De la sobada alfombra que apenas cubría el suelo de gastados azulejos emanaba un olor rancio. Las fechas. Eso era lo importante. Echó un rápido vistazo a las estanterías buscando las cintas de las últimas reuniones, las encontró y rápidamente las introdujo dentro de su chaqueta negra de cuero. Conteniendo la respiración, se abrochó la cremallera de la chaqueta hasta arriba, que sonó como el zumbido de una motosierra. Aguantó la respiración, pero no entró nadie. Del pasillo le llegaba el sonido de algo al arrastrarse y de golpes secos en la escalera.
Miró al exterior y analizó el pasillo. Al no ver a nadie, intentó abrir la puerta trasera. Era imposible hacer palanca para abrirla sin hacer más ruido del que estaba dispuesta. Todas las ventanas daban a la calle en la que estaban aparcadas las furgonetas. Avanzó despacio escaleras abajo.
Aún reinaba una atmósfera festiva mientras los miembros se congregaban y reunían en torno a las furgonetas, las cuales habían sido anteriormente azules para el reparto de leche. Ahora el grupo era de unas veinte personas. Mientas se retraía del grupo y se quedaba arrinconada en una esquina, Thierry la vio y se dirigió hacia ella.
– Lleva esto.-Le entregó una pesada bolsa de deporte-. Sube adelante.-Comenzó a conducir al grupo al interior de las furgonetas.
En la parte delantera y ocupando la mayoría del sitio del copiloto había un fornido cabeza rapada de reluciente cráneo vestido al estilo paramilitar. Le apretó la rodilla.
– No te separes de mi-le dijo
– Es un privilegio estar aquí.-Retiró su pezuña de su rodilla y ejecutó una burlona reverencia en el atestado asiento-. ¡No les gusto?
– Siempre sospechan de los recién llegados.-Con un movimiento del pulgar señaló la parte de atrás de la furgoneta-.Todos se ponen como motos cuando llega la hora de la verdad.-Sonrió, y al hacerlo mostró unos podridos y astillados dientecillos marrones-. ¿Estás lista para divertirte? Te gustará, ya lo verás.
Un tufillo proveniente de su boca hizo que mirara hacia otro lado. Especuló con preocupación sobre su iniciación como recién llegada. Negó con la cabeza cuando Thierry le dijo al chico que se moviera para que Aimée pudiera sentarse entre los dos
– Me mareo. Necesito que me dé el aire.- Bajó la ventanilla al máximo, lo cual apenas era más que una rendija.
Por lo menos estaba junto a la puerta. Thierry encendió la calefacción a tope y ella sintió que el aire caliente la golpeaba de plano. La conversación durante el camino consistió en la reprimenda de Thierry al tipo paramilitar por haber borrado cierto mensaje del contestador. Hosco y huraño, él ignoró a Thierry y concentró su atención en Aimée. Ella estaba comenzando a sudar bajo la chaqueta de cuero. Las dos cintas de video se le pegaban como si fueran cola y se le incrustaban en la parte baja de las costillas.
Thierry abandonó los amplios boulevares de La Bastilla y se internó en calles estrechas y oscuras, desiertas y tranquilas. Aimée sentía las gotas de sudor sobre su frente.
– Me estoy mareando. Baja la calefacción-dijo Aimée
De la parte trasera de la furgoneta le llegaron gritos que decían que se estaban congelando y que subiera la calefacción
– Casi hemos llegado-dijo Thierry
Los negocios estaban cerrados y las calles desiertas. Todo era silencio excepto el murmullo en la parte de atrás. En ese momento algo en ella empezó a chisporrotear. Su transpiración había producido un cortocircuito en la grabadora y estaba a punto de freírse
Se inclinó hacia adelante y apagó la calefacción
– Hace demasiado calor-gruño
Un eco de descontento le llegó desde atrás. Cogió un trapo del pegajoso suelo de la furgoneta y se limpió el sudor lo mejor que pudo. Por desgracia, resultó ser el pañuelo del skinhead, que apestaba a pachouli.
