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Florence se encogió de hombros.

– Cerca de las seis y cuarto o seis y media. Madame Tallard estaba a punto de cerrar la puerta así que yo entré a coger el traje.

Pero cuando Aimée encontró el cuerpo, el rígor mortis no se había consumado por completo. Sabía que el frío podía retrasar el comienzo del rígor mortis, pero la intensa actividad muscular debida a la resistencia de Lili podría haber expulsado ácidos lácticos que aceleraran el proceso. Sorprendida, se dio cuenta de que eso no concordaba con el horario de Florence. Aún así, tendría que comprobar con Morbier las averiguaciones de la investigación.

Florence se volvió hacia su jefa.

– Lo siento mucho, señora. Tendremos que comprobar su traje para asegurarnos, pero…

– ¿Se me está implicando en un asesinato?-Albertine se acercó indignada a donde se encontraba Aimée y se elevó por encima de su altura sobre los tacones de plataforma de leopardo.

– Claro que no. Eso solo explica una prueba que se puede descartar. El botón, que a Florence le había pasado desapercibido en la oscuridad, se desprendió-dio Aimée en un tono objetivo-. Por supuesto. Ahora lo entiendo. Eso es perfectamente posible.

– Pero la policía no me ha interrogado-dijo Albertine-. ¿Por qué usted?

– Yo no puedo hablar por la policía.dijo aimée mientras volvía a meter en el bolso la libreta casi vacía.

– Esto es absurdo.-Albertine se volvió hacia ella con frialdad-. Si tiene usted más preguntas, diríjase a mi abogado.

Cuando Aimée se dio la vuelta para marcharse, vio que albertine Clouzot le lanzaba a su doncella una mirada airada.

– Hablaremos más tarde-dijo albertine.

Florence salió detrás de Aimée, sus pasos resonaban en las paredes de mármol.

– Acabo de empezar a trabajar para madame Clouzot-dijo dudosa-.Hace dos semanas.

El miedo o el dolor, Aimée no sabría decir cuál de los dos, se dibujaban en el rostro de la madura mujer. Aimée se compadeció de ella.

– Florence, no tengo intención de buscarle problemas-dijo-. Estoy investigando un asesinato.Tenía que asegurarme de quién recogió el traje de la tintorería y de si en realidad le faltaba un botón. Cuénteme si se acuerda de algo que oyó o vio tras salir de la tienda.

– Nada-dijo moviendo la cabeza-. Me apresuré a volver. La señora me estaba esperando.

Pero Aimée vió miedo en su mirada.

– Quizá se cruzó usted con el asesino-dio Aimée achicando los ojos-. ¿Está segura de la hora?

Florence asintió y desvió la mirada

– Cuando salió usted de la tintorería, ¿vio usted a una anciana con muletas?

– No.

¿Estaría mintiendo?

– ¿Se fijó si había skinheads por allí?

– Iba rápido.

– ¿Y una radio a todo volumen?

Florence se puso tensa

– Yo me ocupo de mis propios asuntos, eso es todo-dijo. Pasó las manos llenas de harina por el delantal y al hacerlo sacudió en el suelo una neblina de polvo-. Ya le he dicho que no me ocupo de nada más que de mis propios asuntos.

– Me ha contratado el Templo de E’manuel. Aquí tiene mi tarjeta-dijo Aimée

Con lentitud, Florence tomó indecisa la tarjeta. Al darle las gracias a Aimée le temblaba la mano.

– El Marais es pequeño. Llámeme por teléfono si recuerda algo. En este teléfono estoy disponible día y noche, nada de contestador automático-dijo Aimée. Mientras avanzaba por el corto pasillo sintió su mirada sobre ella.

Aimée no pensaba que Albertine Clouzot o Florence habían matado a Lili Stein. Tampoco parecía haber un móvil, ¿por qué tenía miedo Florence?

