Thierry golpeó con el puño sobre la mesa al enfatizar los principios nazis.
– La raza aria es superior en todos los sentidos; nuestra confianza debe crecer e invadirlo todo
Aimée se imaginó que los archivos de video, su propio objetivo, estarían almacenados en la habitación de atrás. Tenía intención de registrar la zona tras una gran fotografía a tamaño natural de Adolf Hitler saludando, pero sintió que un dedo se le incrustaba en el brazo cuando se levantó,
– Siéntate-le dijo un camionero de mugriento mono
– ¿Quién es?-rezongó su amigo, vestido con un mono ligeramente más cubierto de manchas
Se sentó nerviosa. Alguien le dio un codazo en las costillas. Se dio la vuelta bruscamente y vio al de los pantalones de cuero que le sonreía. Su pelo rubio platino salía disparado, como si estuviera en posición de firmes.
– Los chicos son los que llevan tatuajes, señorita-dijo acompañado por risitas a su alrededor-. Las mueres arias no los llevan
– Unas sí y otras no-Movió la cabeza a su alrededor y señaló a otras mujeres. No muchas llevaban tatuajes. Algunas vestían trajes tiroleses, pero todas llevaban toscas Dr. Martens-. Depende de las preferencias individuales.
– Usando palabras grandilocuentes, ¿sabes lo que quieren decir?-dijo él.
Ella no contestó, solo hizo chasquear el chicle
– Las mujeres están mejor de rodillas-dijo él-. Estoy seguro de que tú lo estás
Se inclinó sobre su brazo y le puso una mano de hierro sobre el hombro. No podía moverse.
– ¡Ocúpate de tu propio harén, Leif!-gritó una voz junto a él
El hombre moreno con las patillas se deslizó a su lado, retiró los dedos de Leif de su hombre y sonrió. Se abrió paso entre los dos. Leif levantó la vista en uns expresión de burlesca sorpresa.
Aimée se preguntó si habría ido de mal en peor, pero le devolvió la sonrisa. Se incorporó y levantó la mano hasta que Thierry se percató
Aimée se obligó a sonreir
– ¿Por qué no se portan los judíos de una manera honrada? Solo fueron víctimas de la escasez de alimentos en época de guerra, al igual que el resto.
Gruñidos de aprobación la acompañaron al sentarse. Sentía a su lado el calor corporal que emanaba del hombre de las patillas.
– Soy Luna-dijo
– Yves-dijo él sin volver la cabeza
Thierry continuaba hablando
– Leif os resumirá nuestros planes para los próximos días. Os dará los detalles para nuestra misión de esta noche y el protocolo para la manifestación de mañana
Leif se pavoneó en dirección a un encerado situado debajo del original de un cartel de reclutamiento de las SS. Se sintió horrorizada al ver que describía un plan para destruir sinagogas ortodoxas esa noche. Temía que una de ellas fuera el Templo de E’manuel.
Thierry se sentó a su lado
– Te agradezco que hayas traído las publicaciones. No hagas caso del poco tacto de Leif. Se le da mejor la planificación y organización de los detalles.
Se dirigió hacia Yver.
– Prepara el equipo
Yves se levantó de la silla y Aimée lo siguió
Thierry se inclinó hacia ella.
– Escucha esto: te será útil
Aimée asintió e intentó no revolverse en el asiento. ¿Sería Yves el cámara del video? Si estaban grabando esta reunión, ella aún no había descubierto la cámara.
– Unas furgonetas nos llevarán a la sinagoga-dijo Leif en un tono carente de emoción-. Para realizar el trabajo tiene que ser entrar y salir, rápido y despiadado.
Aimée se preguntaba si era así como trataba a las mujeres. El instinto le decía que debía averiguar de qué sinagoga se trataba, decírselo a Morbier y salir de allí como alma que lleva al diablo.
Thierry le dirigió un gesto de aprobación con la cabeza.
– Apuesto a que aprendes rápido. Será mejor que te pegues a nosotros que pegarte algo en el brazo.
Ella pensó que si esas fueran realmente su únicas opciones, mejor sería darse a la droga. En su propio estilo ario parecía que Thierry intentaba ayudarla
– En nuestras misiones nace un sentimiento de unidad-continuó hablando-. Nos juntamos y conseguimos nuestros objetivos. Conseguimos la satisfacción transformando las ideas en operaciones concretas.
