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– Tienes que perdonar a la esclava -dijo-. Está un poco sorda.

– Ya me he dado cuenta, aunque no ha tenido ningún problema para oírte a ti a pesar de que te estaba dando la espalda.

– Sólo le cuesta escuchar determinados tonos de voz…, los tonos de las voces masculinas. Puede oír a la mayoría de las mujeres que viven aquí sin ningún problema. Su sordera no es un defecto bajo este techo. En fin, has dicho que querías ver a la Virgo Máxima. ¿Para qué?

– Es un tema bastante delicado. Preferiría tratarlo únicamente con la Virgo Máxima.

Me dirigió una rígida sonrisa que contrastaba con la suavidad de su cara.

– Me temo que no es suficiente. Para empezar, ¿quién eres y de dónde vienes?

– Me llamo Gordiano. Éste es mi hijo Eco. También viene un esclavo con nosotros que en este momento está cuidando de los caballos en el patio. Venimos de Roma.

– ¿Qué os trae por aquí?

– Vuelvo a repetir que preferiría hablarlo con…

– Tienes que entender, Gordiano de Roma, que últimamente ha habido muchos disturbios violentos por aquí. Han asesinado gente a plena luz del día a pocos pasos de nuestras puertas. El posadero fue brutalmente asesinado, dejando una joven viuda. Y los problemas de esta casa comenzaron bastante antes de los disturbios. Nos sacaron de nuestra casa y nos obligaron a mirar, sin poder hacer nada, cómo profanaban bosques sagrados… No hablaría de nada de esto si no fuera para decir que, en los buenos tiempos, las mujeres de esta casa acostumbran a sospechar de los hombres del exterior, aunque sea para preservar su pureza. Dadas nuestras recientes experiencias, tenemos motivos para ser aún más cautelosas. Además, debo decir, Gordiano de Roma, que por más que te miro no consigo imaginar qué negocios tienes que tratar con la Virgo Máxima.

No es habitual encontrar una mujer acostumbrada a discutir con los hombres estrictamente en sus propios términos. La vestal tenía muy claro que no iba a dejarnos acceder a la presencia de la Virgo Máxima si no era por una buena razón; y también estaba claro que no era de la clase de personas que dejaban escapar nada confidencial a espaldas de su superiora. ¿Cómo podría ganarme su confianza? Había sido Felicia la que me había dicho que fuera allí, pero me había prohibido utilizar su nombre. Había otro nombre que sí podía invocar y, aunque no me parecía muy prudente revelar entre aquellas paredes la misión que me había encomendado Pompeyo, parecía la única forma de entrar. La vestal volvió a repetir mi nombre:

– Gordiano… -Arrugó el carnoso entrecejo y miró pensativamente al vacío-. Gordiano de Roma… es un nombre poco común.

– No hay muchos, no.

– Eso creo. Y menos aún con tu edad. -Me miró atentamente-. ¿Fuiste tú el que acudió en defensa de Licinia hace varios años?

– Si te refieres a si soy el Gordiano que ayudó a la Virgo Máxima de Roma a descubrir la verdad de cierta indecencia, la respuesta es sí.

– ¿Cierta indecencia? ¿Llamas cierta indecencia a descubrir el cadáver de un hombre en el dormitorio de una joven vestal?

– No quería dar detalles.

– Bien; eres discreto. Y, quizás, también modesto. No eres como los demás hombres.

– ¿Cómo es que conoces el asunto? Los juicios de Catilina, Craso y la vestal fueron de conocimiento público, por supuesto, pero lo del cadáver se mantuvo en completo secreto.

– Yo me enteré. Lo sé todo, incluso el hecho de que fue Clodio el que dispuso el crimen con la intención de que acusaran a Catilina. Ese detestable canalla ya nos causó problemas entonces y salió bien librado del asunto.

– ¿Estabas allí en aquel momento, sirviendo a la diosa en Roma?

– No, siempre he servido aquí, en el templo de Vesta del monte Albano.

– Y, sin embargo, ¿conoces todos los secretos de la casa madre de Roma?

– ¿La casa madre? -dijo, frunciendo la nariz.

