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– No volveremos a estar en contacto, mademoiselle.

Las articulaciones de Soli Hecht crujieron al levantarse. Su rostro se arrugó en una mueca de dolor.

– Podría haberme mandado por fax esta solicitud, Monsieur Hecht. Le habría ahorrado el desplazamiento.

– Pero si no nos hemos visto ni hemos hablado, mademoiselle Leduc- replicó él.

Aimeé se tragó a duras penas la respuesta y abrió la puerta para que saliera.

Listones deformados en el suelo, un espejo desvencijado y una rayada escayola adornaban el frío descansillo. Pulsó el botón para llamar al ascensor de principios de siglo que chirriaba ruidosamente al subir por el hueco. Despacio y con dificultad, él se dirigió al portal.

De regreso a su despacho, metió los francos en el bolsillo. El recibo de teléfono de France Telecom y la carne de caballo para Miles Davis (pronunciado “Mils Davis”), su cachorro de bichón frisé, esperarían hasta que hubiera realizado el trabajo prometido.

Eurocom, el gigante del cable, había echado a perder sin ningún miramiento sus finanzas al romper el contrato de mantenimiento de seguridad con Leduc y contratar a una empresa rival de Seattle, la única que realizaba el mismo trabajo que ella y su socio. Esperaba que le quedara suficiente dinero para retirar sus trajes de la tintorería.

Sus claves estándar le permitían descifrar codificaciones. Abrían la información almacenada en una base de datos, en este caso, tal y como ella se imaginaba, en una del Ejército.

Después de pulsar su clave estándar, la pantalla se iluminó con un “Acceso denegado”. Lo intentó con otra clave., Réseau Militaire, una oscura red militar. En la pantalla seguía apareciendo “Acceso denegado”. Intrigada, volvió a intentarlo con otras claves pero no consiguió nada.

La mañana pasó a ser la tarde, las sombras se hicieron alargadas y llegó el crepúsculo.

Después de varias horas se dio cuenta de que se ganaría el sueldo con esto. Hasta ahora no había funcionado nada.

MIÉRCOLES A ÚLTIMA HORA DE LA TARDE

Más tarde, ese mismo día, durante uno de sus últimos intentos de decodificación, utilizó una vieja clave de la posguerra. Le sorprendió ver que el sistema respondía:

“Para acceder, seleccionar formato audio/visual”. Era una ruta de acceso rara, pero no desconocida.

Con el audio no sucedió nada. Abrió el archivo visual utilizando el software de la decodificación de documentos. De repente, la pantalla se llenó de blanco y negro. Después de varios segundos pudo distinguir con claridad una fotografía. No aparecía ningún texto, sólo la foto. Mejoró la definición aumentándola para ello al máximo sin distorsionar la imagen.

La rasgada instantánea en blanco y negro con difuminados márgenes blancos mostraba una escena en un café cercano a un parque lleno de niños. Había gente sentada en la terraza del café y otros estaban de pie formando pequeños grupos. Los que estaban de pie eran de las SS. Estaban de espaldas, pero reconoció el símbolo de los rayos en los extremos de los cuellos.

Nadie miraba la cámara. La mayor parte de los civiles vestían ropa oscura y sencilla. Una cándida instantánea del París ocupado. Casi la mitad de la fotografía había sido destruida.

Se quedó mirando la foto fijamente, conmocionada. Había comido numerosas veces en ese café, conocía a muchos de sus clientes habituales. Pero ahora siempre pensaría en los nazis que habían estado allí antes que ella.

Esta era la primera vez que descifraba un código que dejaba ver una fotografía sin texto. ¿De qué manera podría constituir este documento una prueba para la señora? Pero, eso, tal y como se forzó a recordar, no era asunto suyo.

Tras archivar la imagen, Aimeé imprimió una copia. No podía evitar preguntarse cuál sería la reacción de esa mujer.

