que habló Orly Shoshan.
– ¿No me necesitas allí? ¿En casa de los Bashari? -preguntó Balilty en tono de desconfianza.
– Podrías ayudarme -dijo Michael, sopesando las palabras con cuidado y evitando todo aquello que pudiera ofenderle o hacer que insistiera-, pero ya has empezado con el abogado y tampoco tenemos personal suficiente para ir en parejas. ¿Crees -preguntó con picardía- que no te las arreglarás solo con Rosenstein? ¿Temes tal vez que un abogado consolidado y experimentado no colabore contigo?
– ¿Yo? -se rió Balilty- ¿Quién? Ese Rosenstein sólo es un abogado, y encima está apurado, y créeme, tiene motivos.
– Entonces, ¿no me necesitas? -preguntó Michael.
– No, para nada -dijo Balilty-, me voy a Talbia, a su casa, ya llamé antes de salir para decírselo. Tengo el móvil si necesitas algo. Dejas el beeper encendido, ¿no? -Michael no hizo caso del tono de aviso que encerraba la pregunta y le dio una palmada al bolsillo de los vaqueros como respuesta-. También por la niña, pues estamos en medio del caso, no puedes apagarlo. Y además -añadió sonriendo-, a lo mejor la señora te busca.
– Siéntese, siéntese -le dijo Netaniel Bashari desde el sofá en el que estaba sentado junto a su padre-. Puede sentarse en el sillón, o en esa silla alta de ahí, tampoco nosotros tenemos obligación de sentarnos en el suelo, pues la fiesta anula los preceptos del duelo.
Michael se sentó en la única silla de madera y tocó con cuidado la pequeña grabadora que ocultaba en el bolsillo del abrigo. Dobló el abrigo, se lo puso en las piernas y después miró a Neimá Bashari, que se movía adelante y atrás en la mecedora: sus ojos estaban clavados en el suelo, se mordía el labio inferior y tenía en las manos un vaso de agua por la mitad.
En el sofá, entre los dos hijos, cuyos rostros estaban cubiertos de una incipiente barba negra, estaba Ezra Bashari con un pequeño salterio entre las manos.
– Yo… yo -Michael carraspeó y dirigió la mirada del padre a la madre y de ella a sus hijos- he venido para que me hablen…, cómo decirlo, resumiendo: de la Zahara mayor.
Neimá Bashari se puso tensa, alzó la cabeza y le miró con unos ojos atónitos y suspicaces. Ezra Bashari tosió y se tocó la incipiente barba canosa.
– Me gustaría, si es posible -le dijo Michael a Netaniel Bashari con suavidad pero en un tono autoritario-, quedarme a solas con sus padres, si no tienen inconveniente.
Netaniel Bashari le lanzó a su hermano una mirada interrogativa.
– ¿Por qué quiere quedarse a solas con ellos? -preguntó Betzalel Bashari, y con sus dedos oscuros se arregló el pliegue de la manga de la camisa militar. Aún no se había quitado el uniforme.
– Salid, salid -dijo Neimá Bashari de repente-, es mejor así, marchaos y volved más tarde -y, como no daban muestras de que fueran a irse de la habitación, añadió-: No hablaré de eso delante de vosotros, Betzalel, y tampoco vuestro padre hablará.
– Quiero saber qué tiene que ver eso -dijo Betzalel Bashari cruzándose de brazos. Estiró las piernas y clavó los tacones en el suelo.
– ¿No has oído lo que ha dicho? -intervino el padre-, ¿no has oído que el señor ha dicho que quiere hablar con nosotros a solas? ¿Y también tu madre?
Betzalel Bashari se estremeció y dejó caer los brazos. Se dirigió a su padre y ya iba a decir algo cuando su hermano mayor le miró y, por encima de la cabeza de su padre, le tocó el hombro.
– Déjalo Betzalel -dijo Netaniel Bashari intranquilo-, déjalo ahora, después lo entenderemos, no es urgente. Lo importante es que eso ayude a encontrar al que… No sé cómo puede ayudar eso, pero… -se levantó, le hizo una señal a su hermano y esperó junto a la puerta hasta que Betzalel Bashari apartó la mesa de café rectangular, se levantó, estiró su pequeño cuerpo y sacó el pecho.