De los nombres salían uns flechas. Dudó sobre si debía decir a Abraham algo sobre Soli Hecht.
– ¿Reconoce estos nombres?
Abraham pareció sorprenderse.
– No lo sé, quizá sean miembros de la sinagoga.
Antes de que pudiera decir más, alguien golpeó suavemente en la puerta abierta con los nudillos. Levantó la mirada y vio a una mujer de pelo blanco que le llamaba con la mano como disculpándose.
– lo siento.- Se movía con dificultad y sus manos eran nudosas-. Sinta te necesita. Han llegado más visitas.
Abraham asintió.
– Gracias, Raquel.-Se volvió hacia Aimeé-. Esta es Raquel Blum, la amiga de maman. ¿Por qué no habla con ella mientras yo voy con mi mujer?- salió para recibir visitas.
Raquel llevaba el pelo peinado en un moño tirante. Su vestido negro tenía un tenue olor a lavanda mezclado con alcanfor. Se hundió en la cama, con el cuerpo ligeramente encorvado. Suspiró al tiempo que se quitaba un zapato y se frotaba el pie.
– ¡Son los juanetes! El médico quiere operarlos, pero no, gracias, le he dicho que nada de pasar por el bisturí. Me han traído hasta aquí, así que me llevarán el resto del camino.
Aimeé asintió para mostrar que lo entendía.
– lili no tenía tiempo para los idiotas. Yo también soy así. He vivido en Narbonne hasta que mi hermana falleció el año pasado. Entonces decidí volver al Marais.
– ¿Cuánto hace que la conocía?- se atrevió a preguntar Aimeé.
Raquel entrecerró los ojos mientras pensaba.
– Demasiado.
– Raquel, ¿reconoce usted esta instantánea?- preguntó Aimeé al tiempo que se la pasaba.
– Mis gafas…¿dónde están? No veo nada sin ellas.-Raquel se hurgaba alrededor del cuello-.He debido de dejarlas en casa.
Aimeé le alcanzó un para de gafas de lectura que estaban sobre el secreter de Lili.
– Así está mejor-gruño Raquel-. Achicó los ojos para mirar a través de las gafas de Lili-. Ummm.…¿qué es esto?
– ¿Le resulta conocido, Raquel?
Su expresión se tornó melancólica.
– La plaza Georges-Cain. Hace muchísimo tiempo. Mucho, toda una vida.-Suspiró y señaló unas figuras cerca de un árbol-.Nuestro uniforme del colegio- Mire las batas-dijo señalando a una chica de espaldas a la cámara.
Raquel parecía agradecida de poder descansar los pies y ejercitar la lengua. Ahora frotaba con fuerza su otro pie.
– ¿Fueron usted y Lili untas a la escuela durante la guerra?
Algo ensombreció la mirada de Raquel y ella miró hacia otro lado. Aimeé conocía esa mirada, una mirada vacua que impregnaba los ojos de los ancianos cuando se mencionaba la guerra. Raquel se encogió de hombros y no contestó.
Aimeé se sentó en la cama junto a ella y sonrió.
– ¿Estaban juntas en clase?
– Lili era más joven que yo. Yo no tenía mucho que ver con ella.
– ¿No conocía usted a sus padres?
– Yo solo soy judía a medias-dijo Raquel-. ¿Se supone que tengo que conocer a todo el mundo? Desapareció mucha gente.
¿Por qué se mostraba Raquel a la defensiva?
Sintió un escalofrío, el mismo que había sentido cuando hizo la promesa a Hecht. Se acercó a la anciana y bajó la voz de manera confidencial.
– Raquel, ella la admiraba, ¿no es así?
Raquel parecía sorprendida, pero no le desagradó.
– No estoy segura…
Ella continuó.
– ¿Le he hecho pasarlo mal, Raquel? ¡ya sabe cómo idolatran las niñas a otras niñas mayores!
Raquel movió la cabeza ligeramente.
– Recuerdo a su padre vagamente. Regresó después de la guerra.
Aimeé se dio cuenta de que Raquel fijaba la mirada en la ventana precintada con la cinta que delimitaba la escena del crimen. A Aimeé empezó a latirle el corazón con fuerza mientras pensaba que había algo más.
– ¿Por qué tapó Lili la ventana con listones, Raquel?
Raquel mostró una expresión impertérrita.
– El invierno de 1943 fue un invierno frío. Nadi tenía carbón para la calefacción.
