– Se trata de un Chanel. Quiza lo recuerde
– Mi hija mencionó uno…¿de color fucsia?
– Vaya, sí-dijo Aimée-. Con botones grandes y abultados.
– ¿Cómo estos?-sacó una caja de botones de debajo del mostrador. Sus dedos se movieron entre ellos hasta que le entregó a Aimée un botón de nácar con las dos letras C entrelazadas.
– Guardo los botones por si acaso un cliente los necesita
– Exacto. Solo que rosa-dijo Aimée al reconocer el tipo de botón de Chanel que había visto en la bolsa de Morbier
– Recogieron el traje el miércoles por la noche.-Madame Tallard golpeó el mostrador con la palma de la mano-. Pero no es suyo…
– Disculpe-dijo Aimée mostrando automáticamente su identificación-. Soy detective privado, trabajo con el Leduc Detectives. ¿Quién recogió el traje fucsia de Chanel?
Madame Tallard se puso tensa
– Mi clientela es confidencial. ¡Se trata de una intrusión!
– Mayor intrusión constituye el asesinato, madame Tallard-dijo Aimée-. Especialmente cuando ocurre a la vuelta de la esquina. ¡De su esquina!
– ¿Se refiere a la mujer de la esvástica?- A la anciana madame Tallard le temblaban las manos
– Me gustaría contar con su colaboración, madame
Madame Tallard movió la cabeza
– Me lo contó mi hija.
– ¿Qué le dijo?
– Que ser vieja en el Marais se ha convertido en algo peligroso.-Avanzó palpando con dificultad y se sentó en un taburete de tres patas. Aimée se inclinó sobre el mostrador.
– Trabajo para la víctima-dijo
– ¿La ha visto entrar alguno de esos imbéciles?
– ¿A quién se refiere exactamente?
– ¡a esos imbéciles que pintan esvásticas en mis escaparates!
Se dio cuenta que madame Tallard tenía miedo.
– La calle estaba desierta cuando yo he entrado.-Aimée miró a través de escaparate. Nadie.-Sigue desierta.
Madame suspiró
– El traje es de Albertine Clouzot. Vive en el callejón de la Poissonerie.
Aimée asintió. El callejón de la Poissonerie: una calle con una fuente neoclásica del tipo de las mencionadas por Voltaire y que conducía a unos patios adoquinados. Muy exclusiva.
– Madame Clouzot siempre nos envía a lavar sus prendas-dijo madame Tallard. Me dice que somos los únicos que limpiamos los bolsillos. Eso es cierto. ¿Qué puede esto tener que ver con ella?
Aimée se sentía alterada. Quizá madame Clouzot había sido testigo
– ¿A qué hora recogió el traje el miércoles?
– No lo hizo madame. Lo hizo el ama de llaves-dijo madame Tallard con remilgo-. No tengo nada que ocultar
– ¿El ama de llaves?
– Vino justo antes de que cerrera. Dijo que madame Clouzot necesitaba el traje para una cena. Esa todo lo que sé
– Cuando cerró la tienda, ¿escuchó una radio muy alta?
Madame Tallard se frotó la frente surcada de arrugas
– No me entretuve. Me fui a casa directamente
Le hizo más preguntas, pero madame Tallard le aseguró que no había oído nada extraño. A Aimée le latía el corazón a mil por hora. Ahora podría interrogar a la dueña del traje de Chanel y a su ama de llaves.
¿Pero que tenían que ver un neonazi de Les Blancs Nationaux que perseguía a Lili Stein y el traje de Chanel recogido por el ama de llaves? Lo archivó en su memoria y continuó bajando por la estrecha calle.
Su objetivo, la zapatería Chaussures Javel, se encontraba varias puertas más debajo de la tintorería. Llevaba deseando hablar con Javel desde que, la noche en la que se conocieron en casa de Lili Stein, Rachel Blum mencionó el lejano asesinato del conserje
Al entrar, unas campanillas tintinearon en la puerta. Desde el alfeizar de la ventana, bajo las cortinas de deslucido encaje, le llegó el ronroneo de un gato de tamaño descomunal
– Bonjour. ¿Monsieur Javer?
