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– ¿De qué comunidad es usted? -le preguntó a Michael mientras caminaba hacia la puerta-, ¿no es yemení?

– No -dijo Michael al tiempo que tragaba saliva-, y lo siento -algo que pudo sonar irónico-. No soy yemení, pero llegué aquí a los tres años desde Marruecos -se apresuró a explicar, como si con eso justificara su presencia.

– Bueno, si no es usted ashkenazí, al menos de forma general, básica, podrá entender de qué se trata -murmuró Betzalel Bashari, se acercó hacia la entrada y su hermano le sujetó la puerta al salir-. Al menos no nos han mandado a un ashkenazí presumido -le oyó decir Michael desde el otro lado de la puerta un momento antes de que se cerrara, y también oyó lo que le dijo Netaniel para contenerle:

– Deja eso ahora, Betzalel, hazme ese favor, estás hablando como… -pero el final de la frase se perdió.

Con frases cortas y en voz muy baja le contó Michael al matrimonio lo que le había oído decir a Orly Shoshan, y explicó la necesidad de aclarar del todo el asunto al que se estaba dedicando Zahara antes de su muerte.

– Y sobre todo algo tan significativo como eso -dijo Michael, y se disculpó por verse obligado a añadir dolor a su dolor y forzarles «a abrir una vieja herida».

Neimá Bashari suspiró e hizo una mueca.

– Cómo que vieja -dijo con voz ronca-, para quien pierde un hijo no importa cuántos años hayan pasado, no es una herida que cicatriza, está siempre en carne viva.

– Pero por lo que he entendido, usted no… no habla…, no ha accedido a hablar de eso delante de sus hijos -recordó Michael-, y cuando Zahara quería saber algo, usted se enfadaba con ella.

– Eso no tiene nada que ver -dijo con desdén la madre-, era porque no quería que tuviesen el mismo dolor que nosotros, quería que crecieran libres, sin odio. No puedo entender -suspiró- cómo se metió Zahara en todos esos temas, que no eran para nada asunto suyo. Su vida podía haber sido tan… Mejor que la nuestra… Sólo con que no… -de repente empezó a llorar, y entre gemido y gemido murmuró cosas poco claras sobre el destino y sus avatares, y también mencionó a Job y gritó-: ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que interesarse por eso?

– Tal vez porque hay hijos que no soportan que su familia tenga secretos para ellos -dijo Michael con paciencia-, tal vez porque no tenía acceso a ese asunto, y tal vez porque quería acercarse más a usted.

Neimá Bashari dejó de llorar y le miró.

– No -afirmó Neimá Bashari-, y no entiendo cómo una historia de hace cincuenta años, un asunto privado nuestro, puede tener relación… Y la desaparición de esa niña de la casa de enfrente, ¿también creen que está relacionada?

Michael se encogió de hombros y dijo que aún no se podía saber si había relación entre la muerte de Zahara y la desaparición de Nesia, pero que cuanto más se supiera de las vidas de las víctimas…

– Bueno, ya que me ha explicado por qué -le dijo Neimá Bashari a su marido-, se lo contaré. ¿Quiere oírlo? Pues se lo contaré. Le voy a contar una historia que no creerá… No creerá que aquí hayan podido ocurrir cosas así.

Michael juntó las palmas de las manos y tocó el bolsillo del abrigo, donde, eso esperaba, estaba funcionando la grabadora.

– En el año cuarenta y nueve, en un campo de tránsito junto a Eden, tuve un bebé -dijo Neimá Bashari-, era una niña. Ya se me había muerto un niño antes, y yo no entendía nada. Sólo sabía que tenía una niña viva, y muy guapa, con los ojos azules.

– Tenía los ojos azules -confirmó Ezra Bashari-, todos nuestros hijos nacieron con los ojos azules, no sabíamos que eso podía cambiar después, pues los dos éramos unos críos.