– ¿Lili tapó la ventana para mantener el calor?-dijo Aimeé-. Pero ella no estuvo aquí durante toda la guerra, ¿no?
– El agua se congelaba en las tuberías-dijo Raquel de manera inexpresiva.
Aimeé rezó pidiendo paciencia.
– ¿No le resultó duro a Lili quedarse aquií después de que se llevaran a su padres?
– Picábamos el hielo de las fuentes. Lo hervíamos para cocinar y para lavarnos-continuó Raquel.
– ¿Y Lili?
– Se quedó con el conserje. Abajo, cuando…-Raquel se detuvo y se tapó la boca.
Aimeé se inclinó hacia delante y agarró a Raquel del brazo.
– Siga, Raquel, ¿qué iba a decir?
A Aimeé le sorprendió ver miedo en los ojos de Raquel.
– ¿Por qué tiene miedo?
Raquel asintió y habló despacio.
– Usted piensa que solo soy una vieja tonta.
– No, Raquel, para nada.-Aimeé le agarró de la mano.
Finalmente, Raquel habló.
– Encontraron el cuerpo.
– ¿Un cuerpo? ¿Quiénes?-preguntó Aimeé. Sorprendida, se inclinó hacia delante. ¿Por qué no le había mencionado esto Abraham Stein?
– Ahí abajo, en el tragaluz.-Raquel estiró el cuello tanto como se lo permitió su espalda encorvada.
– ¿De quién era el cuerpo?
– Esa ventana daba justo ahí.
– Sí, Raquel, pero ¿quién era?
– Todo ocurrió en 1943-dijo ella.
Aimeé apretó los dientes y asintió.
– Sé que tiene que ser difícil hablar de la ocupación. Especialmente a los de mi generación. Pero quiero entenderlo. Déjeme intentarlo.
Raque se volvió hacia ella, atravesándola con la mirada.
– Usted nunca lo entenderá. Es imposible.
Aimeé rodeó a la delgada y encorvada mujer con el brazo.
– Cuéntemelo, Raquel. ¿Qué es lo que vio Lili?
– Teníamos que sobrevivir. Hicimos lo que teníamos que hacer.-El aliento rancio de Raquel le golpeó el rostro-lUna vez me dijo que había visto el asesinato.
– ¿Un asesinato que ocurrió en el tragaluz?-dijo Aimeé intentando mantener a raya su nerviosismo-. ¿Así que por eso tabicó la ventana?
Raquel asintió.
Aimeé deseó que los músculos de su rostro permanecieran inmóviles y mantuvo el brazo sobre los hombros de Raquel.
– Eso es todo lo que dijo. Después nunca habló de eso-dijo Raquel por fin-. No hay mucha gente que pueda acordarse. Demasiadas deportaciones.
– ¿Fueron los nazis?-dijo Aimeé
– Lo único que sé es que mataron al conserje de Lili.-Raquel movió la cabeza-. No es algo de lo que la gente hable.-Su mirada se mantenía en la lejanía.
– ¿Qué quiere decir, Raquel?
– Sólo Félix Javel, el zapatero, recordará las huellas de sangre…-Su voz se apagaba poco a poco, sumida en sus pensamiento-. Lo pasado, pasado está. No quiero hablar más.
Sinta, la mujer de Abraham, entró en el dormitorio pisando fuerte.
– Escuche, mademoiselle detective…-Separó los pies como para que sostuvieran sus anchas caderas y volvió a sujetarse el denso cabello negro con las peinetas de carey. Desde los pliegues del delantal descolorido le interrumpió un fuerte pitido-. Alors!-murmuró y sacó del bolsillo una Nintendo Game Boy. Pulsó varios botones y volvió a meterla en el delantal.
– ¡Salauds (cerdos) neonazis!- Tenía una voz sorprendentemente melódica, con fuerte acento israelí-. En la tienda nos acosan día y noche-continuó impasible- Lili siempre les chillaba para que se fueran. Me dijo que no les tenía miedo, pero supongo que tendría que haberlo tenido.
– ¿Era una banda? ¿Qué aspecto tenían?-preguntó Aimeé-. El húmedo frío traspasaba su chaqueta de lana. ¿Por qué no encendían la calefacción?
– Nunca les presté demasiada atención-dijo Sinta encongiéndose de hombros-. Yo cocinaba la repostería en la cocina de la parte de atrás y ella trataba con los clientes.