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– ¡Estás vivo!-consiguió decir finalmente con la voz quebrada por la emoción-. Katia, ha venido papi. ¡Tu papi!-dijo Grete, estremeciéndose por el helador viento.

Sobre una carretilla se sentaba una niña envuelta en unos sacos de arpillera. Por extraño que pudiera parecer, no sentía ningún afecto por esa criatura de mejillas hundidas a la que le goteaba la nariz y de cuyos ojos rezumaba algo amarillo. La pequeña había esta jugando con un deformado álbum de fotografías y con el arco de violín de su padre, todo lo que le quedaba de su familia. Grete le aseguró con orgullo que Katia era hija suya, nacida de su encuentro durante su último permiso en 1942. Sí, se acordaba de eso. Se había sentido ansioso, después del desesperado abrazo de su prometida de carnosas piernas, por regresar a Paris, a Sarah.

Sabía que Katia era suya y eso le molestaba. Desearía que no fuera así. Le invadió la culpa por no querer a su propia hija.

Debido a la presencia de Katia, supo que tendría que quedarse y cuidar de ellas, casarse con Grete y mantener así su promesa. Ella se lo merecía, por engendrar a su hija y proteger la casa. Ella misma le contó lo que les había ocurrido a sus padres.

– Helmut, en abril aún no se había derretido la nieve, y mama y papi no podían soportar ver cómo temblaba Katia. Decidieron investigar un rumor sobre mantas procedentes del mercado negro en Hamburgo. Solo funcionaba un tranvía pintado de blanco y rojo para que pareciera transporte médico-dijo-.Lo siento-Grete inclinó la cabeza-. Estoy segura de que no se enteraron de nada, Helmut. Vimos una luz amarilla- Señaló más allá de la embarrada carretera surcada por los boquetes-. Tras la explosión, una columna de humo se elevó hacia el cielo y una lluvia de pequeñas astillas cayó sobre el campo nevado.

Se preguntó si le estaba diciendo la verdad o si la verdad sería demasiado dolorosa. Parecían las explosiones en el yacimiento petrolífero de Siberia en el que había estado como prisionero de guerra. Trabajando en el campo de la helada tundra, los hombres habían sido abrasados y convertidos en cenizas por erupciones de fuego sobre el hilo, delante de sus ojos. Llevaba guantes para cubrir los injertos de piel que entrecruzaban las quemaduras en sus manos.

Se sentó, sintiendo un sudor frío. La fiel e inquebrantable Grete. No se merecía el regalo de su corazón vacío. Pero no había forma de que volviera a Francia: él, un antiguo nazi que acababa de salir de un campo de prisioneros y que buscaba a una chica judía, a una colaboradora.

La Alemania de la posguerra carecía de servicios y de comisa. Grete cocinaba las raíces y tubérculos que encontraba rastreando con las manos bajo la nieve. Mientras hurgaba en el bosque en busca de comida, pensaba en Sarah y veía su rostro en las catacumbas mientras compartían latas de paté del mercado negro.

Pero a su alrededor, la gente hervía y comía la piel de sus zapatos, si es que los tenían. Vendió las perlas de su madre por un saco de patatas medio podridas que mantuvieron el hambre bajo control. Bandadas de niños corrían tras los pocos trenes que funcionaban y se peleaban por trozos de carbón quemado que caían a las vías, a la espera de encontrar alguno que solo se hubiera quemado a medias. No se les permitía regresar a los sótanos hasta que lo hicieran con algo para quemar o para comer.

Aturdido y hambriento la mayoría del tiempo, sobrevivió gracias a su ingenio y a la búsqueda de comida. Por las noches, acurrucado entre Grete y Katia en búsqueda de calor, veía las curvas de los blancos muslos de Sarah, sentía su aterciopelada piel e imaginaba sus ojos azules.

Grete supo desde el primer momento que no la amaba, que había alguien más. Pero se casaron sin lamentaciones. Nadie tenía tiempo para quejarse en la Alemania de la posguerra, y Grete y él trabajaban bien juntos. Constituían un equipo de dos que arrastraba con ellos a Katia. Sus ojos no parecían sanar nunca. Un ojo permanecía cerrado y supuraba continuamente. No había ni penicilina, ni dinero para e mercado negro.

