Выбрать главу

– Por lo que entiendo, ministro Cazaux-dijo Hartmuth-, a los delegados de la Unión Europea, en su conjunto, se les presentará mañana el tratado y discutiremos los detalles o posibles cambios antes de su ratificación.

Una sombra pareció cruzar el rostro de Cazaux por un instante, pero desapareció de inmediato.

– Pero, ¡claro que está usted en lo cierto, Monsieur Griffe!-asintió con tristeza. Les pasó el brazo por los hombros y estudió el suelo.

Hartmuth miró a Cazaux fijamente.

– Este tratado elude las diligencias legales debidas para los emigrantes. E l mandato permite que sean retenidos en centros de detención indefinidamente, sin ser juzgados por un tribunal con juez o jurado. Ningún tribunal superior lo sancionará.

– ¿Un tribunal superior? No, querido Monsieur Griffe. Nunca llegará hasta ahí. Una vez que se apruebe y firme el tratado, desanimando así a nuevos emigrantes, comenzaremos con los procedimientos para deshacernos de esas cláusulas.- Cazaux sonrió ampliamente-. Las cláusulas se borrarán… ¡como si nunca hubieran existido! La inmigración se habrá reducido a un simple goteo. Y, voilà, nuestras conciencias descansarán tranquilas después de eso.

– Ya tendremos tiempo mañana de ocuparnos de todo eso-dijo Hartmuth.

– Por supuesto, caballeros.- Cazaux sonrió y volvió a rodearlos con sus brazos-. ¿Dónde he dejado mis buenos modales de anfitrión? ¿Y dónde está ese paté?

Hartmuth sentía sobre su hombro el apretón de Cazaux, como si de una pezuña se tratara. Más que nunca, deseaba estar lejos de allí

Domingo a mediodía

Sarah se caló el sombrero sobre los ojos. Se sentía desorientada, luchando contra los cambios producidos en los cincuenta años desde que ella se había marchado y el viejo París que conocía.

– Bonjour, Monsieur. Le Figaro vespertino, por favor.

Pagó y pasó bajo las húmedas columnatas de la place des Vosgues. Extrañamente, el Marais le resultaba igual que antes, y sin embargo distinto. Los recuerdos la acosaban desde cada rincón

L viento azotaba las hojas secas que crujían alrededor de sus piernas y ella comprimió su delgada figura en la gabardina. El aroma a castañas asadas se extendía por la plaza. En la parte inferior de la contraportada, vio el artículo que buscaba.

Asesinato en el Marais

Lili Stein, de sesenta y siete años de edad, del 64 de la rue des Rosiers, apareció muerta a última hora del miércoles por la tarde. Según los resultados de la autopsia, fue víctima de un homicidio.

Las investigaciones policiales se centran en el Marias y en el distrito cuatro. El Templo de E´manuel ofrece una recompensa a cambio de información que conduzca a la detención y condena de las personas involucradas.

¡Aquí estaba el asesinato de Lili, confirmado por escrito! Se le debía haber pasado la primera mención al mismo en los periódicos anteriores. Por encima de su cabeza, los acordes de un violín que tocaba “Coeur Vagabond” se escapaban por una ventana abierta.

Su madre tarareaba esa canción los días de colada antes de que la brigada móvil francesa, supervisada por la Gestapo, detuviera a su familia en la redada del Velódromo de Invierno y los deportaran a Auschwitz en julio de 1942.

Comenzó a temblar, y no era a causa del gélido viento de noviembre. ¿La buscaban también a ella? ¿Y Helmut?

Domingo a mediodía

}aimée encontró a Abraham Stein en la sinagoga Templo de E’manuel, situada a pie de calle en la rue des Êcouffes, una calle con forma de astilla que cruzaba la rue des Rosiers. La sinagoga se encontraba junto a una frutería que exponía sobre la acera tarros de oscuras berenjenas color violeta, brillantes pimientos verdes y patatas con costra, que anteriormente había sido una papelería.

