LUNES
Lunes por la mañana
La voz de Martine Sitbon, que era amiga de Aimée desde la clase de álgebra en el instituto, sonaba cansada. Le quedaban quince minutos para terminar su turno de noche en Le Figaro.
– Ça va? Martine ¿Tienes unos minutos?-dijo Aimée
– Vaya Aimée. Cuánto tiempo-contestó la penetrante voz-. ¿Se trata de la llamada de una amiga en apuros o de una amiga en apuros o de una amiga de verdad?
– Podríamos decir que te debo una cena por todo lo alto-respondió Aimée riéndose
Martine bostezó con ganas
– Cuéntamelo antes de que me desintegre; me estás manteniendo alejada del calor de alguien que me espera en la cama, sobre el cual ya te contaré más en la cena. Iremos a La Grande Vefour: el paté y la veal d’agneau son soberbios.
Aimée se estremeció. Una comida sin vino costaba mínimo seiscientos francos. Pero Martine, excelente gurmet, siempre dictaba el restaurante.
– De acuerdo. No hay duda de que te ganarás la cena con este asunto. Lo primero: ¿todavía tienes a ese amigo en la seguridad social?
– Bien sûr! Yo fomento y cuido mis relaciones. Soy periodista
– Estupendo. Necesito todo lo que puedas conseguir sobre unos miembros de Les Blanc Nationaux. Quiero saber de dónde sale su dinero.-Dio a Martine los nombres de Thierry e Yves.
Martine se detuvo a pensar
– ¿De qué va todo esto, Aimée?
– Un caso
– Aimée, los tipos que creen en la supremacía de la raza aria no siguen las reglas del juego. Esta cumbre europea de comercio está haciendo que muchas de esas ratas salgan a la superficie. Solo te digo que tengas cuidado
– Merci. Una cosa más. Mira a ver qué encuentras sobre un asesinato a una persona que no era judía en 1943 en la rue des Rosiers, fuera o no denunciado. Y ya que estás en ello, sobre los colaboracionistas en al Marais.
– ¿Te refieres a los colaboracionistas nazis?-dijo Martine-. ¡Una materia muy delicada! A nadie le gusta hablar de ellos. Husmearé por ahí si me prometes tener cuidado
– Tanto como los piojos que se quedan atontados mirando la loción insecticida-dijo Aimée
– Mantén esa ingeniosa boquita a raya. Sé que durante la ocupación se confiscaron todos los periódicos, que se convirtieron fundamentalmente en propaganda alemana. Algunos distritos publicaron sus propias notas ilegales de una sola página con información local tal como nacimientos, defunciones y las tasas de electricidad. Pero lo comprobaré y te llamo. Una cosa más.
– Te escucho, Martine.
– Reserva para tres, por si mi novio quiere venir
Aimée soltó un gruñido. De verdad que esto le iba a salir caro
– Monsieur Javel, se acuerda de mí, ¿verdad?-Aimée mostró al zapatero la mejor de sus sonrisas-. ¿Le apetece algo de beber? Hablemos de nuestros intereses comunes.- Le mostró una botella verde de Pernod.
– Esto… ¿de qué se trata?- Félix emitió un gruñido balanceando sus arqueadas piernas.
– El asesinato de Arlette-repuso ella-. Puede que si compartimos información, las cosas resulten beneficiosas para ambos.
Antes de que él pudiera dudarlo, ella se abrió paso entre él y la puerta que llevaba a la trastienda. Estaba determinada a averiguar lo que realmente vio en 1943. A pesar del genio galo para la evasión, contaba con el Pernod para aflojarle la lengua.
