– Ella dijo, la enfermera, «Déjala sola con su dolor» -explicó Ezra Bashari-. Todavía hoy oigo su voz sonando en mis oídos, «sola con su dolor», dejarla allí sola…
– No le perdoné -dijo Neimá Bashari-, no le perdoné que les hiciera caso…
Ezra Bashari dejó caer los brazos sin fuerzas y se cubrió la cara con las manos.
– Estaba allí, sola, desenrollando un trapo tras otro -continuó diciendo tras un momento de silencio-, y llegué al último trapo, hasta allí llegué.
Michael esperó a que continuase.
– No había niña. Sólo había trapos.
– ¡¿De verdad?! -preguntó Michael, y no porque tuviera dudas, sino porque esa historia era terrible.
– Sí, de verdad -gritó Neimá Bashari-, claro que de verdad, ¿qué se cree, que me puedo inventar algo así? Sería lógico pensar que al menos habrían puesto a algún otro niño muerto. ¿Qué se creían, que era idiota? Cuando estaba allí, con todos esos trapos en la mano, me dije, bueno, al menos la niña está viva, sólo hay que encontrarla.
– Cuando salió de la habitación -intervino Ezra Bashari- al principio no dijo nada. Después dijo: «Que nos enseñen la tumba». Fui allí y les exigí que nos enseñaran la tumba, para tener un lugar al que ir a recitar el Qaddish, algo. «Hasta Jacob», les dije, «a quien le mostraron la túnica de José, pidió ver la tumba». Dijeron: «Imposible». Neimá dijo: «¿Por qué es imposible?». Le dijeron: «Porque hemos enterrado a cinco niños en una fosa común». Eso fue lo que dijeron, como si una fosa común no se pudiese enseñar.
– No se les podía atrapar. Ni siquiera hoy día sé quiénes eran, estaba el director del campo y la enfermera, ¿pero cómo se llamaban? ¿Cómo íbamos a buscar a la niña? Estábamos encerrados en el campo de inmigrantes, nadie entendía nuestro hebreo, nosotros, ¿qué éramos nosotros? Unos críos. Y mis padres… ya estaban destrozados. Nadie nos podía ayudar.
Hubo un silencio. Sólo el trinar de los mirlos lo rompió. Pero ese trinar, precisamente por su belleza y por la alegría que se desprendía de él, golpeó la habitación y, como para que se desvaneciese, Ezra Bashari continuó diciendo:
– Después nos trasladaron a un campo de Jerusalén, a Talpiot. Tal vez fuéramos los únicos yemeníes allí, llevaron a todos a Rosh Haain, y a nosotros, precisamente a Talpiot. Y después a esta casa, nos la dieron cuando estaba abandonada. En el cuarenta y nueve, a finales de año. Nos trasladaron de repente aquí y nos dieron una casa. Más tarde pensé que lo habían hecho para hacernos callar, para que no fuéramos a quejarnos.
– Durante muchos años no hablamos de esto con nadie -dijo Neimá Bashari-; tuvo que pasar mucho tiempo para que empezáramos a contarlo. Primero se lo dije a mi hermano, y él habló con el rabino Levi, de Benei Barak, y después empecé a ir a Rosh Haain. Nos encontrábamos allí todos a los que nos habían quitado a nuestros hijos, una vez cada dos semanas, a veces una vez al mes, y hablábamos y hablábamos. Y Zahara lo notó. Notó que yo desaparecía sin decir nada y quería saber por qué. Hacía mucho tiempo que ella… Hacía ya mucho tiempo que había empezado a preguntar y… yo me enfadaba con ella porque no quería que ella…, y al final…
– Pero Betzalel empezó también con eso -explicó Ezra Bashari-, tampoco él podía dejarlo. Notó algo y no pudo pasarlo por alto, y nosotros… Yo le reñí… -su voz sonaba llena de dolor y pena-, sobre todo hace un tiempo, cuando nos trajo nuestros carnés de inmigrante y el de la niña… Y cuando vi eso me entró… No quería que…
– ¿El carné de inmigrante de la niña? -preguntó Michael con una voz seca- ¿tenía carné de inmigrante?
– Sí, lo pone ahí -Ezra Bashari sonrió con tristeza-, Zohar, muerta en Ein Shemer, y la fecha: 13 de marzo de 1949. Ni siquiera el nombre lo escribieron bien, Zohar en vez de Zahara. Sólo con eso puede ver el desprecio con que nos trataron.