Abraham parecía estar más delgado, si eso era posible. Oscuros círculos rodeaban sus ojos, y la camisa de rayas azul oscuro le hacía parecer un inquilino de un campo de concentración sacado de un viejo noticiero. E funeral de Lili Stein había hecho que la pequeña comunidad se reuniera en el interior de la diminuta y oscura sinagoga.

A Aimée todo le parecía hecho a medida de la tradición: hablar en voz baja, e olor del tocino antes de que la sopa de pollo se desgrasara en algún lugar de una cocina cercana, el brillo de los candelabros de bronce, y el tacto del áspero banco de madera. El presente se desvanecía.

Volvió a convertirse en una niña, con calcetines que siempre se le resbalaban y jerséis de lana que picaban y le rozaban el cuello. Jugueteando, como siempre. Intentando ser tan francesa como los demás, la lucha continua durante su niñez. Su madre que le sostenía las manos, le hacía la señal de la cruz, le decía que dejara de mezclar el inglés con el francés.

– Mais, maman, ¡no puedo evitarlo!-suplicaba ella

– Deja ya de hablar ese franchinglis, Amy. A tu edad ya tenías que saber-decía su madre. Pero le resultaba tan ajeno como sentirse francesa.

– Cuanto antes aprendas, mejor.-Eso es lo que decía su madre-. ¡Así ya podrías cuidar de ti misma!

– Baruch hatar adonhai.

Regresó despacio al presente, cuando un par de manos marchitas agarraban las suyas y la ayudaban a hacer movimientos con ellas. Pero no era su madre. Era una mujer de pelo blanco, con los ojos nublados por las cataratas, a la que nunca antes había visto.

– Très bien, mon enfant!- La anciana de desencajados dientes postizos sonreía abiertamente al abrazarla.

Aimé se echó hacia atrás desilusionada. Su niñez había desaparecido y su madre no volvería. Tomó aire se liberó con suavidad y apretó agradecida las nudosas manos de la anciana.

En el exterior, saludó a Sinta con la cabeza y se dirigió a Abraham Stein que se encontraba sobre la acera. Parecía melancólico, como siempre.

Rachel Blum, encorvada y vestida con un viejo y holgado vestido estampado de flores, desapareció tras una puerta de madera frente a la sinagoga.

– Perdone-dijo Aimée a Abraham. Llamó varias veces a la puerta de madera. Finalmente, una tablilla de madera dejó ver una rendija.

– Hola, Rachel. Soy Aimée Leduc. ¿Puedo entrar un momento?-dijo.

Rachel no sonrió al mirar al exterior.

– ¿Por qué?

– Se me olvidó preguntarle algo

Despacio, Rachel abrió la pesada puerta con un chirrido

– ¿Cómo está, Rachel?-dijo Aimée y entró en el mohoso vestíbulo

Rachel suspiró

– Pies planos. Así lo llama el médico. No aguanto mucho de pie, mis pies no aguantan, no tanto como solían

Se dirigió hacia Aimée. Se sentaron juntas en un banco de madera en el vestíbulo de oscuro suelo.

– Andar demasiado sobre piedra… Eso es lo que lo provoca.-Se había quitado el zapato y se frotaba la planta del pie-. Las escaleras de la casa de Lili antes eran de madera. La piedra hace que me duelan los callos.

– ¿Es ahí donde estaban las huellas teñidas de sangre?-Sorprendida, Aimée recordaba la descripción de Rachel. Los hombres de Morbier también habían encontrado evidencia ahí de la sangre de Lil Sten.

– No se rinde, ¿verdad?

– Nadie merece morir así-dijo Aimée con el rostro sofocado-. Sin embargo, cada vez que pregunto sobre el pasado de Lili Stein, la gente no quiere hablar. Me dicen que por qué no persigo a los neonazis, que haga algo.

Rachel continuó frotándose el pie sin mirar a Aimée

– No me importa cómo encaja usted en el pasado de Lili Stein-dijo Aimée-. Se niega a hablar conmigo porque piensa que voy a juzgarla. Nadie de mi edad entendería por lo que tuvieron que pasar durante la ocupación, ¿no es así?

Aimée trataba de mantener un tono de voz neutro, pero no lo estaba consiguiendo