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– ¿Qué tiene que ver que no tenga salida? Cambio -y esa pregunta no obtuvo respuesta.

Se volvieron a oír voces distorsionadas hablando de un emparrado, y alguien mencionó un kiosco. En ese momento se abrió la puerta de golpe y apareció Balilty.

– He pasado por casa, te he traído… -su respiración estaba acelerada, como si hubiera llegado corriendo-, Mati te manda un poco de sopa de pollo, arroz con hibisco y carne -mientras hablaba dejó a sus pies una gran bolsa de plástico y desató el nudo para enseñarle la torre de tarteras de plástico cuadradas que le había llevado. El olor a comida llenó la habitación, y Balilty señaló el pasillo con la cabeza.

– Ese Abital se va a consumir ahí, ¿no? -dijo Balilty.

– Pues llévatelo -dijo Tzilla-, quítamelo de encima. Lleva toda la mañana volviéndome loca.

– No puedo -suspiró Balilty con gesto angustiado-, yo ya he hecho lo que tenía que hacer con él. Mi cometido era aclarar lo de la casa y lo de la coartada. Come algo, Mati ha puesto también en la bolsa una cuchara y un tenedor. Mira, esto aún está caliente, es una pena -y sin esperar respuesta sacó de la bolsa la primera tartera cuadrada y el olor a sopa de pollo que le llegó le recordó lo hambrienta que estaba.

– ¿Y tiene? -preguntó Tzilla mientras sacaba con cuidado una cucharada de la tartera y se la llevaba a la boca.

– ¿El qué? Ah, ¿coartada? Nada del otro mundo, no se puede decir que tenga. Palabrería, eso es lo que tiene.

– Se ha plantado aquí por la mañana -dijo Tzilla, dejó la cuchara en la mesa, levantó la tartera de plástico, se acercó la esquina a la boca y se bebió la sopa.

– Dime -dijo Balilty mirando a la ventana y con su habitual tono de protesta-, ¿qué encontráis en un ser así? Alucino con las mujeres. ¿Hasta a ti? ¿Cómo ha podido cazarte a ti también?

– Nadie ha cazado a nadie -le corrigió, y pasó a la segunda tartera de plástico-. Dile a Mati que, desde que murió mi madre, no había comido una sopa de pollo como esta, díselo, ¿me oyes? Que no se te olvide.

Balilty apartó la vista de la ventana.

– Prueba el hibisco, nadie lo cocina así. Estuvo con Zahara Bashari el día que murió. Imagínate.

– ¿Cuándo? -se sorprendió Tzilla-, ¿por la mañana o por la tarde?

– Dice que al mediodía, pero vete tú a saber -dijo Balilty mientras cogía hibisco de la tartera de plástico-. Dice que comieron juntos una parrillada. Aún hay que preguntarle al dueño del restaurante, un tal Itzik, está en el Majané Yehuda, yo le conozco. No tengo nada que…

– Pues dejad que se vaya a casa y llamadle más tarde -le pidió Tzilla-. ¿Qué pasa, que se os va a escapar?

– ¿Qué te ocurre? -Balilty se acomodó en la silla, se cruzó de piernas como si se fuera a instalar en la habitación y en la comisura de los labios se dibujó una sonrisa teñida de cierta picardía nerviosa, pero el walkie-talkie le hizo callar.

– No hay nada en la sinagoga -dijo Yair-, salimos del emparrado. Hay aquí un viejo kiosco, en la calle Yehuda, donde se junta con Mordekay Hayehudí; vamos hacia allí. Cambio.

– Vale, anotado. Cambio -dijo Tzilla retrocediendo, ya que Balilty se había inclinado sobre la mesa.

– Eh, niño, no hay nada que buscar en ese kiosco, lleva cerrado ya treinta años. Es un mísero kiosco de la época de los británicos, nadie va por allí. Te libero de eso. Cambio -el walkie-talkie enmudeció. Ya no se oían ni los ladridos. Tzilla habló dos veces y se quedó mirando sin saber qué hacer.

– Voy a decirle a Abital que espere en su casa -dijo Balilty-, bajo mi responsabilidad. Ya hablaré yo con el jefe para que vaya a interrogarle allí. ¿Dónde está?

– ¿Quién? ¿Dónde está quién? -preguntó Tzilla sin apartar los ojos del walkie-talkie. ¿Qué iba a hacer si se había estropeado precisamente en ese momento?