– Pero no encontró el certificado de defunción -recordó su mujer-, dijo que no había certificado de defunción.
– En vez de un certificado de defunción le sacaron del ordenador un informe que decía que el número de carné de identidad tal y tal -la niña tenía número de identidad- abandonó el país en el sesenta y tres. ¿Entiende eso?
– No, no lo entiendo -dijo Michael.
– Mi hijo Netaniel -explicó Ezra Bashari- investigó y vio que en ese año se hizo un censo, y a quien se iba del país se le borraba del ordenador. Ésa fue la única explicación que encontró, no hay nada más. Fue el año en que se encubrieron todo tipo de cosas, antes de que empezaran a alzarse voces de protesta.
– Pero al final eso no sirve de nada -dijo Neimá Bashari apesadumbrada-, no sirve de nada porque de debajo de la tierra salen todas esas acciones, y si también tiene algo que ver con lo de Zahara… -dio una fuerte palmada y se calló.
– La justicia horadará los montes -murmuró Ezra Bashari.
– ¿Habló de eso con sus hermanos? -preguntó Michael.
– No lo sé -dijo Neimá Bashari-, nosotros no hablamos de eso en casa; sólo esa vez que Betzalel vino con el carné y el papel del ordenador… Y su padre se enfadó tanto con él que mejor no…
Tienen que hablar con él -dijo su marido-. Pueden preguntar a los chicos, también a Eliahu, nuestro segundo hijo, llegará esta noche.
– A lo mejor podría ahora… -dudó Michael, y señaló vagamente hacia la puerta.
– A lo mejor, por qué no -dijo Ezra Bashari-, ellos hablarán con usted.
Pero, justo cuando se levantó y cogió con cuidado el abrigo con la grabadora oculta en él, sonó el beeper y, por el mensaje de la pantalla, vio que Balilty le estaba esperando. «Llamar con urgencia», decía allí.
Capítulo 10
No debía haber aceptado que el despacho de Michael en el Migrás Harusim se convirtiese en el cuartel general de las operaciones de rastreo, y mucho menos estando Moshé Abital sentado en un banco de madera del pasillo, suspirando cada vez que ella abría la puerta o corría por el pasillo. Ese despacho era el centro de demasiadas actividades, llegaban llamadas que nada tenían que ver con la búsqueda y todo el mundo se creía con derecho a entrar y dar la lata. Por otra parte, no podía seguir haciendo caso omiso de los ojos marrones y tiernos de Moshé Abital, que se fijaban en ella como si ella y sólo ella pudiese ayudarle, ni sus labios, que caían como los de un niño pequeño cuando le decía: «Aún no», o: No se puede hacer nada de momento, tiene que esperar un poco más, hasta que vuelva el superintendente Ohayon», o: «Son las instrucciones que me han dado, no puedo dejarle marchar». Parecía un Robinson feo, con ese jersey amarillo y flojo y esas piernas cortas. No había discusión posible: guapo no era. Que la aspasen si entendía de dónde le venía la fama de donjuán con esa cara tan rara y ese cráneo puntiagudo hacia arriba y también hacia abajo, y con esa ausencia de barbilla. Por otra parte, fijaba en ella los ojos como si fuese una especie de hada o algo así, como si fuese la única persona en el mundo que le interesara, y eso la afectaba y, aunque sabía que le hablaba así a todo el mundo, el caso es que se sentía incapaz de gritarle.
La puerta del despacho de Michael estaba abierta de par en par, y desde el pasillo, ella oyó el walkie-talkie pitando y el teléfono sonando y fue corriendo a atender ambas llamadas, y así resultó que Moshé Abital se quedó en la puerta, esperando, y oyó a Yair:
– Hemos terminado en la calle Yiftaj. Eli se va a la calle Yael y nosotros nos dividimos.
– Recibido -le contestó, y en el mapa a gran escala de Baqah, extendido sobre la mesa, marcó con el rotulador verde una flecha hacia la calle Yael, y cogió el rotulador rojo para dibujar la segunda flecha, que trazaría el camino del grupo de Yair. Durante todo ese rato sintió los ojos marrones y húmedos de Moshé Abital fijos en ella, expectantes, pero no podía siquiera cerrarle la puerta en las narices, porque en una mano tenía el teléfono y en la otra el rotulador encima del mapa.