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Martes por la tarde

René dobló la esquina de la página y dejó el libro al ver entrar a Aimée en el despacho.

– Tengo un pagaré de Eurocom. Veinte mil francos-dijo

Aimée lo abrazó

– Superbe! -Cogió el libro, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, y lo ojeó-. Lees demasiado, René.

– Nom de Dieu!- René se tapó los ojos con sus cortos brazos-. Se trata de un clásico, Aimée. Podrías dar con alguna pista.

– ¿Pista?-bufó-. Pensaba que había tenido suerte ayer por la noche. Lo que ocurre es que no he podido hacerlo peor.

Masticó con furia su chicle Nicorette.

– ¿Por qué no damos un poco por saco a nuestro cliente de Lyon que no ha pagado? Explícaselo cara a cara a ese director tan agradable. Sería difícil echarte del despacho-dijo

– ¿Estás tratando de deshacerte de mí?-dijo René

Le tiró las llaves de su Citroën

– Vamos. Te encanta conducir. Lo único es que no te mates. Y mientras estás allí, consigue que te dé un anticipo.

El sonrió. Al salir miró hacia atrás

– ¿Dónde llevas la protección?

Ella dio unos golpecitos a la pistola que asomaba por los bolsillos de su pantalón de seda.

– Aquí

Para las tres de la tarde, Aimée había obtenido permiso de Abraham Stein y de los otros inquilinos, una autorización del CCEHM (Consejo Ciudadano de Edificios Históricos del Marais), una orden judicial con el permiso de la Comisión de Realojo del Distrito Cuatro, y el permiso de demolición necesario para poder dejar a la vista la escalera de madera. Disponer de una orden de registro de Morbier había acelerado realmente el proceso. El gruñía porque no podía fumar. El Luminol era altamente inflamable.

– ¿Dónde diablos está esa palanca, Leduc?-dijo

Pero ella no podía escucharle. Dentro de la tienda en el oscuro patio del apartamento de los Stein en la rue des Rosiers, Aimée y Serge, un barbudo criminólogo de mediana edad, se encontraban ocupados. Vestidos con monos fluorescentes Day-Glo para evitar que su piel absorbiera el producto químico, rociaron de Luminol los viejos tablones de roble expuestos en el patio junto al fregadero. El Luminol mostraba la sangre y sus rastros sobre cualquier superficie porosa. A pesar de que se hubiera pintado o frotado en la superficie, los rastros de sangre permanecían.

– ¿Un homicidio sin resolver hace cincuenta años y piensas que encontrarás las huellas del asesino?-La máscara amortiguaba la voz de Serge-. Siete años es el límite máximo considerado, y se ha demostrado que lo más elevado son once años. ¿Por qué piensas que aparecerán restos?

– Si ha funcionado sobre una mancha de hace siete años, ¿por qué no iba a hacerlo sobre una de cincuenta?-dijo-. Nadie ha demostrado lo contrario.

Había predicado sus argumentos para usar Luminol bajo esa presunción. Pero ahora se preguntaba si funcionaría. ¿Y si no era así?

Salió de la tienda para buscar a Morbier y se encontró cara a cara con un grupo de cámaras de televisión. Inmediatamente sintió el resplandor de los brillantes focos sobre ella

– ¿Está usted con la Brigada Criminal? ¿Qué es lo que esperan descubrir?-gritaban los reporteros.

El mono ya estaba haciéndola sudar como si se encontrara en una sauna. Los focos lo empeoraban

– Reconstrucción oficial de la escena del crimen. No se autoriza la presencia de la prensa-dijo. Silbó a un flic de uniforme azul, el cual se dirigió al grupo de cámaras.

No contaba con que esta prueba con el Luminol saliera a la opinión pública. ¿No sospecharía el asesino si existía una conexión entre ambos asesinatos?

El objetivo del asesino sería su silencio. Intentó retirar de su mente ese pensamiento perturbador. Se dijo que si esto hacía que la rata saliera a la superficie, mejor.

