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– ¿Sobre quién pasas información?-dijo como si la cosa no fuera con ella, con la boca llena de turrón

Sarah se incorporó de golpe, sorprendida, y al hacerlo se golpeó la cabeza con el techo de tierra

– ¿Cómo has entrado?

Lili ignoró la pregunta

– Tienes que ser una confidente para conseguir toda esta comida. Vamos, no diré nada.-Hizo una pausa-. Seré mejor que tengas cuidado: ya no estás tan delgada

– Me has seguido… ¿Por qué? Lili, no seas avariciosa. Yo comparto con otros. Tú ya tienes suficiente-añadió entonces Sarah

– Mi portera es avariciosa. Se ha mudado otra familia a mi apartamento-dijo Lili jugueteando con las piedras incrustadas en la pared-. Si no le doy más, no podré quedarme

Sarah se fijó en las oscuras sombras bajos los ojos de Lili, en sus mejillas hundidas y las remendadas suelas de sus zapatos

– Intentaré conseguir más. Pronto funcionarán de nuevo los trenes. ¡Nos escaparemos!

Lili la miró fijamente

– ¿Sobre quién informas?

– ¡Sobre nadie! Un soldado es el que comercia conmigo-dijo Sarah a la defensiva

– ¿Qué tipo de soldado? ¿Qué es lo que haces para él?

– ¿A ti que te importa, Lili? Comes gracias a mí.- Intentó no sentirse avergonzada-. Déjalo estar

Se cayeron algunos terrones de tierra. Muerta de miedo, vio que Helmut descendía y bloqueaba la débil luz al hacerlo. Lili comenzó a chillar y se apoyó contra la pared. Un Helmut vestido con uniforme negro sonrió interrogante mirándolas a ambas. Entonces puso suavemente la mano sobre la boca de Lili, hizo que se sentara y le hizo un gesto a Sarah para que se acercara.

– No pasa nada, Lili. No te hará nada-balbuceó

La expresión aterrorizada de Lili alternaba miradas acusadoras ante la aplastante realidad de que un nazi visitaba a Sarah. Helmut sacó del bolsillo salmón envasado en una bonita lata y lo puso en las manos de Lili.

– Ja, ja, cógelo, s´il te plaît-dijo posando un dedo sobre sus labios-. Ssss… ¿Ça va?

Achicó los ojos. El rojo rostro abotargado de Lili mostraba a un tiempo hambre y miedo. Abrió los puños y con mucho cuidado cogió las latas de salmón sin tocarle los dedos. Helmut se encogió de hombros

– Sarah-dijo, rodeándole la cintura con el brazo-, ja, tu invitada no tiene buena educación.

Ella notaba fuego en sus mejillas. Lili los miraba celosa. Se dio cuenta de que Lili los veía como amantes

– Dale las gracias y vete sin hacer ruido-dijo Sarah, evitando mirar a Lili a la cara

– Merci-fue lo que salió de la boca de Lili en forma de un agudo chillido. Rápidamente subió con dificultad escalera arriba

– ¿Quién es?-preguntó Helmut

Sarah puso los ojos en blanco

– Una compañera de clase, tonta, estúpida. Lleva una estrella amarilla. No te preocupes.- Intentó expulsar de su mente la expresión de Lili

Helmut miró el reloj

– Solo he venido a decirte que tengo que coger una cosa y volveré luego.-Había cambiado el turno porque odiaba dejarla sola por la noche.

Sacó una grasienta salchicha de la bolsa del uniforme de las SS y le guiño un ojo

.La contribución al esfuerzo de la guerra de algún carnicero de Hannover. Más tarde volvió con terrina de pato recubierta de hierbas y gelatina. Comieron mientras la cera de las velas goteaba perezosa sobre la caja de té. Después de comer, ella le enseño francés, como hacía siempre. Su amplio jersey de lana le resbalaba de los hombros cuando le corregía las conjugaciones verbales con un grueso lapicero.

– Très bien, Helmut. Buen trabajo.-Sonrió-.Bravo.

Posó el cuaderno y la atrajo hacia él. Con una mano se desabrochó el uniforme y extendió la chaqueta formando una almohada sobre la tierra. Ella se alarmó y hundió sus dedos en la mugre del suelo. No tenía hermanos, y ni siquiera había visto nunca a su propio padre sin camisa. Helmut mostraba tensos músculos sobre su pecho carente de grasa y su piel relucía.

