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– ¿Quién le da el derecho a decidir? E, incluso si no lo entiendo, ¿quieren que el horror de lo que tuvieron que pasar permanezca oculto para siempre?

Rachel seguía evitando la mirada de Aimée

– Mírame a la cara, Rachel-dijo Aimée. Rachel negó con la cabeza.

– El asesinato de Lili no fue una de las especialidades de los skinhead. Esa esvástica era al estilo de las Waffen-SS-dijo-. Las SS… ¿no lo entiende? O puede que no quiera entenderlo

Rachel se encogió de hombros

– Usted es la que tiene las teorías importantes

Aimée se recostó y se sintió derrotada, al tiempo que el duro banco le rozaba la zona quemada de su columna. Movió la cabeza y habló como si lo hiciera consigo misma

– ¿Quién será la siguiente?

Rachel suspiró

– El asesinato de Arlette ocurrió después de una gran redada contra los judíos en el Marais-dijo

Aimée se quedó helada

Rachel movia las manos en el aire, enfatizando así sus palabras.

“Después de eso, los judíos permanecieron en el interior de sus casas. Solo salíamos a las compras a ciertas horas del día, hasta teníamos miedo de eso. Entonces fue cuando la Gestapo comenzó a realizar más redadas. Casi todas las noches. Nunca lo olvidaré. E medio de la noche, el chirrido de los frenos en la calle y pasos que resonaban en la escalera. ¿Se detendrían en tu piso? ¿Gritarían “¿Abran!” y destrozarían las puertas con sus botas? ¿O seguirían y escogerían a otros esa noche? Mi vecina de abajo les tomó la delantera. Cuando estaban echando abajo su puerta, cogió a sus dos pequeños, que estaban dormidos, y se tiró por la ventana, justo a la rue des Rosiers.- Rachel señalo la calle-. Justo delante de este edificio. Me gusta pensar que esos niños no se despertaron hasta llegar al cielo.

Aimëe sentía que había algo extraño en la manera en la que hablaba Rachel; pero no sabría decir exactamente quë Rachel tomó aire y siguió hablando

“En el apartamento de Lili no pudieron limpiar la sangre de esos pasos Nadie subía las escaleras, acabaron por taparlos por encima con estuco.- Se inclinó hacia el oído de Aimée

Aimée se revolvió en el oscuro y estrecho banco

Algunos dicen que eran los pasos manchados de sangre de Lili, porque eran pequeños-susurró-. Pero Lili no estaba. No regresó hasta la liberación, y estaban ocurriendo tantas cosas que a nadie se le ocurrió interrogarla. Una vez le pregunté sobre el asesinato de la portera del que había sido testigo, pero no dio detalles. Nunca quería hablar sobre la ocupación, decía que la guerra ya había terminado. Sin embargo, le gustaba contarle a su hijo cómo se las veía con los colaboracionistas. A veces, Lili podía ser malvada-añadió

– ¿Quién encontró a Arlette, la portera?- preguntó Aimée

– Javel. Parece que vino a buscarla esa misma tarde y vio un montón de sangre. La encontró en el tragaluz, con los sesos deparramados.

– ¿Qué quiere decir con eso de “un montón de sangre”?-dijo Aimée

– Yo no estaba allí, pero es lo que tengo oído.-Rachel Blum volvió a meter presión el zapato en el pie y se levantó despacio-. Deje que le diga algo: la gente sí se hacía preguntas sobre el asesinato de Arlette, ya que no era judía. Según los rumores, era un BOF, pero entonces cualquiera podía hacerlo en París

– ¿Una BO?

– Beurre, oeufs, fromage: mantequilla, huevos y queso-dijo Ranchel-. Era la moneda del mercado negro. Le sorprendería saber cuantos presuntos miembros de la Resistencia hicieron una fortuna de esa manera. Todos tenían envida de los BOF. Me acuerdo de Arlette como una persona tonta y avariciosa. Siempre hablaba de su novio. Ahora que Lili ya no está, supongo que nadie lo sabrá.

