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Un tendero árabe con poco pelo y vestido con una vaporosa túnica gris, pasó junto a ella rápidamente por la acera de delante de su tienda. En el interior atronaban compases de quejumbrosa música árabe.

– ¿Es tu tipo, chéri?-se burlaron varios de los skin heads-. Si te gusta compartir la calle, ¿por qué no compartes también la tienda del árabe?

Ella gruñó. La caja con las veinticinco ediciones de Mein Kampf pesaba mucho. Le hubiera gustado tirársela a sus lascivas caras. En cambio, sus pullas la obligaron a establecer algún tipo de credencial ario. Odiaba hacerlo, pero empujó al tendero y se chocó contra él.

– ¡Abdul! ¡Mantente en tu lado!-dijo

El mantuvo baja su cabeza y empujó la escoba algo más lejos, murmurando a la vez algo en un francés rudimentario que ella hizo como que no entendía. Siguió avanzando hacia él y lo arrinconó en una esquina. Le brillaba el sudor en la cabeza mientras trataba de barrer alrededor de sus botas de motorista.

– ¿No sabes francés, Abdul?-dijo Aimée-. ¡Vuelve por donde has venido!-De una patada, hizo que la escoba se desprendiera de sus manos.

El se protegió contra la puerta de la tienda al tiempo que vítores aislados surgían entre los cabezas rapadas. Se escurrió hacia el interior de la tienda y cerró la puerta.

Mientras subía las escaleras de ClicClac pudo oír los comentarios.

– ¿Quién es la jodida Eva Braun?

Muchos pares de ojos suspicaces la examinaron. Le latía el corazón tan deprisa que pensaba que se le saldría del pecho. ¿Y si tenía que hacer algo más que pegar una patada a la escoba de un árabe indefenso? Retiró la idea de su mente y se unió a una pareja del tipo rock duro variopinto, que subían las escaleras cogidos del brazo.

Un decorado de brillante imaginería hitleriana le dio la bienvenida al entrar en la sala del piso superior. Fotografías ampliadas de Adolf Hitler saludando a las masas reunidas y enormes esvásticas rojas cubrían las paredes negras, junto con una foto de una alambrada y stalags (campos para prisioneros de guerra durante la Segunda Guerra Mundial) de madera con un círculo rojo atravesado por una línea. En la leyenda que se encontraba sobre ella se podía leer; “Auschwitz=patraña judía”

¿Dónde estaban las fotografías con los esqueletos vivientes vestidos de harapos junto a botes vacíos de gas Zyklon B que habían recibido a los aliados que liberaron Auschwitz? Se imaginó que ese tipo de detalles se encontrarían ausentes esa noche.

Había una foto de un vietnamita cuyo cerebro reventaba a manos de un oficial americano y una de un sonriente chico palestino sin dientes, con el fondo de un Beirut destruido, y que apuntaba con la ametralladora a un cadáver acribillado a balazos. Pero en general, las viñetas de odio eran fundamentalmente nazis.

Thierry Rambuteau, vestido con un abrigo de guardia de asalto negro, de cuero, hasta el tobillo, estaba de pie en la parte frontal de la sala. A pesar de su juvenil afeitado, sus tejanos descoloridos y sus deportivas de alta tecnología, parecía mayor para ese grupo. Alrededor de sus penetrantes ojos azules había líneas de expresión. Aimée pensó que podría tener cincuenta años. Había algo que no le cuadraba con respecto a Thierry Rambuteau. Parecía fuera de lugar. Quizá era su intento por conseguir una apariencia juvenil o el hecho de que tuviera cerebro.

Empujó la caja con los Mein Kampf sobre la mesa. Thierry le señaló con la cabeza un sitio que había reservado para ella. Ella se sentó. Le sorprendieron muchos de los rostros en la habitación llena de humo. Desperdigados entre las cabezas rapadas había camioneros con su mono, algunos con aspecto de profesor de universidad vestidos con pantalón de pana y lo que parecían ser ejecutivos de cuentas con traje. Pero el gripo lo componían mayormente skinheads, con una media de edad de veintitantos años, que daban vueltas por la habitación. Entre las aproximadamente treinta personas reunidas, la mayoría vestían de negro, fumaban o se afanaban por meter la colilla del cigarrillo en botellas de cerveza vacías.

