– Era el sitio de los antiguos tanques de los curtidores-explicó Yves poniéndola sobre un sofá-. Esta era una fábrica de sillas de montar. Sillas para la policía y la caballería-sonrió.
Aimée se sentía pegajosa y tenía calor, pero no se atrevía a quitarse la cazadora de cuero. Había empezado a sentir un punzante dolor en el brazo. Era curioso ver como dolían las cosas cuando se tenía tiempo de reparar en ello. Estaba segura de que sus poros habían absorbido la grasa y el aceite del pachouli, y necesitaba lavarse.
– Un Rémy, ¿de acuerdo?-dijo Yves y le entregó una copa de licor.
Hacía años que Aimée no tomaba un Rémy Martin VSOP. Casi ronroneó de placer al sentir que se deslizaba por su garganta. Este neonazi tenía sin duda más clase que sus camaradas.
– Necesito lavarme-dijo
– Estas en tu casa-dijo él con un ademán
Ella tomó el Rémy con las dos manos y fue renqueando hacia la cocina. Dentro del cuarto de baño con azulejos blancos, hizo un montón en el suelo con su ropa y se aseguró de que las cintas de video estuvieran a salvo en el bolsillo interior de la cazadora.
Lo bueno era que le dolía tanto el hombro que apenas sentía nada más. Abrió el grifo del agua caliente. Rezó para que hubiera suficiente agua como para llenar la bañera y se arrodilló sobre una mullida toalla frente a un viejo espejo del marco dorado. Después de haber pegado otro trago de brandi, se percató de que una fina línea roja de piel chamuscada le recorría la columna.
Tenía el hombro dislocado, pero esto ya le había ocurrido antes y sabía lo que tenía que hacer. Con el brandi suficiente podría hacerlo. Apretó los dientes y rotó la articulación del hombro en sentido contrario a las agujas del reloj hasta llegar a la posición de las tres en punto. Tomó otro trago y estiró la mano izquierda hasta alcanzar el hombro derecho. Tomó aire, estiró la mano izquierda hasta alcanzar el hombro derecho. Tomó aire, estiró el brazo hacia fuera, lo hizo girar ligeramente y con un suave ruido volvió a colora la articulación en la posición de las doce. El dolor se extendía desde el cuello hasta la punta de sus dedos. Escuchó un grito ahogado tras ella. Yves estaba en el espejo, con una mueca de dolor, vestido aún con vaqueros y jersey.
Se arrodilló junto a ella y la tomó entre sus brazos con cuidado.
– ¿Estás bies?
Ella asintió y le dedicó una sonrisa torcida
– No te desmayarás, ¿verdad?-Seguía acunándola en sus brazos.
– Todavía no
Le sirvió otra copa y ella sorbió despacio
– Estoy bien
Despacio, él le acarició el pelo húmedo
– ¿Qué tipo de fuera de la ley eres?
– Una loca, mala y peligrosa. Pero soy yo la que tendría que preguntarte eso.
– Si lo haces, te contestaré lo mismo, Se rió y en ese momento Aimée supo que estaba abocada al peligro
Acabaron en la bañera con la botella de Rémy, rodeados de vapor, la mayoría del cual lo habían generado ellos mismos.
Aimée se deslizó en el interior de sus grasientos vaqueros y dejó a Yves dormido. Pero no antes de robarle el jersey marrón y de registrar su apartamento. Justo al salir de la cocina abierta, encontró un pequeño despacho con un ordenador último modelo, una impresora y un escáner en color. Estaba claro que Yves tenía un trabajo decente durante el día. Buscó por todos los sitios, pero no pudo encontrar otros videos.
Cogió un taxi, se cambió a otro en St. Paul y se trasladó hasta su casa. Solo por asegurarse, volvió sobre sus pasos dos veces en el muelle. Faltaba una hora para el amanecer. Miles Davies la saludó en el oscuro piso, la olisqueó aparatosamente y hurgó en el interior de su cazadora con olor a pachouli. En el exterior, recortado contra la farola del muelle, la negra sombra del Sena reptaba como una serpiente.