– Oui.-Lo pronunciaba “uae”, como hacen los parisinos. Un hombre marchito y oscuro como una pasa, con abundante pelo blanco, se afanaba con un par de zapatos de salón de piel de lagarto. Tenía abrochado a la espalda el delantal, que en algún momento fue de color azul y que ahora estaba sucio de betún.
Después de la sorpresa que se había llevado con madame Tallard, Aimée decidió ir de frente con Javel. Pero eso no quería decir que no pudiera hacer que pusiera tacones a sus botas al mismo tiempo.
– ¿Podría arreglar este tacón?-preguntó
El rostro de Javel hacía juego con la piel sobre la que estaba trabajando.
– Un momento, siéntese-dijo, al tiempo que hacía un gesto en dirección a una banqueta de madera apolillada
Una cenefa amarillenta bordeaba las paredes con manchas de humedad. El suelo de madera oscura barnizada se hundía al pisar algunas de las lamas sueltas, junto a un modesto expositor de tacones y plantillas. En una esquina, una estufa de queroseno dejaba escapar pequeños golpes de calor. Una sensación de abandono prevalecía en el negocio.
Cuando Javel se levantó para coger una herramienta, vio sus piernas. Estaban tan curvadas que parecían paréntesis. Renqueaba al andar, y era casi doloroso solo verlo.
Se acercó a ella para quitarle la bota
– Lo intentaré.-Comenzó a meter ruido sobre su bandeja de trabajo-.Es mejor poner tacones nuevos antes de que se gasten tanto-dijo.
– ¿Conocía usted a Lili Stein?-preguntó, pendiente de su reacción.
El no levantó la vista y siguió trabajando
– ¿La que tenía la tienda en la rue des Rosiers?
Aimée asintió
– Ya me han contado.-La expresión de sus ojos permaneció neutra mientras pegaba un nuevo tacón a su bota-. Brutal. ¿Adónde vamos a llegar?
Ella pensó que demasiado neutral
– ¿No la conocía usted desde hacía mucho tiempo?
– ¿Es usted flic?-Seguía sin levantar la vista
– Soy detective privado-dijo-. Rachel Blum me dijo que usted sabría algo sobre el conserje al que golpearon en el edificio de Lili
Le devolvió la bota. Aimée rebuscó en el bolso al tiempo que él señalaba un cartel en el que ponía: “Tacón nuevo: quince francos”
– ¿Qué tiene eso que ver con usted?-djo mirándola de forma inexpresiva.
– Lili Stein cubrió su ventana con tablones de madera para no tener que recordar la escena-dijo-.¿La conocía usted entonces?
El zapatero resopló
– ¿Espera que recuerde lo que hizo una niña judía hace cincuenta años?
Ella sabía que le ocultaba algo. Solo alguien que conoció a Lili cuando era una niña podía contestar de esa manera.
– ¿Qué es lo que recuerda?-dijo sin alterarse
– Está usted barruntando alguna teoría estúpida, ¿no?-Movió la cabeza-. Sobre Arlette y el grabado de la esvástica. Entonces escuche: Arlette no era judía, ni estaba con los nazis. ¡Vaya a molestar a esos skin heads que pegan patadas a mi escaparate porque si!
– Hábleme de Arlette-dijo-. ¿Era ella la portera?
Golpeó fuertemente con el martillo, haciendo que los clavos y los ojetes de metal que colgaban de la pared salieran despedidos en todas las direcciones.
– Era mi prometida, Arlette Mazenc. ¿Por qué ese interés repentino? Los flics me dieron una paliza. Nunca se investigó… ¿Por qué ahora? Solo porque unos gamberros han matado a una vieja judía, solo por eso se le presta atención, ¿no?
Ella se compadeció del enfadado hombrecillo
– Monsieur Javeclass="underline" creo que existe una relación. Algo que conecta estos asesinatos. Si pudiera concretas más, lo haría-dijo
– Cuando encuentre algo de verdad, entonces venta a verme. Antes no.
– ¿Quién soy?-dijo Aimée, tapando con las manos los ojos de una mujer que estaba de pie delante de unas filas de cilindros de aluminio clasificando botones. El aire de la fábrica estaba impregnado del aroma a romero y a ajo.
Pequeña y fibrosa, Leah estaba ahì de pie, con sus zuecos y sus calcetines, y con una chaqueta de lana sobre su bata del trabajo. Con sus ásperas manos, agarró las de Aimée