Ella tenía la sensación de que estaba hablando de sí mismo, como si necesiara una causa que justificara su existencia.
– Nosotros atacamos primero. ¡Ningún ario volverá a ser una víctima!-arengó Leif desde el pódium a la multitud, que mostró su aprobación con un clamor.
– Se nos encoge el estómago-añadió Thierry-, pero lo hacemos por amor.
Se acercó sigilosamente a Leif para conocer qué sinagoga constituía el objetivo. Ahora él llevaba puesta una chaqueta corta de estilo tirolés, con jarreteras de rayos de metal y cruces de hierro. Lo neonazi convergía con Sonrisas y lágrimas.
– ¿Llegaremos a herir a alguien?-dijo ella con un mohín, lo suficientemente alto como para que él la oyera.
– Si tienes suerte… -dijo él, mirándola de arriba abajo-. Pareces lo suficientemente sana como para ser una cría de cerda.
Por la ventana entraba el resplandor de la luz verde de neón del cartel de ClicClac, lo que daba a sus ojos una apariencia de reptil. Daba miedo. Ella se sentía como un trozo de carne a punto de ser ensartada en una brocheta.
Pero taconeó y levantó el brazo para realizar el saludo hitleriano
– ¿Está bien así?
– Puede pasar. Vamos-dijo Leif.
– ¡Vale! ¿Adónde vamos?
– Eso lo sé yo y se supone que tú lo averiguarás-sonrió él-.A territorio judío. Si eres buena chica podrás patear a alguien. Vamos.
– Guay. Tengo que hacer pis.- Se dirigió a la puerta de atrás y pasó junto a un corrillo de cabezas rapadas ataviados de cuero negro.
Thierry la agarró del brazo con fuerza.
– Por ahí-dijo señalando la dirección opuesta
– Estupendo. Y ahora ¿cómo salgo de esta?-pensó Aimée-. Seguro que Thierry es listo y me ha echado el ojo.- Puso el cerrojo a la puerta del baño y comprobó las pilas de su grabadora. Fina como un lapicero y adaptable al contorno de la espalda, esa grabadora último modelo lo captaba todo, incluso un bostezo a cincuenta pasos de distancia. La había comprado en la tienda del espía antes de que los flics declararan el negocio ilegal y lo cerraran.
Ojalá no sudara tanto; el mecanismo era muy sensible…La colocó en una bolsita de plástico, hizo un agujero para el cable del micrófono y se la pegó a la espalda con celo. Sacó el teléfono móvil del bolsillo de sus vaqueros y pulsó el número directo de Morbier. En este momento no le importaba que la hubiera apartado del caso Stein; necesitaba refuerzos. Mientras lo hacía, bajó la tapa del inodoro, se subió a ella y miró a la calle por la estrecha ventana. Junto al trémulo resplandor de los charcos de la lluvia se veían dos furgonetas alumbradas por la luz de la farola.
No obtuvo respuesta.
Se produjeron unos golpes en la puerta del cuarto de baño
– ¡Salope! ¿Es que no se puede cagar a gusto? -gritó
– Los golpes cesaron
Por fin al otro lado de la línea se escuchó una voz incorpórea
– ¿Sí?
– Póngame con Morbier. Es urgente-susurró
– Está de guardia-dijo la voz-. Ahora le paso
Esto duraba ya demasiado
– Dese prisa-dijo
Un clic, otro clic, y se oyó el estruendo de una voz profunda
– Aquí Morbier
Sin molestarse en introducir nada, comenzó a hablar
– En este momento está en marchar-susurro despacio-. Dos furgonetas cargadas de skin heads se dirigen a atacar sinagogas en el Marais.
Los golpes comenzaron una vez más. Aimée tiró de la cadena, cerró el móvil y lo metió en el bolsillo de los vaqueros. Abrió la puerta y vio a Leif, de espaldas a ella, ayudando a Yves a mover algo pesado por el oscuro pasillo. De las escaleras le llegaba el eco de golpes y Aimée se imaginó que estaban bajando materiales. Junto a ella se encontraba una puerta abierta pintada de negro y rápidamente se escabulló en su interior. Ante ella y a la luz de la parpadeante luz verde y púrpura de la señal de video, vio estanterías llenas de grabaciones catalogadas por fecha. ¿Cuál de ellas?