Sábado por la tarde

– Vete a comer algo-dijo Leah

Mientras Aimée mordisqueaba el cul de lapin au basilic (conejo a la albahaca) leyó el titular de Le Figaro: “Un grupo neonazi boicotea una manifestación en el monumento judío a los deportados”. La lacónica noticia mencionaba varios grupos de ultraderecha, entre ellos Les Blancs Nationaux

La cocina de Leah, acogedora y calentita por las prensas calientes, la ayudaba a olvidarse del frío. Lo mismo ocurría con el vin rouge que se sirvió de la botella en un turbio vaso. El denso sabor a roble corría por su garganta.

Buscó en su bolso la tarjeta de Thierry Rambuteau. Ya que Morbier no iba a ayudarla, sabía que le correspondía a ella descubrir con quién hablaba Thierry por teléfono. De no ser así, cuando fuera a la reunión de LBN, podría estar cayendo en una trampa.

Conectó un codificador al teléfono Minitel de Leah, empalmó los cables y lo arrastró hasta la pequeña televisión que se encontraba fuera de la zona de comedor.

Llamó a la oficina central de Correos y Telecomunicaciones

– Operaciones, por favor-dijo

– Sí- contestó una voz masculina.

Aimée encendió la pantalla del televisor y trasteó con los ajustes.

– Mi ex marido me está amenazando. Me llama de noche y de día, amenaza a los niños, pero no puedo probarlo.- Aimée elevaba cada vez más el tono de comprobar el número de mi trabajo? Por lo menos sus registros podrán verificar que me llama allí

– Puedo verificar que existen llamadas entrantes-dijo el hombre amablemente-.Solo se me permite comprobar el número de su oficina para ver las llamadas recibidas.

Perfecto. Eso revelaría quién llamó a Thierry mientras ella se encontraba en la oficina de LBN. Y sería incluso más perfecto si el codificador funcionara.

– Merci, monsieur.-Lo conectó-.¡Me haría un gran favor!-dijo-. El número de mi oficina es el 43 43 25 45

Vio como la pantalla del televisor de Leah mostraba el número de la oficina de LBN que ella le había dado, al tiempo que él lo tecleaba. Esto generó que aparecieran varios números de teléfono sobre la pantalla que eran los números que habían llamado ese día a la oficina

– ¿Cuál es el número desde el que llamaría su marido?-dijo él

Se inventó un número y vio que pulsaba las cifras, lo cual hizo aparecer en pantalla la leyenda “sin correspondencia”

– Perdón, señora, pero creo que esta vez no ha sido su marido.

Después Aimée se identificó como secretaria del LBN y llamó para comprobar los cargos en la factura de teléfono de la oficina. Había cinco números de teléfono. El primero era un pequeño proveedor de artículos de oficina con el que LBN tenía una cuenta y el segundo una cafetería de la zona que les servía pasteles. Aimée dudaba si la esquelética mujer comía alguno.

El tercero y el cuarto eran de La Banque Agricole y tenían que ver con información sobre la cuenta. Aimée llamó al quinto número, que resultó ser el de Jetpresse, una imprenta que funcionaba las veinticuatro horas en Vincenne. Prácticamente se había rendido, pero para ser rigurosa, mencionó el nombre de Thierry.

Se sobresaltó al ver que la empleada comenzaba a disculparse

– Ya están listos, mademoiselle-dijo-. Parece que ha habido una confusión. Lo sentimos. Nosotros no realizamos envíos, está en el contrato. Creo que eso no le quedó a usted muy claro.

– Yo los recogeré-dijo Aimée rápidamente-. Esto… ¿Cuántos eran en total?

– Veamos… Veinticinco ejemplares de Mein Kampf, encuadernación de lujo-dijo la empleada.

Aimée casi se atraganta

– Estaré ahí dentro de una hora.

Sábado por la noche

Aimée se aproximó a los neonazis concentrados junto al videoclub ClicClac que estaba cerrado. Se había engominado el pelo hacia atrás y se había ataviado con el atuendo de skinhead. Llevaba los dedos llenos de anillos de plata que le llegaban hasta los nudillos, más como protección que como elemento decorativo. Le hubiera gustado que no le latiera tan fuerte el corazón, que iba al ritmo del parpadeo de las luces de neón de color violeta y verde, sobre la puerta de la tienda.