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– ¿Revolcándonos sobre el suelo}’-dijo ella.- ¿Comiendo como cerdos mientras otros morían de hambre? Escondiéndonos en las catacumbas, siempre escondiéndonos, temerosos de que nos vieras… ¿Qué era eso?

El bajó la cabeza

– Nunca quise que sufrieras, n-nunca. Incluso cuando no había esperanza de que siguieras viva, me perseguías.

A ella se le quebró la voz

– Quiero matarte. Había planeado hacerlo, pero…- dijo derrotada, con la cabeza gacha-. No puedo.

– Sarah, ¿podrás perdonarme?-Hartmuth sollozaba con la cabeza entre sus manos. Cuando por fin levantó la vista, ella se había ido. Nunca se había sentido más solo.

Lunes por la noche

Sarah echó el cerrojo a la puerta de la buhardilla y se acurrucó en la cama. La quedaban varias horas hasta que comenzara su turno de mañana. Apretó con fuerza la zona en la que había estado la estrella amarilla y trató de no recordar. Trató de olvidar, pero no pudo

Era 1942, el día más bochornoso y húmedo registrado en septiembre en los últimos treinta años. No se movía una brizna de aire. La escuela ya había comenzado, con deberes que hacer, se había convertido en una tediosa rutina. Tediosa rutina como permitía la ocupación nazi. Solo ella y Lili Stein lucían estrellas amarillas bordadas sobre sus uniformes escolares.

– ¿Quieres ver una cosa?-le preguntó Lili, esa chica zamba y sosa, después de clase.

Sorprendida al ver que una chica de dieciséis años se dignara dirigirse a ella, asintió fervientemente y la siguió. A sus catorce años, se sentía orgullosa de que una chica mayor buscara su compañía. El aire fresco emanaba de oscuros patios cuando pasaron por la tranquila rue Payenne. Cortinas de encaje colgaban sin vida de ventanas que habitualmente permanecían cerradas para hacer frente al calor.

En la plaza Georges-Cain, se sentaron en un banco a la sombra de los plátanos, junto a las columnas romanas. No había nadie en las calles, hacía demasiado calor. No había gasolina para los coches y en la distancia se oía el repique sobre los adoquines de los cascos de los caballos que guiaban los carros. Un aire denso y fétido flotaba sobre el Sena.

Se quitaron las batas blancas y las sumergieron en la fuente en forma de urna. Riendo, refrescaron sus cuellos y rostros sudorosos con agua fresca y cristalina. Lili se sentó y apoyó la espalda, con sus pequeños ojos llenos de preocupación.

– Se te ha caído algo de la bolsa antes de la clase de matemáticas-dijo Lili-. Pero lo he cogido para que nadie pudiera verlo.

Sacó de su bolsillo un calisson con forma de almendra, una especialidad de Aix-en-Provence.

Sarah se revolvió, culpable

– ¿De dónde ha salido esto?- preguntó Lili

– Mira, Lili…- dijo Sarah.

– Calla-la interrumpió Lili-. No me lo digas porque entonces tendré que delatarte. ¡Quizá tenga que hacerlo de todos modos, Sarah Strauss!

Sarah sacó una caja de la bolsa y la puso sobre la palma de la mano de Lili

Lili chilló de placer

– ¡No me lo puedo creer!-Abrió la caja y se metió un dulce en la boca con un gemido- ¡Exquisito!- Cogió unos cuantos más mientras lo saboreaba-. Los que mejor saben son los rosas

Sarah dejó que Lili se terminara los dulces de la caja de metal de la Provenza pintada con frutas y viñedos. Sus piernas colgaban dentro del agua fresca y burbujeante. Las libélulas zumbaban en el verde seto. Todo parecía tranquilo, en paz, como si no existiera una guerra.

Lili achicó la mirada.

– ¿Qué más tienes?

– Puedo conseguir más si no se lo dices a nadie-dijo Sarah-. ¿Estás dispuesta a dejar París si madame Pagnol encuentra la forma de ayudarnos a escapar a la zona no ocupada?

