Выбрать главу

– No, gracias, no fumo -le dijo, y él se encendió uno sin preguntar si se podía-. Tiene que esperar fuera.

¿Desde cuándo era tan blanda? ¿Desde cuándo tenía algún problema en decirle a alguien que esperara fuera?

– Fuera, dentro, ¿qué diferencia hay? -dijo Moshé Abital- No es bueno ser tan nervioso, no es sano. Y usted es una mujer joven y guapa, tiene que cuidar su salud.

Algo así no le había pasado nunca. Ese hombre estaba ahí -con toda su buena intención, nadie podía achacarle nada al respecto- como si fuera un amigo de la familia, algún viejo amigo que la estuviera aconsejando, y ella, ¿qué le estaba pasando? Sería el cansancio.

– Vamos a la calle Gidón, cambio -dijo la voz de Yair, y al fondo oyó la voz de un hombre diciendo en un inglés extraño there is a play-ground in the middle, y después chirridos, ladridos, como gritos nerviosos-. Una cancha de baloncesto, vacía. Sólo unos cuantos niños. Cambio -dijo Yair por el walkie-talkie.

– Dígales que busquen en los refugios de las viviendas -dijo de repente Moshé Abital y, en vez de decirle que se fuese y que no se entrometiese, le preguntó:

– ¿Por qué?

– Las viviendas allí son grandes -dijo con su marcado acento francés-, hay mucha gente, nadie se da cuenta de nada.

– Baños en la calle Gidón. Cerrados. Entramos. Cambio -dijo Yair.

– ¿Habéis entrado en los refugios de las viviendas? Cambio -preguntó, apartó el beigele y marcó con el rotulador verde.

– Ahora están buscando allí, con el perro, no entiendo por qué hay tantos baños rituales aquí.

– Cielo -le dijo una voz de mujer, tal vez la de Einat-, ¿dónde te crees que estás? Esto es Jerusalén, ¿no te has dado cuenta?

Moshé Abital se limpió los labios con una servilleta de papel y sonrió. Ni siquiera hacía como que no oía. Sencillamente escuchaba la conversación.

– Pero pensaba que era un barrio laico -dijo Yair.

– Y te iba más antes -dijo la voz de mujer-. Y ahora dirás: perdón… uff, siento haberlo dicho, no tendría que haberlo dicho.

Ahora Tzilla estaba segura de que era la voz de Einat. Y algo en la forma de hablar, Yair y ella, la incomodaba.

– ¿Es que no es un barrio laico? -oyó la voz de Yair.

– No hay ningún barrio laico en Jerusalén -le contestó Einat enseguida-, ¿cómo se puede ser laico con la fuerza que tienen los religiosos? Mira lo que pasa en el ayuntamiento, hasta al alcalde lo tienen en el bote. Si no, no habría salido elegido -¿dónde se creían que estaban? ¿Cómo podían decir eso por el walkie-talkie? Y Moshé Abital riéndose enseñando todos esos dientes y el hoyuelo debajo del ojo derecho.

– ¿Qué pasa?, ¿que es tan religioso como el Meah Shearim? -preguntó Yair, y Tzilla se entrometió de pronto y dijo:

– Baños o sinagoga. Una cosa o la otra. Acostúmbrate, es lo que hay aquí. ¿Habéis abierto los baños? Cambio -Moshé Abital se rió, y la oficina se quedó en silencio hasta que se oyó la voz dubitativa de Yair.

– ¿Hay alguien contigo? -preguntó Yair. Y después hubo un silencio prolongado, como si hubiera cortado, hasta que se volvieron a oír ruidos y, en medio, el «aquí Einat», que sonó nervioso, como las palabras de los locutores de radio a las siete de la mañana.

– Estamos subiendo por la carretera de Belén hacia la calle Boaz, cambio -dijo Einat.

Tal vez para que pareciese que estaba en lo que tenía que estar, dijo Tzilla:

– Entonces, buscad también en el consulado británico, está ahí. Cambio.

– Lo tengo marcado, no te preocupes, Tzilla -dijo Yair-, y también el jardín que tiene una fuente… -la tos que resonó en el walkie-talkie cortó la frase, y Moshé Abital retrocedió como si hubieran llegado microbios a través del aparato.