Con la fotografía guardada en su bolso de Hermés, un hallazgo de mercadillo, se enrolló una bufanda con estampado de leopardo alrededor del cuello, se abrochó el cinturón de la chaqueta y cerró con llave la puerta del despacho.

Cuando llegó abajo, detuvo un taxi que paró con un derrape sobre la mojada rue du Louvre. Grupos de gente llenaban a última hora de la tarde las terrazas, cubiertas por un toldo, de los cafés. El Sena relucía a su derecha al dejar atrás la piedra gris iluminada del pont Neuf.

Los edificios cambiaron cuando el taxi entró en el Marais, el distrito judío, lleno de hôtels particuliers del siglo XVI que en su momento fueron abandonados y ahora habían sido restaurados en su mayoría. Las figuras caminaban apresuradas sobre los brillantes adoquines. En la nebulosa y estrecha rue de Bearn el taxi rebotó contra el bordillo y ella se bajó. Un aire fétido emanaba de los bouches d’egouts, los sumideros que conducían a las alcantarillas.

Su destino, el 64 de la rue des Rosiers, estaba situado sobre un polvoriento escaparate con el letrero “Délices de Stein”, de un dorado descolorido y que anunciaba artículos Kosher en hebreo y en francés. Enfrente había un puesto de falafel con bandejas de lombarda troceada, cebollas y zanahorias en vinagre, que sobresalían bajo un toldo a rayas.

La pintura verde oscuro se desprendía de las sólidas puertas de entrada, en forma de arco, que tenía ante ella. Se abrió paso evitando una bicicleta apoyada contra la pared de piedra, bajo el cartel de un circo. El patio adoquinado olía a la basura del día anterior. A su izquierda, la garita vacía de un portero hacía guardia a la entrada.

En el descansillo del segundo piso, la puerta de madera del apartamento de Lili Stein estaba abierta. Desde el interior atronaba la radio. Llamó varias veces con fuerza. No obtuvo respuesta. Empujó la chirriante puerta.

– Allô??

Entró despacio en el sombrío vestíbulo de un piso con olor a humedad, reacia ante la perspectiva de invadir la intimidad de alguien. Dudó. Seguía sn obtener respuesta.

En el interior, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Desde el vestíbulo, dirigió la mirada al interior de la sala tenuemente iluminada y entró. Un aparador de pino estaba cubierto por un camino de mesa bordado con la estrella de David y sobre él se encontraban candelabros de bronce. A su lado había un aparato de radio antiguo junto a un reclinatorio. Tenía la tapicería gastada, sucia con manchas de grasa. Se acercó a la radio y vio una foto sepia enmarcada en la pared. En ella, una jovencita vestida con un uniforme escolar pasado de moda aparecía delante de un escaparate, del brazo de una mujer robusta con delantal. Ambas llevaban estrellas bordadas con la palabra juif sobre el pecho. Aimeé se detuvo entristecida. Reconoció el escaparate como el de la rue des Rosiers perteneciente a Délices de Stein. Bajo la foto florecía una rosa blanca en un jarrón.

Pensó que Lili Stein tenía que estar sorda para poner la radio tan alta. Quizá la anciana tenía serias dificultades de audición.

Se acercó a la radio, un viejo aparato de cristal con botones para el dial y con la banda de frecuencias de color amarillo. Bajó el volumen. En el suelo había pañuelos de papel usados.

– ¡¡ Madame Stein! ¿He traído su paquete!

No hubo respuesta alguna.

Sintió que se le tensaban los músculos de la nuca. Desde algún lugar del vestíbulo se oía que caía agua. Esto no le gustaba nada. ¿No se suponía que la anciana la esperaba?

Se detuvo en el umbral de la puerta de la sala. Al otro lado del pasillo, en el cuarto de baño, un grifo goteaba sobre una mancha marrón en el lavabo. Palpó la pared forrada de madera en busca de un interruptor, pero lo único que consiguió fue que se le mancharan los dedos de grasa.