El se encogió de hombros
– Cómo quiera. No tengo mucho que decir.-Se frotó la nuca con un trapo de franela grisácea mientras la conducía a través del estrecho distribuidor, un pasillo iluminado por una bombilla amarilla. Se quitó los zapatos y le indicó que hiciera lo propio antes de entrar en una salita de estar. La habitación, en la que hacía un calor sofocante debido a un moderno radiador de aceite, olía a arena usada para gatos. Una mecedora de estilo victoriano con ajados cojines de chintz estaba situada frente a un televisor verdoso de los sesenta. Sobre él se encontraba una antena con los cuernos doblados. Filas de cuentas de cristal azul en cascada formaban una cortina opaca que colgaba desde el marco de la puerta hasta el suelo y separaba así la pequeña zona de la cocina. Javel regresó de la cocina haciendo equilibrios con una bandeja en la que sostenía dos copas y una jarra de agua. Aimée se tuvo que contener para no levantarse y ayudarle, mientras laboriosamente dispuso la bandeja sobre una pulida mesa de roble. Junto con la botella, sacó una pequeña lata de paté y la mirada de él se iluminó.
– Tengo justo algo que le va perfectamente-dijo
Volvió a traspasar las sonoras cuentas a un desportillado cuenco de porcelana de Sèvres lleno de rancias galletitas saladas. Aimée lo observó mientras extendía unas servilletas bordadas con el borde de encaje y cogió una.
– Son casi demasiado bonitas para usarlas-dijo, al tiempo que se fijaba en las decoradas letras A y F entrelazadas.
– Las hizo Arlette. Todo el juego sigue guardado en el armario de nuestro ajuar. No tengo muchos invitados, y he pensado que podía utilizarlas.
– Usted conocía a Lili Stein-dijo ella-. ¿Por qué lo mantuvo en secreto?
El mezcló despacio el agua con el Pernod hasta que se tornó lo suficientemente lechoso. Extendió un poco de paté sobre una galletita.
– ¿Por qué anda fisgando?-dijo.
– Hago mi trabajo.- Se acercó con su silla-. El asesinato de Lili tiene relación con el de Arlette
El se rió y se sirvió más Pernod
– la absenta de Pernod de antes de la guerra se hacía con ajenjo y te consumía el cerebro
– ¿Quién mató a Arlette?-dijo ella
El bebió la copa y se sirvió otra
– ¿No es usted la detective?-dijo
– Pero usted tiene su propia teoría-repuso ella-. ¿Algo que usted vio y los flics no?
Un breve asomo de sorpresa cruzó su rostro
– ¿Qué vio usted?-dijo ella animada por la expresión de su mirada
Un eructo largo y sonoro emergió de las profundidades de su estómago
– Hijos de puta-dijo-. Me machacaron
– ¿Por qué? ¿Por qué le agredieron, Javel?
El entrecerró los ojos
– Usted es judía, ¿no?
Aimée negó con la cabeza
– ¿Y qué si lo fuera?
– No me gustan las de su tipo-dijo él-. Cualquiera que sea
– Entonces no me vote en la pasarela de miss Mundo-dijo ella
El extendió paté sobre más galletitas rancias y las empujó hasta colocarlas sobre el plato
Tenía que haber una manera de llegar hasta este hombrecillo de cabeza dura como el cemento.
– ¿No tiene usted miedo, Javel? Es decir, usted mencionó ataques y violencia gratuita de los neonazis en el Marais. Pero a mí no me parece que esté usted muy nervioso.
– ¿Por qué iba a estarlo?-espetó. Se sirvió otra copa.
– Exacto. Especialmente si supiera que el asesinato de Lili tuviera algo que ver con el pasado
– Déjeme en paz-dijo él-. Váyase.- Se dio la vuelta y torció el morro
– Dígame lo que vio.
El agitó el puño en el aire, pero seguía sin mirarla
En ese momento ella hubiera querido sacudirlo para que lo soltara
– Mire, sé que no le gusto, pero ¡guardárselo! ¡No va a hacer que Arlette vuelva! Usted quiere justicia, yo también. Y los dos sabemos que la tenemos que encontrar nosotros mismos. ¿No es así? ¿Hicieron los flics otra cosa que golpearle?
No podía ver su rostro. Finalmente él habló, aún dándole la espalda