– Y en el patio hay una bajada a un almacén y a una cisterna. Yigal Hion quiere hablar contigo. Cambio.

– Pues que hable -dijo Tzilla, y miró la mano de Moshé Abital, que estaba encendiendo otro cigarro y lo tenía sujeto entre el anular y el corazón. El rayo de luz que entró por la ventana que estaba detrás de ella dio en su alianza.

– Aquí hay una bajada a un almacén y a una cisterna -dijo una voz nueva y desconocida-. Cuando éramos pequeños tirábamos piedras ahí y esperábamos a que llegasen abajo. Es muy profunda, no es cualquier cosa.

– Y no sólo eso -se entremezcló la voz de Einat-, hay una sala subterránea del tamaño de la casa, y allí está la entrada a la cisterna. Cambio.

Tzilla cogió el rotulador verde -la cisterna y la sala subterránea no aparecían en el mapa que le habían dado- y marcó dos puntos sobre la ruta.

– ¿Qué problema hay? -preguntó mientras hacía las marcas-, ¿vais a bajar o no? Cambio.

– Hace falta una linterna. ¿Tienes una? -escuchó la voz de Yair mezclada con fuertes ladridos-. Dios mío -dijo Yair al rato, entusiasmado-, mira, el agua es negra y en las paredes hay manchas de líquenes que parecen… Mira qué maravilla, con todos esos líquenes. ¿No crees? Es igual que una cueva antigua con dibujos.

– Madre mía -oyó una fuerte exclamación, Moshé Abital se puso tenso en la silla, y por el walkie-talkie llegó el tono histérico de la sargento Einat-: ¿Qué son esas cosas?

– No es nada, son caracoles amontonados. No hacen nada -y sobre el mapa, por los tonos de las voces, Tzilla vio perfectamente en el despacho el aspecto que tenían: gordos, sonrosados, pegados a la pared y brillantes, y se puso mala. Iba a vomitar el beigele.

– No está aquí, dígale que no está aquí -le pareció que la voz era la de Yigal Hion, y esa voz fue la que gritó de repente por el walkie-talkie-: Nadie hubiera podido arrastrarla hasta aquí sin que se notara. Nesia no es una niña delgada.

Pitidos y chirridos llenaban la habitación del Migrás Harusim antes de que Yair dijera:

– Volvemos a la carretera de Belén. Cambio.

– ¿Adónde en la carretera de Belén? Cambio -Tzilla se llenó la boca con un trozo de beigele y, mientras Einat hablaba, marcó una flecha en la carretera principal del barrio en dirección sur. También marcó un punto al lado de la primera frutería y otro al lado de la segunda frutería, y una flecha curvada hacia el patio de detrás de las tiendas-. ¿Cómo? -hablaba con Einat-, ¿qué has dicho? ¿Un invernadero? ¿Dónde hay ahí un invernadero? Cambio.

– No es un invernadero -dijo Moshé Abital, como si le hubieran preguntado a él-, era un lugar lleno de macetas, algo como… ¿Vivero se le llama a eso? Pero ahora no hay nada.

El enfado le dio energía.

– Hágame un favor y haga lo que le he dicho, espere fuera -le dijo, apartando el vaso de café, el beigele y el zatar-. Ahora no puede estar aquí.

– ¿Molesto? Perdón, sólo quería ayudar -dijo, sin ningún signo de estar ofendido, y salió del despacho.

Después las cosas tomaron un cariz algo más relajado, si se obviaba de lo que se estaba hablando. Tzilla casi se olvidó de que estaban buscando a la niña que se había perdido de tan concentrada como estaba en las marcas: en la fina flecha que corría a lo largo de la pequeña callejuela entre la carretera de Belén y Mordekay Hayehudí hasta la casa que perteneció una vez al partido Laborista.

– Hay signos de que ha habido alguien aquí -insistió una voz desconocida.

– Aún son restos de los obreros rumanos, nadie ha podido entrar aquí con esta madera que bloquea la entrada -contestó otra persona.

– ¿Te aparece una sinagoga al final de Mordekay Hayehudí? Cambio -le preguntó Yair.

– Ahí tengo una estrella -le respondió Tzilla-, una especie de Magen David. Hay una sinagoga en el mapa al final de Mordekay Hayehudí, pero es una calle sin salida. Cambio.