– A ella no le cambió el color, era un azul de esos que no cambian -insistió Neimá Bashari, Michael asintió como ratificándolo, y ella continuó diciendo-: Nos llevaron a un campo de inmigrantes en el kibbutz Ein Shemer, estuvimos allí una semana más o menos. Se llevaban a nuestros hijos a la sección de los recién nacidos, les hacían análisis y todo eso, pero nos los devolvían. Todos los días nos los devolvían para que les diéramos de mamar. Y de pronto, un día no me la devolvieron. No había niña. Había desaparecido -Neimá Bashari tragó saliva con gran esfuerzo y continuó hablando-. Tenía dos meses, le habíamos puesto Zahara, y desapareció. Una mañana me dijeron que se la habían llevado al hospital. Por la noche le había dado de mamar y estaba completamente sana. Una madre sabe si su niña está sana o enferma, y yo le digo que estaba sana. Y por la mañana, se la llevaron a un hospital. Fui, pregunté, no me dijeron nada. Ni a qué hospital ni lo que tenía.

– Después comprendimos que había una epidemia de polio, había mucho miedo, si los niños tenían fiebre temían que… -añadió el marido.

– Ella no tenía fiebre -dijo Neimá Bashari furiosa-, se lo estoy diciendo, no tenía nada; y la polio…, entonces aún no había…, sólo después… Pero ¿yo qué sabía? Me mandaron de un lado a otro, y presentí, enseguida presentí que nunca más volvería a ver a mi hija -apretó los labios y se calló.

Michael esperó.

– Unos días más tarde, un día o dos, no crean que lo he olvidado por los años que han pasado, incluso entonces, si me hubiesen preguntado cuánto tiempo había pasado no lo habría sabido, pues todo el tiempo estuve dando vueltas como una loca, llorando y gritando, y ellos me daban una pastilla y decían: «Se pondrá bien, se pondrá bien»; y yo, ¿qué es lo que yo quería? Ver a mi niña. Una madre no puede soportar que le quiten a su hija así…, y menos los judíos… -secó las lágrimas que le caían de los ojos-. De repente, un día o dos más tarde, me dice Ezra: «Están diciendo nuestros nombres por el altavoz»; había un altavoz en el campo -explicó- desde donde daban todas las noticias: si había llegado alguien, si se requería a alguien en la oficina, esas cosas… Me puse a escuchar el altavoz, Ezra y yo estábamos ahí escuchando, y por el altavoz anunciaron: «Zahara Bashari ha muerto»…

– ¿Por el altavoz? -se sorprendió Michael.

– Es difícil de creer -dijo Ezra Bashari-, pero sí. Ni siquiera nos llamaron para decírnoslo con delicadeza…

– No lo creí -dijo Neimá Bashari en voz baja-, no lo creí. Fui corriendo a verles, les dije que dónde estaba, grité que me la enseñaran muerta, que me enseñaran un cadáver, una tumba, algo. Pero ¿qué fuerza tenía yo? No nos enseñaron ninguna tumba.

– Todos los días preguntábamos. Y nunca nos contestaban. Pero no nos rendimos. Después de cuatro o cinco días -continuó Ezra Bashari, ya que su mujer se había callado- nos llamaron para que fuéramos con urgencia a una pequeña habitación junto a la oficina principal; fuimos los dos.

– Nos dieron un paquete -dijo Neimá Bashari-, un paquete en una pequeña caja, dijeron: «Ahí está vuestra hija, muerta, pero no lo abras. No abras el paquete»; eso dijo la enfermera. Miré la caja, dentro había un paquete hecho con trapos, y la enfermera me dijo: «Ahí está, Neimá, ¿has visto? La niña está muerta, pero no abras el paquete».

– Éramos unos críos, a lo mejor no entendíamos nada -dijo Ezra Bashari-, pero queríamos abrirlo, porque ¿y si era otro niño?

– Pensé: hasta un gato podían haber metido ahí; entonces empecé a abrirlo -dijo su mujer con la voz ahogada y se puso la mano en el pecho-. Nunca he hablado de esto, ni siquiera al rabino le he contado todos los detalles -le dijo a Michael-, es muy duro para mí.

– Es una historia muy dura -afirmó Michael con un hilo de voz. La emoción acalló sus pensamientos.

– Dijeron: «No lo abráis, no lo abráis» -dijo Neimá Bashari en tono inexpresivo-. Yo estaba allí, en esa pequeña habitación, desenrollando un trapo tras otro; tenía que verlo, ¿lo comprende? Ezra esperaba fuera, no nos dejaron estar juntos allí.