Aimée se preguntó por qué, si Lili había presenciado un asesinato, nunca se lo había dicho a nadie

Rachel se volvió y miró a Aimée con firmeza

– No saldrá nada bueno de volver a sacar todo esto a la luz-dijo-. Deje en paz a los muertos

– No es la primera vez que lo oigo. ¿Va a poner usted más obstáculos en mi camino, Rachel? ¿Va a volver a amenazarme?

Rachel movió la cabeza con determinación

– ¡Usted me envió el fax!-dijo Aimée

– Se lo diré una vez más: olvide el pasado. Se acabó.-La mirada de Rachel se endureció

– No, Rachel.-Aimée se puso en pie. Ahora la historia tenía sentido-. Usted debe revivirlo cada día. ¿Era usted una confidente? Cincuenta años no es castigo suficiente, ¿verdad?

La bravuconería de Rachel se desintegró y se cubrió el rostro con las manos

– No tenía que haber ocurrido así-gimió-. Fueron al piso equivocado. Yo no quería

– ¿Cómo puede decirme que olvide el pasado?-dijo Aimée-. ¡Usted vive atrapada en él!

– Tres días más tarde nos llevaron a todos

Aimée movió la cabeza. Rachel permanecía encogida, la mirada perdida en la distancia

Aimée salió al exterior, a la animada rue des Rosiers. La escalera de Lili albergaba respuestas. El problema era cómo obtenerlas. Un gran problema.

Se acercó a Abraham e ignoró la mirada de Sinta. El carraspeó

– Tenemos que hablar-dijo Aimée

– D’accord.-Se volvió hacia Sinta, pero ella ya se había marchado.

Anduvieron despacio por la rue des Rosiers, dejaron atrás la tienda de Stein y se dirigieron hacia la rue du Temple. En la place Ste. Avoie, frete a las columnas romanas cubiertas de grafitis, se sentaron en la terraza de la cafetería.

– Lo siento, mademoiselle Leduc. Sus intenciones son buenas, ya lo sé. El rabino del Templo de E’manuel me dio que tenía que ser de más ayuda, y no ser tan intolerante.-Abraham Stein bajó la vista hacia sus manos

Ella se mantuvo en silencio hasta que el camarero les sirvió un agua mineral a él y un café con leche doble a ella

– Las cosas no son fáciles ahora para usted, monsieur Stein-dijo ella-. Lo entiendo

En la acera, un padre agarró a su niña pequeña, que se había tropezado en el bordillo antes de que se chocara con un coche que se acercaba. Enjugó sus lágrimas con un abrazo y la colocó sobre sus hombros.

Aimée recordó su doceavo cumpleaños, cuando se negó a que su padre siguiera acompañándola a su clase de ballet. Para su sorpresa, a él no le molestó. Solo había mostrado su exasperación moviendo la cabeza y diciendo que, puede que solo fuera francesa a medias, pero que la cabezonería era del todo parisina. Entonces la había abrazado, un abrazo largo y fuerte, algo que rara vez había hecho desde que su madre se marchó

– ¿Qué ha averiguado?-preguntó él

Ella dejó a un lado sus recuerdos

– Ayer por la noche me alisté con Les Blancs Nationaux y casi destrozamos a golpes su sinagoga

Abraham se atragantó con el agua mineral

– ¿Qué?

Aimée le contó lo de la reunión de los neonazis en el ClicClac y lo de su objetivo. Evitó la parte sobre su hombro y sobre Yves

El abrió los ojos de par en par, alarmado

– Por favor, cuénteme con detalle lo que hizo su madre el pasado miércoles por la tarde

El se concedió una pausa para pensar

– Normalmente, los miércoles se tomaba la tarde libre, hacía recados, compraba algo de comer especial para el Sabbat

– ¿Cocinó?

El negó con la cabeza

– Normalmente los miércoles cenamos en casa de mi sobrino Ital. Pero esa noche maman no apareció. Así que yo fue a buscarla

– ¿Vive cerca Ital?

– A la vuelta de la esquina, en la rue Pavée

Ella revolvió el café con excitación

– ¿Cerca de la zapatería de Javel?

– En el portal de al lado

Ella pensó que, de alguna manera, todo concordaba y recordó los zapatos del armario con los tacones recién puestos que había mencionado Sinta

– ¿Había recogido un par de zapatos ese día?