– Por supuesto. Estoy esperando a que dé la orden. Dijo que quizá sería la semana que viene-le confió Lili-. Madame me dijo que todavía hay trenes que van hacia el sur, pero hay que andar por el monte para llegar a la zona libre. Guías del pueblo están dispuestos a llevarnos, pero quieren de esto.- Lili se frotó las puntas de los dedos y le dirigió una mirada de complicidad.

– ¿Dinero?-preguntó Sarah inocentemente.

– Claro. O joyas. Puede que hasta comida-dijo Lili

Sarah tiró de su bolsa, nerviosa. Nunca había salido del Marais, ni siquiera de París.

– ¿Iremos juntas?

– ¿Dos estrellas amarillas a la vez? Es difícil saberlo.- Lili la miró-. Trae más de éstos. Necesito mantenerme a buenas con mi portera

– Pero podrían llamar la atención.- Sarah negó con la cabeza, incómoda-.Y yo no quiero que eso ocurra

– ¡Sarah Strauss, lo que harás es llamar la atención de la Gestapo si no puedo mantenerla callada!

Al día siguiente en la escuela, su maestra, madame Pagnol las informó de que, de un momento a otro, podría existir la oportunidad de escaparse. Así que durante varias semanas, tras las clases, se juntaban en la plaza Georges-Cain para hacer planes.

A Lili le habían emitido el carnet de identidad, con la “J” judía, al cumplir los dieciséis años, tal y como era costumbre en Francia. Sarah sabía que si Lili reclamaba cupones de racionamiento, los nazis le pedirían el carnet de identidad y la enviarían directamente a la cárcel de Drancy. También se dio cuenta de que Lili subsistía a base de la comida que podía compartir con ella.

Cada noche, Helmut la aseguraba que había comprobado los campos de retención en busca de sus padres. Le prometió que los encontraría y que haría todo lo posible por encontrar comida. Pero era tan generoso que ella se sentía culpable. Culpable por aceptar la comida aunque alimentaría a Lili y a otras personas de su edificio.

La mayoría de las veces conseguía ignorar sus emociones enfrentadas, su culpa contra sus crecientes sentimientos hacia él. No le gustaba admitir lo atractivo que le resultaba, con el brillo de sus oscuros y relucientes ojos a la luz de la caverna iluminada por velas, como esas estrellas de cine que había visto en las revistas de su hermana mayor antes de la guerra. Se dijo que él lo entendería cuando escapara. Como judía, su deber era escapar.

La mayoría de la comida de Helmut era bastante exótica, especialmente para los judíos educados en la tradición kosher. Ella no apreciaba demasiado el foie gras en las latas de Fauchon.

– Mi portera dice que Fauchon es la mejor tienda de comida de París-dijo Lili un día mascando con fruición-. El rabino nos perdonará que no comamos comida kosher, ¿verdad?

Por primera vez, pudo presentir la duda en el tono de voz de Lili.

– No tenemos mucho donde escoger. De todos modos, es hígado de oca, no de cerdo

Lili desvió la mirada, pero no antes de que Sarah pudiera ver en su rostro una expresión de alivio

Esa noche se produjo otra redada en el Marais. El ruido de los autobuses de color verde botella con la parte trasera descubriera, llenos de judíos que se agarraban a bebés llorando y a sus maletas, retumbaba por las oscuras calles. Lili y ella se pusieron nerviosas. Cada día era más peligroso andar por la calle con una estrella amarilla.

Recordaba que el cielo estaba pintado por la inusual luz de un atardecer naranja, a finales de octubre. Una tarde, después de despedirse de Lili, Sarah regresó a la catacumba. Siempre le gustó regresar a aquella seguridad fría y oscura. Incluso había descubierto otra salida a la plaza Georges-Cain y unos cuantos bustos de mármol de gran tamaño que sobresalían de entre la porquería. Uno era como la imagen de César Augusto que madame Pagnol había señalado en el libro de historia. Como el busto que habían visto en el parque en una excursión con la clase el día en el que madame hizo la foto.

Escuchó un ruido detrás de un poste de madera y levantó la vista. Ahí estaba Lili, escondida en un nicho de huesos de fémur.