La República estaba muy enferma, quizás enferma de muerte. Sus convulsivos espasmos presentaban un espectáculo cuya visión apenas podía soportar, pero encontré aún más difícil apartar la mirada.
Algunos años antes había intentado retirarme por completo de la escena política. Harto de engaños y falsas promesas, de la pomposa vanidad de los políticos y la boquiabierta credulidad de sus seguidores, de la arrogancia vengativa de los vencedores y de la miserable maledicencia de los vencidos, me dije que no iba a soportarlo más. Me trasladé a una granja en Etruria, decidido a olvidarme de Roma.
Aquel intento no me sentó bien. Me vi más profundamente envuelto en intrigas políticas de lo que nunca me había podido imaginar. Era como el atormentado navegante que cubre largas distancias para evitar un remolino y se encuentra con que únicamente ha trazado un itinerario que va directamente al torbellino. El episodio de Catilina y su enigma me habían hecho reconocer la naturaleza inexorable del Destino.
Roma es mi destino. Y el destino de Roma se hallaba una vez más en las manos de sus políticos.
De manera que, con una visión retrospectiva, justifico ante mí mismo la reacción que tuve aquel día después de que Eco se hubiera ido a casa, cuando recibí una visita. Era un viejísimo conocido.
Tan viejo era que Belbo, que andaba atisbando por la mirilla de la puerta principal, no lo reconoció. Había dicho a Belbo que no dejara entrar a nadie que no conociera de vista, de modo que, obedientemente, vino a buscarme a mi despacho para que echara un vistazo por mí mismo.
Vi a un hombre entre cuarentón y cincuentón, de constitución normal, con un rostro hermoso y franco y un reflejo grisáceo en las sienes. Tenía los labios bien formados, la nariz recta y el pelo rizado de los griegos. Se movía casi con altanera presunción, como lo haría un filósofo o un sabio. El infantil esclavo que había conocido hacía treinta años se había convertido en un hombre de aspecto distinguido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo había tenido tan cerca. Generalmente, si alguna vez lo veía, era a cierta distancia, como la noche anterior, con la cabeza pegada a la de Cicerón en el tejado de la casa de éste. Era casi la última persona de la que habría esperado que acudiera a mí.
Cerré la mirilla e indiqué a Belbo por señas que desatrancara la puerta.
– ¡Tirón! -exclamé.
– Gordiano. -Hizo una inclinación de cabeza y sonrió débilmente. Tras él aguardaba un pelotón de guardaespaldas. Conté por lo menos diez, lo que consideré algo excesivo si se había limitado a llegar andando desde la casa de Cicerón, que estaba cerca de la mía. Por otra parte, cualquiera que saliera de la casa de Cicerón tenía grandes posibilidades de convertirse en víctima de la chusma de Clodio. Con un movimiento de la mano, les ordenó que se quedasen fuera. Belbo cerró la puerta tras él.
Lo acompañé hasta mi despacho y le indiqué que cogiera una silla cerca del brasero. En lugar de eso anduvo lentamente por la habitación observando los rollos de papiro en sus casilleros y la decorativa pintura de un jardín en la pared.
– Sí que has prosperado, Gordiano.
– En algunos aspectos.
– Recuerdo tu vieja casa del monte Esquilino. Aquel lugar tan grande y destartalado, con el mustio jardín.
– Ahora pertenece a mi hijo Eco. Su esposa lo ha transformado en un paraíso inmaculado.
¡El tiempo pasa tan rápido! ¿Quién habría creído que alguna vez tendrías un hijo lo bastante mayorcito para dirigir su propia casa?
– Me ha convertido en abuelo.
– Eso he oído decir.
– Ah, ¿sí?
Una sonrisa le tembló en la comisura de los labios:
– Aún se habla de ti ocasionalmente en casa de Cicerón, Gordiano.
– Pero no con demasiado entusiasmo, me imagino.
– Oh, te podrías llegar a sorprender.
– Seguramente, si Cicerón tiene algo bueno que decir de mí estos días. Creía que el juicio de Marco Celio había sido lo último que habría entre nosotros.
Tirón se encogió de hombros:
– Cicerón no te guarda rencor. No es un hombre dado a los resentimientos.
– Ya.