Aimée se sentía más culpable de lo que nunca en su vida se había sentido. Se tenía que haber alejado de él de alguna manera. Pero había bebido demasiado y había disfrutado con la manera en la que Yves la había hecho sentirse. El brandi no le había aturdido el cerebro: sabía lo que hacía. Y ella había querido hacerlo. ¿Y si él hubiera tomado parte en el asesinato de la anciana? Era vomitivo. Le revolvía las tripas. ¿Cómo podía haberse acostado con él?.
Abrió una botella de agua mineral Volvic y tragó un puñado de píldoras de vitaminas B y C. Deslizó en su reproductor el video de Les Blancs Nationaux con la etiqueta “Reunión de noviembre de 1993”. Miles Davis se acomodó en su regazo y lo abrazó, intentando prepararse para la cruda verdad.
DOMINGO
Domingo por la mañana
– Felicidades, mein Herr.-Ilse le apretó el brazo y susurró-. ¡Haremos que reviva el pasado!
Hartmuth tenía miedo de que su sonrisa pareciera una mueca de dolor y desvió la mirada. Se concentró en el calvo alcalde de París, de pie entre los diplomáticos europeos que asistían a la ceremonia. Sólo una vez se movieron sus ojos hacia la pared gris de la sala.
Recordaba bien esas paredes. En esta misma habitación había archivado órdenes de deportación de la población judía por cuadriplicado. Su Kommandant consideraba la deportación una simple función de negocios de la ocupación. Los judíos eran “material a retirar”, sujeto a formalidades pesadas y rutinarias, formalidades que a Hartmut h se le ordenaba llevar a cabo cada vez que barría el Marais en una redada contra los judíos. Había encontrado demasiado tarde a la familia de Sarah. Ya los habían deportado en un convoy a Auschwitz.
Ilse estaba radiante de alegría bajo el ala de su sombrero rosa. Al otro lado, Cazaux reía amistosamente con el alcalde. Después de la ceremonia de apertura, Hartmuth acompañó a Ilse, con sus zapatos ortopédicos marrones, al lado opuesto de la rotonda de azulejos blancos y negros.
Entró en la limusina que lo esperaba y que los llevaría a la iglesia d Saint Sulpice. Allí dentro, en la nave con aroma a incienso, bajo los fantasmas de mirada maliciosa aprisionados en el mural de Delacroix, exhaló el aire velozmente. Se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Se dijo que pronto, muy pronto, todo habría terminado. Unos días más y estaría de vuelta sano y salvo en Hamburgo.
Mientras las campanas repicaban y el grupo descendía los escalones de mármol de Saint Sulpice, sintió que se le ponían los pelos de punta.
Tenía la extraña sensación de que lo vigilaban. Por supusto, los Hombres Lobo vigilaban, pero esto era distinto. Y no sabía si le importaba.
En la recepción que siguió, Cazaux sonrió y lo llevó a un lado.
– Tenemos que hablar del futuro de la comisión de comercio. Ya sabe, creo que usted estaría capacitado para liderar las negociaciones.
Hartmuth no quería tener esta conversación. Y tampoco creía en el tratado injusto que se veía presionado a firmar. Le daría largas a Cazaux y ganaría tiempo. Puede que pudiera presionar a otros delegados para que se comprometieran con las políticas más duras. No albergaba demasiadas esperanzas, pero lo intentaría.
– Me siento halagado-djjo-. Otros están mucho más cualificados que yo.
– Los políticos no podemos permitirnos el lujo de ser modestos.- Cazaux guiñó un ojo y le dio unas palmaditas en la espalda-. La comisión se reunirá después de que se haya firmado el tratado. Lo primero es lo primero.
Quimper, el delegado belga de rosadas mejillas, se les unió.
– ¡Este paté es soberbio!-dijo, dándose suaves golpecitos en el bigote con una servilleta
Cazaux sonrió.
– ¿Puedo ofrecerle la intimidad de mi despacho para que efectuéis una lectura detallada de las cláusulas del tratado?
Hartmuth ya había visto los anexos. Se imaginaba que Cazaux quería conseguir primero la aprobación de Bélgica y de Alemania, y luego convencer a otros delegados para que se mostraran de acuerdo.