– Si despierta, ¿puedes arreglarlo para que hable con él?-dijo ella.
El sonsonete de France2 en el televisor de la sección de Homicidios. En la pantalla, manifestantes furiosos desfilaban frente a las verjas del palacio del Elíseo cerca de un reportero que intentaba en vano entrevistarlos.
– Ya veremos. Tiene ochenta y tantos años. Ya es sorprendente que su corazón siga bombeando. También hay vigilancia las veinticuatro horas del día- añadió Morbier
El corazón se le aceleró. Había algo demasiado extraño en todo esto
– Espera un momento. ¿No se trataba de un accidente? Cuando te he llamado, ni siquiera lo estabais investigando…
Morbier la cortó
– Yo no he sido. Órdenes de las altas esferas
– Y eso quiere decir…-preguntó ella
– De arriba. Ya no es mi dominio. Se nos ha ordenado a mis hombre y a mí que salgamos de la investigación por motivos de seguridad y por precaución. Y tú también.- Miró a Aimée fijamente
– un momento.- odiaba que se lo dijeran de tercera mano-. ¿Incluye esto el caso de Lili Stein?
– Le han asignado a la BII los distritos tres y cuatro-dijo él
Había ignorado la llamada de emergencia de Solange Goutal, pero Soli había sido puesto de repente bajo vigilancia en el hospital, entonces había algo más de lo que parecía a simple vista. Por lo menos, de lo que ella veía.
– ¿No te encargas ya de este caso?
El movió un dedo, manchado de nicotina, en su dirección.
– Limítate a tus ordenadores, Leduc. Esto es todo lo que necesitas saber.
– Y ¿qué hay de eso de conseguirme los teléfonos marcados desde la oficina de Les Blancs Nationaux?
– No puedo ayudarte-dijo él moviendo la cabeza
Típica evasiva gala. Eso es lo que ella pensó. Los franceses habían perfeccionado el arte de nadar entre dos aguas. Enmarcó el cigarrillo que sostenía entre el pulgar y el dedo corazón con la palma de la mano y pegó una larga calada. Sus pobladas cejas lucían elevadas sobre su frente.
– Cuéntamelo, Morbier-dijo ella. Le salió de manera más íntima de lo que ella pretendía.
– Es la primera vez en veintiséis años que me han retirado de un caso.-Miró su mesa con expresión amargada e ignoró el tono de su voz.-Si te sirve de consuelo, a mí tampoco me gusta.
Sintió que le hervía la sangre, pero le dio las gracias y se marchó
El tráfico de la tarde se había detenido en la rue du Louvre mientras caminaba hasta su despacho. Su cabeza daba vueltas en torno al comentario de Morbier y anhelaba un cigarrillo.
En lugar de ello, compro una baguette en la boulangerie junto a su edificio. En el pequeño supermarché escondido al otro lado, escogió queso de cabra, tapenade local (pasta para untar hecha de aceitunas negras y anchoas) y una botella de Orangina. Saludó con la mano a Zazie, que hacía sus deberes junto a la ventana del Café Margritte.
Mientras subía las gastadas escaleras hasta su despacho decidió que tenía que seguir investigando, independientemente de lo que dijera Morbier. Podrían atropellarla, pero nadie le diría lo que tenía que hacer.
Dentro de la oficina le saludó Miles Davis olisqueando nervioso la bolsa de la comida. Había pasado la noche con René. Le dio unos restos traídos de la carnicería para que comiera. El único rastro de René era un mensaje pegado con celo a la pantalla de su ordenador: “Más tarde”.
Miles Davis se quedó dormido cerca de la calefacción y de la silla de René. Aimée vertió la Orangina en una copa de vino de cristal Baccarat que le había quedada de su abuelo. Untó el queso y la tapenade dentro de la crujiente baguette y se puso a comer.
Cuando terminó, pegó con cuidado la fotografía y el trozo rasgado que había encontrado en el dormitorio de Lili Stein. Escaneó la imagen completa en su ordenador, mejoró su calidad digitalmente e imprimió una copia.