– Hazme un favor, cielo, come algo antes de que te pongas mala. ¿Has probado el arroz? ¿Dónde está nuestro jefe? ¿Aún está en casa de los Bashari?

– Llámale al beeper, ¿cómo lo voy a saber yo? ¿Qué pasa con este walkie-talkie? ¿No funciona?

Y como respuesta a su pregunta el walkie-talkie chirrió y gimió y la voz de Yair llenó la habitación:

– Tzilla, Tzilla, ¿me oyes? Cambio.

Después dijo Yair que, de no haber sido por el rosal, no se habría detenido allí aunque el perro se hubiera empeñado en seguir ladrando. Precisamente por estar con Einat, cuyos ojos azules le lucieron llorar por su candidez, agradeció que lo que le llevara hasta el kiosco abandonado fuera un rosal que por primera vez en su vida veía florecer en otoño.

– Para la gente como yo, que dedica tanto tiempo a las flores y a las plantas -le dijo Yair consternado-, esta especie de old rose es particularmente apreciada, es como… como un sello raro para un coleccionista; en el mundo entero florece en primavera, una vez al año, y aquí, de repente, florece en otoño.

A causa del rosal que estaba delante de la entrada del kiosco, que había florecido fuera de temporada y la tapaba casi por completo, se acercó y vio también las ramas rotas de la planta, las que cubrían la entrada. Se detuvo delante de la planta y examinó de cerda las flores rebosantes de pétalos del viejo rosal. Einat le siguió.

– Qué maravilla -murmuró Einat sorprendida-, son como las llores bordadas en los cojines de la casa de mi abuela, ¿sabes a lo que me refiero?

– Es -susurró Peter, que de repente apareció detrás de ellos- una centifolia, ¿no? Eso creo.

– Me parece que es una rosa gálica -dudó Yair-, pero a lo mejor es una centifolia como dices tú, hay que comprobarlo; de cualquier modo es una planta muy antigua, de la época de los británicos, seguro, mira cómo lo cubre todo -dijo, inclinándose sobre los tallos. El perro se acercó ladrando.

– ¿Qué pasa, Trueno? -preguntó el adiestrador.

– Aquí hay algo que le pone nervioso, más que antes -dijo Yair. En ese momento notó la respiración del perro cerca de su cuello; estaba sobre un montón de tierra húmeda y blanda junto a las raíces del rosal desparramándolo con la punta del zapato. El perro se revolvió y empezó a escarbar con las patas.

– Aquí hay algo -volvió a decir el adiestrador-, pero no tenemos nada con que excavar.

El perro de rastreo no se apartaba del montículo, metía su húmedo hocico, revolvía la tierra y no dejaba de gemir.

– Conseguidme una pala -les dijo Yair a los policías. Pasó un buen rato hasta que uno de ellos llegó corriendo con una enorme pala en la mano. Yair empezó a cavar en el montículo y sintió lo blanda que estaba la tierra-. Cógelo ahora -le indicó al adiestrador-, me molesta para cavar -y en ese momento apareció el cadáver; primero vieron el pelo blanco y negro y después el cráneo destrozado.

– Oh my god -dijo Peter-, es Duqui, el perro de Nesia.

Capítulo 11

– Lo siento por ellos -dijo Balilty, y su voz fue tragada por la tapia de piedra en la que tenía apoyados los codos-, sobre todo por su esposa, es una mujer agradable, de verdad. Llevaba años sin comer una tarta de manzana así…, la masa… se deshacía en la boca, seguro que era de mantequilla… Echó una tarrina entera de mantequilla, te lo digo yo.

– ¿Has hablado sobre el piso en presencia de su mujer? -Michael se apoyó en la tapia del bloque de viviendas junto a Balilty, que lo estaba esperando allí cuando salió de casa de la familia Bashari.

– Pues claro, estábamos en su casa, ¿no? -Balilty se mordió el grueso labio inferior-. Lo he hecho a propósito, para ver si ella sabía algo.

– ¿Y?, ¿sabía algo? -preguntó Michael observando el extremo del cigarro encendido.

– Nada -respondió Balilty sorprendido, y se sonó la nariz con un pañuelo de papel haciendo mucho ruido-, no sabía nada. Ya te lo he dicho, lo siento por ella. Alguien le compra un piso, casi se lo compra, se puede decir que se lo compra, ¿no?, a una chica de veintidós años, y no le dice ni una palabra a su mujer… Si quieres saber mi opinión, te diré que ese Rosenstein ha perdido el juicio. Les pasa a los hombres mayores, pierden el juicio.