Dividida entre el miedo y la gratitud, se sintió paralizada. ¿No buscaba a sus padres? ¿No le daba comida? Los nazis que habían supervisado las redadas policiales en su vecindad no eran como él. Helmut siempre era divertido y generoso con la comida. A la oscilante luz de la vela, él hizo que se acostara y su negro cabello se enredó con la insignia de guardia de asalto que destellaba en su guerrera. Se puso rígida.

– Non, Helmut-dijo negando con la cabeza

El recorrió su rostro con el dedo al tiempo que se lo sostenía con la otra mano. Sarah hizo un gesto de dolor cuando él abrió la boca para hablar. Quería que se detuviera

– No te preocupes, Sarah. No te haré d-daño.-Se acercó más y le acarició la nacarada mejilla con la suya

Ella inhaló su aroma a humo mientras él posaba la cabeza en su cuello. Le rozó suavemente el costado del cuello con los labios y sus besos descendieron por la garganta

Se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Por qué lo hacía? Sus labios recorrían el camino hacia su ombligo y ella sintió oleadas de calor que la recorrían. La besó bajo el pezón y en el costado del pecho, sin dejar de acariciarle el rostro. Durante largo tiempo, acarició sus hundidas mejillas y la besó detrás de las orejas y en los ojos, solo abrazándola. Ella gimió. Ahora no quería que se detuviera. Finalmente, sus sombras se entrelazaron y oscilaron hacia adelante y hacia atrás en los muros de la caverna de la vieja catacumba romana

De camino a la escuela a la mañana siguiente, pensó que todo el mundo se fijaría en las manchas de su uniforme. Demasiada comida. Pero solo se fijaron en la estrella. Entró en la “sinagoga”, el último vagón del metro y el único en el que se permitía subir a los judíos. Se sentía agotada. No se había quedado dormida hasta el amanecer, cuando Helmut se marchó. En su clase había una nueva profesora y también un pupitre vacío. Madame Pagnol se había ido. Lili también.

MARTES

Martes por la mañana

Aimée se despertó y se puso una camiseta con el aroma a almizcle de Yves. El se había marchado. Una parte de ella se sentía enfadada consigo misma por haberse lanzado a su cama la noche anterior. Y otra parte de ella ronroneaba satisfecha. Había pasado un año desde que Bertrand, su novio pirata informático, después de un montón de palabrería sobre su compromiso, se mudara a Silicon Valley

Ella e Yves habían pasado una vez más mucho tiempo en la bañera. Las cosas no habían hecho más que mejorar. Un buen término para describir su relación parecía ser el de relation fluide. Decidió pasar la fregona al suelo alicatado del baño.

Aimée hizo una pausa para saborear el placer de la noche anterior. Por las ventanas, a pie de calle, situadas sobre la cama, se filtraba la luz del sol. Se habían movido al mismo ritmo mental y físicamente, lo cual raramente le ocurría. Había algo en él que la hacía sentir bien. Excepto lo de sus simpatías nazis.

No había forma de evitarlo

Rozó algo con la pierna desnuda y se dispuso a recogerlo. Lo que le vino a las manos fue su grabadora último modelo fuera de su funda de plástico

¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Se había concentrado en los videos y la otra noche se le había olvidado esto. Tenía que haber estado más borracha de lo que pensaba. ¿Se habría dado cuenta Yves? Pulsó el botón de reproducción y la cinta comenzó a funcionar. Estaba claro que la habían rebobinado hasta el principio

Sintió que el corazón le daba un vuelco. Yves tenía que saber que ella no era lo que parecía ser. ¿Habría planeado enfrentarse a ella, pero se había dejado llevar? ¿Se lo habría contado a los otros? Si lo sabía, ¿por qué no se lo había dicho? Pensó que era una idiota

Asqueada de sí misma, salió de la cama como un resorte y se puso los vaqueros negros y la cazadora. Sea cual fuera el juego al que él estaba jugando, se retiraba. Quizá él había estado a punto de mostrar su grabadora y demostrar así su lealtad. La frente mutilada de Lili flotaba ante sus ojos. Durante todo el camino a la oficina, se preguntó cómo podía haberse equivocado tanto.