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En su pantalla aparecieron archivos de identidad de la Interpol contrastados con los del Centro de Documentación de Estados Unidos de la posguerra en Berlín, de aproximadamente 1948. En ellos aparecía en la lista de fallecidos un tal Helmut Griffe, como combatiente en la batalla de Stalingrado. Eso era todo.

Obviamente, habían manipulado los datos. Aquí había una prueba. Pero no suficiente para identificar cuál de esos tres nazis seguía vivo, en el supuesto de que alguno lo hiciera.

Sinta le había dicho que Lili sentía que los fantasmas la acosaban. Pero el fax amenazante de Rachel la había advertido de que dejara en paz a los fantasmas.

Domingo por la noche

– Resérveme un billete en el vuelo de la noche a Hamburgo, por favor.-Hartmuth tamborileó con los dedos sobre el elegante secreter de nogal que hacía las veces de mostrador en la recepción del hotel.

Esa tarde se había dado cuenta de que ya había aguantado suficiente. Había aplacado los humos de Cazaux al firmar el tratado, y había hecho felices a los Hombres Lobo. El acuerdo de la Unión Europea sancionaba los cambos de concentración, pero queizá era eso lo que Cazaux quiso decir cuando había prometido que se eliminarían las cláusulas racistas posteriormente.

Hartmut pensaba que podría detenerlo. Ahora se daba cuenta de lo fútil que era eso: nadie podía detener a los Hombres Lobo. Ahora solo deseaba acatar la disciplina de partido y volver a Alemania. Los Hombres Lobo ganarían, daba igual; sus garras se extendían por todas partes.

– Por supuesto, monsieur. Le informaré cuando se haya completado la reserva-dijo el empleado.

Al darle las gracias amablemente, Hartmuth pensó que así se podría librar del fantasma de Sarah que habitaba en su mente. ¡Qué idiota había sido al pensar que podría haber sobrevivido! Pero en lo profundo de su ser, se había encendido la llama de una diminuta esperanza. Tampoco existirían informes sobre ella: él mismo se había ocupado de eso en 1943. Hartmuth miró tristemente la place des Vosgues a sus pies.

– Perdone, monsieur Griffe-dijo el recepcionista con una inclinación de cabeza a modo de disculpa-. Casi se me olvida: ha llegado esto para usted.-Le entregó a Hartmuth un sobre blanco grande.

Hartmuth le dio las gracias distraídamente y se dirigió al ascensor. Al entrar y saludar con la cabeza a los otros ocupantes, se fijó en su nombre sobre el sobre. Estaba garabateado en la caligrafía cursiva característica de su época, no con la letra de hoy en día, redonda y uniforme. El sistema cambió después de la guerra, como tantas otras cosas. Cuando el ascensor se detuvo y dejó salir a una pareja, tuvo ganas de que llegara la noche y despegara su avión. Por fin estaría a salvo. Conseguiría escapar de París.

Hartmuth percibió un bulto en el sobre. Y entonces le entró el pánico. ¿Habría recogido, confiado, una carta bomba? Después de todo, esto era París. ¡Continuamente ocurrían atentados terroristas! Le comenzaron a temblar tanto las manos que se le cayó el sobre. Pero lo único que sucedió fue que un trozo de marfil envuelto en una descolorida tela amarilla salió rodando sin hacer ruido sobre el suelo enmoquetado del ascensor.

Se arrodilló y desdobló con cuidado la ajada estrella amarilla, la “J” bordada de manera infantil con hilos negros rotos que se obligó a llevar a todos los judíos. ¿Podría ser de Sarah? Llevaba tantos años viéndola en sueños que se acordaba de ella. Sostuvo el marfil entre las manos. No había nada más en el sobre. ¿Estaría viva después de todos estos años? ¿Habría sobrevivido?

Ese hueso había sido su señal. Ella dejaba el hueso sobre una repisa en el exterior de las catacumbas. Quería decir “Nos venos esta noche”. ¿Quién más le mandaría un mensaje así? Las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos

Iría a encontrarse con ella donde siempre lo había hecho. Cuando cayera la noche y las luces se escondieran tras la salamandra de mármol sobre el arco. Hartmuth volvió a bajar en el ascensor y se dirigió a la recepción

Sonrió

– Perdone de nuevo. Ha habido otro cambio de última hora. Cancéleme el vuelo de esta noche. ¿Quién entregó el mensaje para mí?