De vuelta en el interior de la tienda, se puso un par de patucos para evitar la contaminación y comenzó a grabarlo todo con una cámara con sensor para poca luz. Serge roció los adoquines del patio con Luminol, así como el viejo cemento alrededor del fregadero para ver si aparecía algo. Continuó rociando mientras retrocedía para alejarse de los viejos tablones y subía despacio por las escaleras. Empapó los escalones por todo el recorrido, a lo largo de los listones de madera que se extendían hasta la puerta de los Stein.

– Que venga Morbier-le gritó a Aimée-. Si funciona, y digo si funciona, tendría que haber un light show dentro de tres minutos.

Aimée sabía que el cemento y la piedra sobre ella hubieran protegido y conservado cualquier prueba restante. Bueno, lo averiguarían. Después de cinco años, no se podía tipificar la sangre, pero eso no le importaba. Eso no era lo que buscaba.

Morbier entró en la tienda y dejó que entrara a la vez un amplio rayo de luz.

– Deprisa-gritó Serge deteniéndose en la puerta de los Stein. No podía moverse hasta que el Luminol se adhiriera. Si es que lo hacía.

– Asegurad el panel desde el exterior-gritó Morbier mientras se ajustaba torpemente sus patucos Day-Glo

En el interior de la tienda la oscuridad era absoluta

– ¡Dios mío, Leduc! Más vale que esto funcione. Me quedo con el culo al aire. Hemos cortado la mitad de la calle, realojado a estos inquilinos por cortesía de los contribuyentes parisinos, que son de la virgen del puño, y hay algún imbécil del distrito cuatro que piensa que estamos haciendo una peli de ciencia ficción y se lo ha contado a la prensa. Para colmo, ha venido Agronski, un agudo inspector de la Brigada Criminal, porque dice que “Le encanta el Luminol”.

– No pares, Morbier. Estoy grabando todo lo que dices aunque no pueda verte-le dijo Aimee

Ahora estaba que echaba humo

– Leduc, te he dicho… ¡Ay!

Aimée encendió la LumaLite portátil

– ¡Fuegos artificiales!-gritaron a coro ella y Serge

El Luminol resplandecía, dejando así a la vista la escena fluorescente de una carnicería de cincuenta años de antigüedad.

– ¡Dios mío! -dijo ella en dirección a la cámara, la cual captaba casa veta y cada salpicadura de sangre. Javel tenía razón. Había sangre por todos lados. Las gotas formaban arcos en dirección ascendente por el tragaluz y el irregular arroyo serpenteaba hasta el desagüe hasta desaparecer. El Luminol duraba menos de un minuto, pero ella lo captó todo con el video.

– ¡Es increíble!-Serge bajó las escaleras poco a poco junto al rastro de huellas sangrientas-. Sangre que se ha conservado debajo del cemento y de la piedra desde hace cincuenta años. ¡Saldré en los boletines de la policía de todo el mundo!-dijo

– Vamos a rociar la escalera otra vez-dijo ella con expresión adusta.

Preparó la regla y la puso rápidamente junto a un par de huellas fluorescentes. Las marcas conducían escaleras arriba y medían nueve centímetros. Había algo más de un color pálido que se mezclaba con la sangre

– probablemente tejido u órgano; esta zona ha estado muy protegida-dijo Serge

Ella levantó la mirada hasta el sucio cristal de la ventana de Lili. Aimée se imaginaba que había sido algo rápido, brutal e incluso más turbio que lo que mostraba el Luminol. En una rápida toma, desde el ángulo del arco formado por las manchas de sangre, todo le indicaba un ataque a la victima desde arriba. Las huellas salían del tragaluz. Parecían ser de un zapato fuerte, como botas con los tacones hacia adentro, gastadas por un lado como si el que las llevaba fuera ligeramente zambo. La parte anterior de la planta del pie era más pronunciada y las huellas se detenían en el fregadero de cemento. Sobre el cemento desportillado había manchas de sangre borrosas. Le resultaba morboso pensar que ella había andado por encima de esto. Hacía dos años que nadie vivía en las habitaciones de la portera. Ahora se daba cuenta de por qué las habían abandonado.