– Guau, guau- ladró.
La mirada incrédula dio paso a ahogadas risitas y a una decidida carcajada cuando él se levantó y comenzó a rascarse como un mono y a saltar de un lado a otro. A Hartmuth no le importaba si estaba haciendo el ridículo, solo quería hacerla reír. Era tan hermosa. Recordó algo que decía su tío, soltero y con muchas amantes: una vez que las haces reír, ya son tuyas.
Para él también era importante que ella lo quisiera, que no fuera solo su captor. Suavemente le puso la mano en el hombro, sintió sus huesos y su delgadez, e hizo un gesto con la otra mano. Temblando, ella sacó de su cartera de la escuela el carné escolar con un documento de identidad (ausweis), pegado en la parte de atrás. El reconoció la dirección. Sus hombres habían efectuado allí una batida durante la llamada redada del Vélodrome d’Hiver en el mes de julio. El señaló hacia delante con su brazo y la condujo a través del patio para subir una escalera de sinuosa barandilla de metal.
– Ja. Cést bien, kein problem.-Sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro para que se sintiera más tranquila
En el momento en que se acercaban al apartamento, se abrió una puerta al otro lado del descansillo y salió un anciano tambaleándose, apoyado en un bastón. Sus acuosos ojos les dedicaron una larga mirada al detenerse y chasquear la lengua mostrando su desaprobación. Sarah había levantado la vista temerosa, pero Hartmuth ignoró al anciano intencionadamente y este se dirigió al portal arrastrando los pies. Cuando llegaron delante de su puerta, Hartmuth hizo gestos de comer e intentó hacerla entender que le traería comida.
Hartmuth utilizó el poco francés que sabía y con un gesto de las manos le dijo que esperara. Le enseñó el reloj y la hora a la que regresaría. Parecía que ella le había entendido y movió la cabeza asintiendo vigorosamente. Tomó su barbilla entre las manos. Su piel era cálida y suave, y él sonrió. Seguía sin poder dejar de mirarla. Después se marchó.
Cuando regresó, el apartamento estaba vacío. Ella había huido de él
Así que esperó, el apartamento estaba vacío. Ella había huido de él
Así que esperó y vigiló en el Marais. La encontraría. El tercer día la vio saliendo del patio cubierto con tablas de una mansión en estado de abandono, un hôtel particulier junto a la rue de Pavée. Cuando ella finalmente regresó ya había anochecido. El estuvo esperando. Esperando para poder seguirla. Esta vez no se escaparía. Vio cómo avanzaba a través de los escombros y desaparecía tras un montón de basura.
Agarrando fuertemente el paquete de comida, deslizó su cabello oscuro bajo la gorra, sacudió el polvo de las jarreteras y sacó brillo rápidamente a sus botas con el pañuelo. Se acercó a los arbustos y al andar aplastó con sus botas ramas y pedazos de muebles rotos.
Se encontró cara a cara con un viejo y roñoso somier de muelles. Lo apartó a un lado de un puntapié, que hizo que los muelles se inclinaran hacia un lado traqueteando como borrachos, y vio la abertura. Encontró los puntos de apoyo y descendió por ellos. Se dio cuenta entonces de que estaba penetrando en una cueva iluminada por velas y con huesos esparcidos, parte de las catacumbas romanas que recorrían el subsuelo de París. Ella se encontraba hecha un ovillo, en posición fetal, en la penumbra de un rincón y se confundía con la húmeda tierra. Le temblaban las manos al gesticular que se mantuviera apartado.
– Non! S’il vous plaît. Non! – rogó
– Mangez, mangez.-El sonrió y se llevó los dedos a la boca para señalar la comida.
En un rincón de la catacumba se encontraba una remendada manta extendida sobre un colchón lleno de bultos, mientras que una maltrecha caja de té hacía las veces de mesa. Hartmut hizo un gesto para que se acercara y señaló el paquete de comida. Sacó de debajo del brazo unos libros con las cubiertas desgastadas.
– Ja. Amis. Étudiez f-français
Retiró el puñal de la Gestapo de su funda y lo colocó sobre la caja de té. Movió las manos entusiasmado y ella comenzó a avanzar arrastrándose despacio, sin apartar la mirada del puñal que brillaba a la luz de las velas
Sus ojos se abrieron como platos cuando él abrió el paquete y desplegó las latas de foie gras, turrón de Montelimar, calissons d’aix en Provence (pastelitos de almendras) y crujiente pan integral
– Seamos amigos. Compartir-dijo él en el primitivo francés que había ensayado
Como si a su vez le estuviera ofreciendo su hospitalidad, ella extendió los brazos con la vista baja y, al hacerlo, derramó la botella de agua en su regazo
Al principio, no se sentía dispuesta a comer, pero cuando él hubo desconchado la botella de vino tinto, ella casi inhaló el contenido de la lata de turrón
Hartmut comenzó a hablar en alemán mientras ella comía. Intentaba hacer que se sintiera relajada, y para ello consultaba constantemente un diccionario de francés-alemán, una publicación estándar del ejército del Tercer Reich, y un viejo libro con frases prácticas que había encontrado en un puesto callejero en el quai Celestin. Reforzaba cada palabra mirándola en el diccionario para asegurarse.
Ella levantó la mirada al ver que tartamudeaba. Todo empezó cuando él tenía diez años y su padre murió. Una vez más, su boca no quería cooperar. Ella lo miró atentamente y vio su frustración. Le tomó de la mano y se la puso en sus propios labios para que pudiera sentir cómo formaba las palabras en su boca
– Je m’appelle Sarah. “Sa’rah”
– Ich b-b…in He…Helmut. “hel’mut”-balbuceó él mientras sostenía sus pequeñas y blancas manos sobre su boca y las besaba
Ella retiró inmediatamente sus manos
– Enchantée, Hel´mut-dijo con semblante serio
– Enchantée, S-Sa´rah.-inclinó la cabeza al máximo, y las rodillas le crujieron al hacerlo
Un vago olor a podrido se adhería a las paredes de la cueva de las que salían trocitos de huesos. El frío húmedo reptaba desde la oscuridad más allá de la luz de la vela.
– N-no t.te haré d-daño, Sa´rah-susurró- N-nunca.
Su turno de noche en la Kommandatur comenzaba a media noche, y se separó de ella con el tiempo justo para recorrer andando las pocas manzanas que lo separaban de allí. Ella le había contado que dieciocho familias de su calle habían sido entregadas por un colaboracionista. El le había prometido que buscaría a sus padres, aunque eso sería un fútil ejercicio.
Todos habían embarcado en el convoy número 10 con destino a Auschwitz. Lo único que podía hacer era salvarla. Si tenía cuidado. Quizá todo lo que ella tenía ahora fuera el miedo, la gratitud y una promesa de seguridad. Pero esperaría.
En 1942, a todos los detenidos de la prisión de Danzy se les pidió que escribieran a casa una misiva esperanzadora antes de ser conducidos a los trenes como rebaños. La semana siguiente, él encontró una postal de sus padres y se la entregó. Con gran euforia, ella lo abrazó y lloró. Rápidamente envió una manta extra a la cárcel
Hartmuth sabía que nunca sería capaz de contarle la verdad. Sarah no podría entender por qué le mentía. Todo lo que podía hacer era llevarle la comida con su precaria paga del ejército gastada en los sobornos. La noche en la que su Kommandant fue a la ópera, Hartmuth se coló en el despacho de la Kommandatur en el que se guardaban los ficheros con los nombres de las personas en búsqueda y captura. Tachó su nombre, lo único que podía hacer para salvarla.