Un día, Grete apareció con los bolsillos de su estrecho abrigo de invierno llenos de tubos y paquetes. Sacó un grueso tubo con un ungüento con un olor metálico.

– Helmut, sujétala, por favor. Esto le hará bien en los ojos-dijo Grete. Lo extendió con firmeza sobre los párpados de Katia y en el interior de los mismos, mientras él sostenía a la niña que se retorcía. Entonces Grete sacó unas bolas enormes de color negro y amarillo del interior de la bolsa de papel-. Buena chica, Katia. Ahora traga esto. Aquí tiene té frío para ayudar a pasarlas-dijo Grete intentando tranquilizarla.

Katia puso mala cara y las escupió. Grete volvió a metérselas a la fuerza en la boca

– ¡Grete! ¡Grete! ¿Qué estás haciendo?- El pensó que Grete se había vuelto loca y que le estaba dando a Katia abejas muertas porque tenía mucha hambre. Echaba chispas por los ojos

– ¡Es una medicina! Tienes que tomarla o se quedará ciega. Gott in Himmel, ¡ayúdame!.

Y él la ayudó. Nunca se le olvidaría cómo eran aquéllas enormes tabletas de penicilina y la expresión en la cara de Grete mientras habían que Katia las tragara. Los ojos de Katia mejoraron y él nunca preguntó a Grete cómo consiguió la penicilina.

SÁBADO

Sábado por la mañana

Aimée, vestida con una chaqueta de lana y pantalones marrones, andaba por el estrecho pasaje tras la rue des Rosiers. Metió la mano enguantada en el bolsillo forrado para mantener el calor. La niebla se extendía por el Marais, casi hasta la place des Vosges. Piedra de siglos de antigüedad, pulida incontables veces, se alineaba a los lados del callejón. Por encima de su cabeza, geranios rojos colgaban de las jardineras en las ventanas.

La luz de una farola rota emitía un zumbido y parpadeaba de vez en cuando. Cerca de allí, en la rue Pravée, había una charcuterie elegante que vendía carnes importadas, la zapateria de Javel y una pequeña tintorería. Sostenía en su mano la fotocopia parcial del recibo que había hecho en Homicidios, esperaba encontrar la otra mitad.

Primero miró en la charcuterie. El dueño, con aspecto de estar muy ocupado, le informó de que todos sus recibos eran de color amarillo, al contrario que el trozo de papel que tenía en la mano. Le sugirió que probara en el negocio de al lado.

Aimée abrió la puerta inmaculadamente limpia de la tintorería de madame Tallard. Un aire cálido con olor a almidón emanaba de detrás del mostrador de desconchada fórmica.

– Bonjour, madame.-Aimée le mostró la copia del papel-.¿Lo reconoce?

La mujer salió de detrás de la plancha y se desplazó junto al mostrador apoyándose en él con la mano. Sonrió miope

– Póngamelo en la mano. Puedo averiguar mucho al tocarlo

La mujer era ciega. Aimée no podía creer la mala suerte que tenía

– Me preguntaba si este sería un resguardo de su establecimiento

Uno de los ojos de madame Tallard era de un blanco lechoso, cubierto por el velo de una catarata, y el otro era bizco

– Me ocupo de la tienda en lugar de mi hija. Su bebé está enfermo.-Le entregó una libreta con las copia de los recibos.

– Gracias.-Aimée hojeó un libro corriente de recibos con sobadas copias de papel de calco

Ninguno de los números se correspondían, pero el impreso sí que lo hacía.

– Ummm…No lo vero-dijo-. Pero el recibo es igual que los suyos

– Ayudo a mi hija si los artículos no tienen manchas o arreglos-dijo madame Tallard con un carraspeo-. El ojo bueno se cansa con demasiada facilidad. Trabajamos con mucho cuidado y cuidamos de los detalles. Ya le dijo a mi hija, todo es demasiado importante para los clientes con prendad de alta costura.

Aimée intentó sentirse esperanzada. Quizá madame Tallard se acordara de algo