Tirón inclinó la cabeza con aire pensativo:
– Cicerón puede convertirse en un enemigo formidable, no hay duda, de aquellos que se convierten en enemigos suyos mediante la venganza y el engaño, o por el peligro que plantean a la República. Pero ése nunca ha sido tu caso, Gordiano. Cicerón comprende que eres un hombre complicado, a quien no le resulta siempre fácil entender, pero en el fondo un hombre honorable y honrado. Honorable. Honrado -repitió con énfasis ambas palabras-. Como el mismo Cicerón. Si en alguna ocasión habéis entrado en conflicto, ha sido porque ambos veis las cosas con prismas diferentes. No puede esperarse que los hombres honrados estén siempre de acuerdo.
Suspiré. Evidentemente, Tirón seguía siendo tan devoto de Cicerón como siempre. Sería inútil señalarle los defectos de su amo: el comportamiento del hombre carente totalmente de escrúpulos en su condición de abogado, su pomposa vanidad, su manifiesta indiferencia por la verdad, a no ser que ésta sirva a sus designios, la larga lista de personas a las que había destruido para mantener los privilegios y el poder de los Optimates…
– ¿De verdad no quieres sentarte, Tirón? Belbo puede cogerte el manto; parece bastante pesado, incluso para este tiempo.
– Sí, me sentaré. Me canso con mucha facilidad estos días. Y sí, creo que puedo pasar sin el manto. La habitación parece bastante caldeada. Tengo que cuidarme de pillar un resfriado…
Apenas oí lo que decía, porque cuando encogió los hombros para dejar caer el pesado manto, vi lo que llevaba debajo, no la túnica de esclavo, sino una toga. ¡Tirón vestía como un ciudadano! Le miré la mano y vi con claridad que llevaba un anillo de acero como el que llevan los ciudadanos, como el que llevaba yo mismo.
– Pero Tirón, ¿cuándo ocurrió?
– ¿Qué? -Cuando vio hacia dónde dirigía mi mirada, sonrió. Jugueteó con los dedos como si aún no estuviera acostumbrado al anillo-. Ah, esto. Sí, un cambio en mi condición social. No pasa de ser una formalidad en muchos aspectos. Hago el mismo trabajo, sirvo al mismo hombre… Por supuesto, ahora me es más fácil tener propiedades…
– Tirón…, ¡ya no eres un esclavo! ¡Eres libre!
– Sí. -Parecía casi avergonzado.
– Bueno, Cicerón se ha tomado su tiempo en decidirse. Tú y yo hablamos de tal posibilidad la primera vez que nos conocimos. ¿Recuerdas?
– No muy bien. -Enrojeció un poco y entonces me di cuenta de su anterior palidez.
– ¿Qué decías antes acerca de coger un resfriado y cansarte con facilidad? Tirón, ¿te pasa algo?
Negó con la cabeza:
– Claro que no. Ya no.
Le miré con escepticismo.
– Estuve enfermo -admitió-, pero eso fue el año pasado. Para serte franco, muy enfermo. Mi salud ha estado… de alguna manera errática… durante los últimos años. -Sonrió-. Supongo que ésa es una de las razones por las que Cicerón me manumitió el año pasado; entonces parecía como si pudiera ser el caso de ahora o nunca. Pero ahora me encuentro mucho mejor. Hubiera deseado una recuperación más rápida, pero al menos ya no tengo que andar con el bastón. Los médicos dicen que no hay ningún motivo por el que no pueda recuperar mis fuerzas por completo y estar tan sano como antes.
Lo miré con otros ojos. Lo que había interpretado como expresión altanera se debía simplemente a la delgadez extrema de sus mejillas. Hice un cálculo mental y me di cuenta de que debía de rondar los cincuenta años. De repente dejó ver la edad que tenía; tenía más canas de las que yo había pensado y ya tenía una calva en la coronilla. Una especie de entusiasmo infantil aún chispeaba en su mirada, pero la luz del fuego también captó el brillo atormentado de un hombre que había conocido una enfermedad grave. Con todo, también parecía un hombre satisfecho consigo mismo y su posición en el mundo; sus modales francos y pausados exudaban un aire de refinamiento y de satisfacción consigo mismo. Y ¿por qué no? El esclavo aniñado que había llamado a mi puerta tantos años antes como mensajero de un señor desconocido era ahora un ciudadano libre y la inapreciable mano derecha del orador vivo más famoso. Tirón había conocido a hombres formidables y recorrido el mundo al lado de Cicerón. Había ayudado a dirigir el gobierno cuando Cicerón era cónsul. Era célebre por propio derecho, después de haber inventado una forma de escritura abreviada por medio de la cual un copista podía transcribir un discurso palabra por palabra tan rápidante como se hablaba; a todos los empleados del Senado se les exigía aprender taquigrafía tironina.