– Me refiero al cuartel general de tu orden…

¿Cuartel general? Si te refieres a que la casa de las vestales de Roma es algo así como la superior de esta casa, estás muy equivocado, aunque seas Gordiano, apodado el Sabueso. La orden de las vírgenes vestales fue fundada aquí, en el monte Albano, en tiempos muy remotos; Silvia, la madre de Rómulo, era miembro de la hermandad local y ayudó a mantener el fuego eterno en el templo de Vesta. La orden de Roma fue establecida mucho más tarde, en los días del rey Numa, y la llama eterna del templo de Vesta en Roma fue encendida con la llama original de aquí, del monte Albano. Eso sí, últimamente Roma se ha vuelto muy importante; hay grandes hombres que encargan a las vestales romanas la custodia de sus herencias y las vestales romanas tienen el honor de proteger las reliquias sagradas que Eneas trajo de Troya. Pero nosotras, las del monte Albano, somos la hermandad original. ¡Casa madre! ¡Será posible!

– No quería ofender, Virgo Máxima.

Me miró astutamente.

¿Por qué me llamas así?

– Porque eres la Virgo Máxima de esta casa, ¿no es cierto?

Irguió la cabeza y, aunque era demasiado baja para mirarme por encima del hombro, lo intentó.

– Por supuesto que lo soy. Sonrió débilmente-. Por eso conozco algunos secretos de la Virgo Máxima de Roma y por eso honro el nombre de Gordiano el Sabueso, que una vez ayudó a salvar el honor de la hermandad, por no mencionar la vida de una inocente joven vestal. Así que deseas hablar conmigo en privado. Entra y trae a tu hijo. Podemos hablar en mi antesala. La esclava de la puerta hará de centinela. Si hablo en voz baja no oirá una palabra de lo que digamos.

Lo que más me sorprendió de lo poco que vi del interior de la casa de las vestales fue la baja calidad que aparentaba la construcción. Desde lejos, la fachada de ladrillo y madera parecía, si no elegante, al menos sólida, pero toda la artesanía del edificio parecía residir en el exterior, para que se viera. En el vestíbulo, el pasillo por el que nos llevó la Virgo Máxima y la antesala donde nos oyó en audiencia se veía un descuidado trabajo de carpintería dolorosamente evidente. Los rincones se encontraban en ángulos extraños con feos parches para disimular las irregularidades. El suelo era desigual y aquí y allá se veían pegotes de yeso que parecían puestos con la gracia propia del niño aburrido. La Virgo Máxima siguió mi mirada y me leyó el pensamiento.

– No se parece en absoluto a nuestra vieja casa. Era un edificio magnífico y lleno de recuerdos. Tampoco era la casa original en la que sirvió Silvia, desde luego, ni siquiera era tan antigua. Pero era una casa antigua a pesar de todo, llena de historia. Generaciones de vestales vivieron y murieron en ella. Aquel lugar tenía un carácter sagrado que sólo se adquiere con el tiempo. ¿Cómo iban a saber las viejas hermanas que eligieron el lugar donde se erigió la casa que un lejano día, mucho después de su muerte, llegaría un sujeto como Clodio, que no se sentiría satisfecho hasta haber puesto sus sucias manos en sus terrenos e incluso en la vieja casa?

– He oído hablar del tema a la gente de los alrededores -dije.

– Toda la gente del monte Albano sabe lo que hizo Clodio: echarnos de nuestra casa, talar los bosques que habían sido sagrados para Júpiter desde el principio de los tiempos… Lo más vergonzoso es que muchos de los habitantes de los alrededores lo apoyaron con entusiasmo. No sólo hombres ricos y poderosos de Roma que tienen casas de campo por aquí, sino también algunos granjeros locales que forman parte del Senado municipal. Las objeciones religiosas no significaron nada para ellos; era un asunto de política y avaricia. Clodio dio dinero e hizo promesas a la gente adecuada y al final no pudimos hacer nada. Ni siquiera nuestras hermanas de Roma, de la casa madre como tú la llamaste, pudieron ayudarnos. ¡O no quisieron! Quién sabe qué influencia podrían tener la esposa y la suegra de Clodio sobre las vestales de la ciudad. ¡Vaya! Estoy hablando más de la cuenta. Es que me avergüenza y me llena de ira que un visitante vea la situación en que nos encontramos.