Sintió las miradas sobre ella y miró al hombre que estaba sentado a su lado. Tenía patillas oscuras, pelo engominado y llevaba puesto un chaleco de punto de color visón y tejanos negros sujetos sobre unas caderas inexistentes. Lo que le llamó la atención fueron sus profundos ojos negros y su morro torcidos. Al igual que el metal al imán, se sentía atraída, al mismo tiempo que algo le repelía. El sostuvo la mirada durante un instante más de lo necesario, antes de desviarla. Tras esa mirada ella vio inteligencia y sintió una atracción animal. Los chicos malos eran siempre su perdición.

Habían preparado una mesa con montones de videos gratuitos, un barril de cerveza y vasos de plástico, brazaletes de las SS y cadenas con cruces del Tercer Reich. No había especial prisa por coger los videos, pero la cerveza y las cruces se despachaban con rapidez. Ella echó mano de una cruz con los bordes afilados para completar su indumentaria.

– Kamaradschaft!-Thierry se había desplazado hacia el estado- ¿Bienvenidos! Como siempre, comencemos nuestra reunión con un momento de reflexión.

Las cabezas se inclinaron brevemente y entonces, a una señal que Aimée no escuchó, recorrieron la habitación al unísono gritos en voz alta de Heil Hitler! Los brazos se extendieron para el saludo nazi.

Thierry saludó a su vez. Este sentimiento de hermandad casi religiosa hacía que se le revolviera el estómago. Aunque conocía la filosofía de los neonazis, la horrorizaba verlos en acción.

Se lanzó a una diatriba sobre el hecho de que los judíos son escoria. Ella estudió la reacción de la sala. En casa rostro se reflejaba el odio. Era cierto: Thierry transmitía fervor y un cierto carisma. Explicó con gran seriedad que los científicos habían comprobado que ciertas razas eran genéticamente inferiores. Tal y como simplemente señaló, se trataba de un hecho histórico demostrado por la cultura y la sociedad. Ella tuvo la impresión de que Thierry se convencía de sus propias palabras.

En ese momento se rebajó la intensidad de la luz y se mostró un video. No se trataba de un video casero de aficionado, sino de una producción muy lograda que costaba una buena cantidad de dinero. El título, con letras grandes, rezaba: “La patraña de Auschwitz”

Escenas del Auschwitz actual, rodeado de bucólicos campos de labranza escondidos en un verde valle pastoril, se sucedía en la pantalla mientras una voz con sonido profesional narraba:

“En calidad de grupo independiente, vinimos a ver el llamado campo de la muerte y hemos utilizado equipamiento de última generación para detectar contenido mineral y óseo en la composición del terreno. Tras cuidadosas mediciones en numerosas zonas del campo en las que supuestamente existieron cámaras de gas, no encontramos restos o residuos de gas Zyklon B. No descubrimos evidencia de enterramientos colectivos, o nada que en ese sentido se le pareciera. Los edificios restantes del complejo, de sólida construcción de madera, dan fe de su utilización como campo de trabajo así como de la capacidad de los constructores alemanes, en el sentido de que aún se mantienen en pie después de más de cincuenta años”.

La cámara enfocaba en ese momento las vías de ferrocarril que finalizaban en la verja de hierro de Auschwitz sobre las cuales aún se encontraba el eslogan de hierro forjado: “Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres).

Después de la proyección, un skinhead con estrechos pantalones de cuero y un chaleco de piel que dejaba a la vista anillos en sus pezones unidos por cadenas se puso a gritar

– Estoy orgulloso de ser miembro de la Kamaradschaft

Un coro de gruñidos lo apoyaron. Ella se fijó en una pancarta que se encontraba certa de él engalanada con: “1889: año de nacimiento de Hitler. ¡Entonces comenzó el mundo!”.

– ¡Somos un Volk (pueblo) heroico!-gritó alguien desde atrás-. Como dice el Führer en Mein Kampf, tenemos que comenzar por la raíz del problema, la bacteria mutante que contamina todo lo que toca, y así detener su crecimiento. ¡Ahora es cuando tenemos que golpear!