– Quádatelo-dio sonriéndola-. Para que no me olvides
El aceite de pachouli emanaba de sus poros y le hacía sentir nauseas. Algo que tenía que ver con los años sesenta
– Cállate-rezongó
El soltó una risita
– Eres de los míos
Cuando Thierry agarró firmemente el volante, ella se percató de la existencia de otro tatuaje en su muñeca
– ¿Qué es lo que pone?-preguntó
– El nombre de mi honor es la lealtad-dijo él con orgullo. La miró con ojos entrecerrados como retándola
– ¡Claro! No podía leerlo desde aquí-asintió-. El lema de las Waffen-SS. ¿Qué era lo que iban a hacer y dónde lo harían? ¿Podría hacer Morbier que los flics llegaran al Marais a tiempo? ¿Y durante cuánto tiempo sentiría los efluvios del apestoso pachouli?
El sudor le goteaba mientras la camiseta de tirantes hecha jirones y los videos se le pegaban al pecho. Volvió a utilizar la grasienta bandana para darse golpecitos y secare el sudor, manteniendo a la vez los videos en su lugar
– Ojo por ojo… ¿No es eso de lo que se trata?-Golpeó con el puño en el agrietado salpicadero-. Todo eso del Sieg heil y so está bien, pero pasarse un poco con algunos de esos cerdos judíos… -dijo riendo al tiempo que le daba margen a Thierry para rellenar los espacios en blanco.
– Las aseveraciones violentas son arte y parte de la solución, pero solo como medio para un fin-dijo Thierry
El cabeza rapada paramilitar frunció el ceño
– ¡Vale ya de charla grandilocuente! Molamos a palos a los judíos
Thierry condujo la furgoneta al interior de una estrecha muesca en el muro del claustro medieval de la pequeña plaza del Marché-Sain-Catherine
Aimée insistió
– No, ya sabes. Nada como ayudar en la solución final. ¿Qué tal si nos ocupamos de ellos uno a uno?
No llegó a oír la respuesta. Se escucharon los ruidosos motores revolucionados de las motocicletas mientras una voz por un megáfono les ordenaba que se orillaran. Como salidas de la nada, la pequeña plaza se llenó de las centelleantes luces azules y las motocicletas de la policía
– Control de alcoholemia-dijo alguien desde atrás-, cuando ella nos ha honrado con su presencia
– Guarda tu mala leche para los flics-dijo Aimée. Esperaba que la táctica de Morbier funcionara
– ¡Fuera!-gritaban los flics. Abrieron su puerta de golpe y volvieron a desplazarla a su sitio. Ella se resistió y embistió con los codos en las costillas al sorprendido flic.
– Quítame las manos de encima-gritó mientras comenzaba a darle patadas en los tobillos
Quería que la arrestaran. Desesperadamente. Salir de allí mientras participaba en la operación encubierta con los videos bajo la chaqueta. Se aprovecharía del control policial, ya fuera este un montaje de Morbier o no
De repente una bota la golpeó en la cadera, lo cual la lanzó contra los flics y sus porras levantadas. Se produjeron roncos gritos de “cerdos fascistas” y entonces se montó una terrible. Los gritos de dolor resonaban en la pequeña plaza. Ella comenzó a avanzar sobre los húmedos adoquines. Consiguió llegar al otro extremo de la furgoneta y casi escaparse.
– Date prisa-gritó Thierry mientras la empujaba al interior y accionaba el contacto
No tuvo tiempo de apreciar la ironía de la situación o como podría huir. Mientras arrancaban, Leif entró de un salto por la puerta corredera abierta y la cerró de golpe.
Thierry apretó el acelerador. Eso hizo que la furgoneta virara de manera descontrolada y Aimée se protegiera la cara con las manos. La furgoneta se lanzó contra un musgoso chorro de aguar que salía a borbotones sobre la estatua de Santa Catalina. Después de rayar el lateral de la furgoneta y desportillar la estatua, Thierry enderezó el volante y salió de la plaza a toda velocidad.