Aimée colocó esta imagen entre las fotografías extendidas de la carpeta de la policía y de sus propios archivos. Luego, las clavó con chinchetas sobre la pared en orden cronológico y buscó conexiones con la esvástica.
Las miró con atención a través de una lupa. Las fotografías en blanco y negro lo envolvían todo en un pasado intemporal. Cada instantánea mostraba una escena diferente, pero todas eran vistas del Marais. Reconoció el café, Ma Bourgoyne, al que acudía a menudo. Un grupo de nazis calzados con botas bebían sentados en una mesa en un rincón. Junto a ellos, mujeres con el cabello peinado a lo Pompadour y que llevaban calcetines blancos y zapatos Merceditas, formaban una fila con las cartillas de racionamiento en las manos.
Otra fotografía mostraba la Kommandatur local en la rue des Francs Bourgeois, con nazis armados montando guardia ante las pesadas puertas de madera de la entrada. casi se le cae la copa de Orangina.
Sobre las banderas que ondeaban en la Kommandatur, las esvásticas tenían los bordes redondeados, exactamente igual que la que habían grabado en la frente de Lili Stein.
Miles Davis gruñó y alguien llamó con fuerza a la puerta de la oficina. ¿Se le habrían olvidado las llaves a René? Cogió la Glock de 9 mm para la que carecía de permiso y la metió en el bolsillo trasero de sus vaqueros.
– ¿Quién está ahí?-dijo
Le llego el sonido amortiguado de una voz detrás de la puerta
– hervé Vitold, de la BII
– Muéstreme su identificación
Tras la mirilla pudo ver un carnet de identificación con fotografía y plastificado, perteneciente a la Brigada de Investigación e Intervención.
– Un momento.- Juntó las fotos de cualquier manera y las deslizó de nuevo dentro de un gran sobre en su cajón
Aimée nunca había visto un traje de Saville Row, pero se imaginó que el hombre con aspecto de nórdico que tenía ante ella vestía uno. Probablemente también llevaba una camisa a medida de Turnbull and Asser
– Claro-dijo él. Su cabello rubio claro brillaba a la luz de la iluminación del pasillo, pero sus rasgos permanecían ocultos-. ¿Mademoiselle Leduc?
Aimée asintió sin dejar de apoyar la mano en el seguro de la pistola
– No tengo cita, pero me gustaría disponer de media hora de su tiempo. A cambio de una compensación considerable, por supuesto-dijo él.
Aimée abrió la puerta y le dejó pasar. Trató de parecer lo más profesional posible a pesar de sus vaqueros demasiado ceñidos y su camiseta de Astérix contra los romanos. Le llegó un tufillo a algo caro, trufado de lima.
– Entre y tome asiendo, por favor. Estaré con usted enseguida- dijo
– Hervé Vitold.- Le tendió la mano mientras ella le conducía al interior de su despacho-. Administrador de seguridad.-Tenía los ojos de un color verde dorado y un lujoso broceado para ser noviembre.
– Siéntese, por favor-dijo ella, sorprendida al ver que no llevaba uniforme
El se inclinó hacia adelante, sacó una chequera de piel y le dedicó una sonrisa resplandeciente
– Sus honorarios, por favor. Quiero ser el primero en tratar el asunto.
Aimée se preguntó por un momento por qué un tipo recién salido de Gentlemen’s Quarterly y perteneciente a los federales del BII iba a entrar en su oficina e iba a querer pagar por hablar con ella
– Quinientos francos por media hora-dijo ella casi de inmediato
Pero como del dicho al hecho va un trecho, ahora se vería si ese hombre atractivo vestido con un traje caro iba en serio o bromeaba.
Acto seguido, él sacó una pluma Montblanc, rellenó la cantidad y lo deslizó por encima de la mesa, rozando por un instante la punta de sus dedos. Ella hubiera jurado que sus dedos carnosos de arregladas uñas se detuvieron unos segundos más de lo necesario. A pesar de encontrarse conmocionada por haber recibido semejante cheque, no reaccionó. Su mente no se apartaba de sus rizadas pestañas rubias y del verde de sus ojos. Ignoró conscientemente una señal de peligro que destellaba en su cerebro: Demasiado bueno para ser cierto.