– Lo siento, herr Griffe. Acabo de empezar el turno a las dos y el mensaje ya estaba aquí

– Claro, gracias-dijo Hartmuth. Sentía que el recepcionista podía oír los latidos de su corazón. Dentro de unas horas estaría oscuro. Siempre se habían encontrado justo después de la puesta del sol, la hora más segura, ya que a los judíos se les prohibía permanecer en las calles después de las ocho de la tarde.

Salió del vestíbulo, a través del patio rebosante de geranios rojos a la place des Vosgues bañada por el sol. Cruzó la verja, la cerró a sus espaldas y dejó que los pies y la mente vagaran. El deber. Hartmuth lo sabía todo sobre ello ya que la mayoría de su vida estaba basada en éclass="underline" su vida política, su matrimonio y ser un recto alemán

Los plátanos aún mantenían algo de su follaje, pero las hojas amarillas caían y danzaban en las burbujeantes fuentes. Niños pequeños envueltos en cálidas chaquetas perseguían a las palomas y se tiraban al césped entre gritos de regocijo. Como lo había hecho una vez su hija, Katia. Antes de que se hubiera puesto a ciegas ante un camión del ejército americano en las afueras de Hamburgo para morir en los brazos de Grete. Solo tenía seis años.

Pero no podía olvidar la primera vez en la que vio a Sarah. Podrían haber salido directamente de la balda de figuritas de porcelana de la pared de la casita de campo de su abuela en Bremerhaven.

Cuando era un niño, pasaba los veranos en la casita jugando con sus primos cerca del mar. Se quedaba mirando la colección de su abuela, a veces durante horas, y se inventaba historias sobre cada figurita. La abuela nunca le permitía tocarlas, eso estaba prohibido, pero se sentía satisfecho con poder mirar

Su favorita, aunque se había tratado de una difícil decisión, era la pastora, con su pelo ondulado negro como el carbón, los ojos azul celeste con pintas de un azul más oscuro y piel de porcelana blanca. Sostenía una vara y llamaba a su suave y sedosa oveja, cuyas pezuñas quedaron para siempre suspendidas en el aire.

Por supuesto, ya todo había desaparecido. La casita de su abuela, al igual que kilómetros de extensión de otras casitas suburbanas, habían sido bombardeadas durante los primeros ataques aéreos sobre el puerto de Bremerhaven.

Pero Hartmuth había visto a su pastora en carne y hueso ese día de 1942. Había estado vigilando el Marais más cerca del edificio de la salamandra. Una figura se inclinaba en el patio de las adormecidas ventanas del mediodía con las persianas bajadas y acariciaba a un gato de color naranja como la mermelada.

Una chica de ondulado cabello negro había elevado la vista y le había sonreído al acercarse. Tenía los ojos de un azul increíble y la piel como el alabastro. Su expresión cambió al ver el uniforme negro con el símbolo de las SS y sus pesadas botas militares. El había ignorado su expresión de terror cuando ella se levantó con voz entrecortada. Hartmuth siempre la recordaba como la única chica francesa que lo había saludado con una sonrisa. Pensó que el amor a primera vista puede ocurrir cuando se tienen dieciocho años. Había durado toda su vida

Ella había retrocedido con miedo, pero él le había puesto su dedo sobre los labios y se había arrodillado para acariciar al gato. Tenía el pelo desigual, y escamosos brotes de sarna, lo cual probablemente explicaba el hecho de que no se lo hubieran comido. Le abrió su corazón y sonrió. Entonces ella asintió y se arrodilló al lado del gato y junto a él

Sus libros de la escuela sobresalían de la gastada cartera sobre los adoquines. Había algo en ella tan indefenso que él decidió ignorar la estrella amarilla bordada sobre su bata de la escuela. Se turnaron para acariciar al gato, que ahora ronroneaba con fuerza y esperaba que le dieran algo de comer. Tenía los ojos azules más grandes que había visto jamás. Hartmuth no podía dejar de mirarlos. Cuando ella levantó su mirada hacia él, él sacó de su bolsillo un trocito de tiza. Dibujó un gato con patillas y los dos sonrieron. Su francés era tan escaso y sus ganas de comunicarse tan desesperadas que hizo lo único que se le ocurrió.