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Morbier estaba de pie junto a Aimée

– Dos direcciones.-Ella apuntó con la cámara a un reguero de huellas-.Una persona pequeña y otra un poco más grande.-Bajó la vista hacia el fregadero y la examinó con su lupa-. Los más pequeños serán de Lili, pero ¿de quién son los otros?

Se detuvieron

Otro grupo de huellas salía del tragaluz para dirigirse al fregadero y allí se detenían

La piedra porosa y el cemento habían absorbido las manchas de sangre difuminada y las gotas del fregadero. Ella miró los mandos de rajada porcelana en los grifos

– Aquí hay un poco, cuando abrió el grifo. Hasta tuvo tiempo de limpiarse los zapatos antes de salir a la calle-dijo ella-. ¿O serían botas?

Se sentía como si estuviera justo al lado del asesino. Angustiosamente cerca pero tan distante. A una distancia de cincuenta años. ¿Qué podría demostrar?

Horas más tarde, cuando el criminólogo hubo terminado su trabajo y el inspector Agronski había quedado tan impresionado que había invitado a cenar a Morbier, Aimée no se podía marchar aún.

Volvía sobre sus pasos una y otra vez en la zona en la que habían aparecido las huellas junto a las más pequeñas e intentaba imaginarse lo que pensaba el asesino. En ese momento subió las escaleras con cuidado.

Trató de imaginarse a si misma como la aterrizada Lili de dieciséis años. Una joven chica judía, cuya familia había desaparecido, que vivía sola y dependía de la portera. Una portera que, según Javel, había estado peligrosamente involucrada con el estraperlo

– Ya lo hemos grabado todo, Leduc-le estaba diciendo Serge-. He recogido todo, los escayolistas están a punto de venir. Ya es hora de irse.-Taconeaba con impaciencia-.Cerremos el chiringuito, Leduc.

Aimée seguía sin mostrarse satisfecha

– Necesito echar otro vistazo. Nos vemos en la rue des Rosiers.

Los escayolistas, vestidos con monos de color blanco, esperaban gruñendo en el patio. El edificio de los Stein estaba siendo sometido a una importante rehabilitación, por cortesía de la ciudad de París y del distrito cuatro, que tenía que haber finalizado hace tiempo. Los informes demostraban que la última reconstrucción se había realizado en 1795. Ella se imaginaba que pasaría el mismo tiempo antes d que se produjera otra.

Tenía la persistente sensación de que se le escapaba algo, algo que le llamaba a gritos, pero que no alcanzaba a ver. El agudo pitido de la furgoneta de los escayolistas, al entrar marcha atrás en el patio y casi pasarle por encima del pie, era ensordecerdor.

– ¡Eh! ¡Cuidado!-Frustrada, pegó una patada al parachoque y aporreó el metal

En ese momento se dio cuenta del único lugar en el que no había mirado. El único lugar en el que un criminal se detendría, en el que quizá se agarraría al fregadero para lavarse las manos. Para quitarse la sangre de las manos.

Volvió deprisa al patio y reptó bajo la pila. Los afilados adoquines se incrustaron en su hombro resentido y el moho asedió su nariz. Enfocó con la luz de su linterna hacia cada grieta y cada protuberancia, y se estiró todo lo que pudo tumbada boca arriba. Entonces lo vio

– Vuelve a sacar el Luminol, Serge. Cubre la pila. ¿Ves las borrosas marcas de una huella dactilar en la grieta?-dijo-. Esta huella brillará estupendamente cuando haya acabado esta historia. ¡Ya lo tengo!

Martes a última hora de la tarde

René dio un topetazo al Citroën sobre el estrecho desagüe que bordeaba la rue des Rosiers

– Pensaba que estabas en Lyon-dijo Aimée sorprendida

– Sube, Aimée-dijo él

El Citroën de Aimée estaba adapatado para sus cortas extremidades, lo cual le permitía utilizar el embrague, las marchas y salir zumbando, igual que cualquier otro endemoniado coche de París. Y vaya que lo hacía. El vehículo era ajustable, así que Aimée podía manipular las palancas desde el interior con color a malvavisco para doblar su armazón de más de un metro setenta de altura

– Ya lo tengo, René. Sabía que la respuesta se encontraba aquí-dijo-Ahora lo único que tengo que hacer es imaginarme quién es o quién fue.-Le brillaban los ojos y estaba sofocada-.-he hecho una fotografía de la huella con la Polaroid. La ampliaré en el despacho y la escanearé en el ordenador.

¿Qué tiene que ver Lili Stein con todo esto?-preguntó René al tiempo que arrancaban con un rugido y giraban hacia otra calle medieval de dirección única.

– Estoy estudiándolo-dijo-. Lo averiguaré

– Morbier y tú sois las estrellas de las noticias de la noche. ¿Ya no te interesa trabajar de incógnito, Leduc?-dijo él

– Yo no invité a la prensa para que estuvieran ahí, René. He intentado mantenerme alejada de las cámaras.

– Ahórrate el estar a la defensiva, Aimée. He visto tus pies forrados con esos patucos fluorescentes en France 2-dijo-. Puede que ese Luminol haya, de hecho, iluminado cosas que ni te esperabas. Quédate en mi casa

Se frotó las manos al acordarse del punzante agarrón de Hervé Vitold

– ¿Cuándo lo has limpiado por última vez? No soy una esnob, René, pero se han de mantener ciertos niveles de higiene

– ¿No has pensado que hay gente que no quiere que se abra esta caja de Pandora?

Vitold lo había dejado bien claro.

– Por eso hay que abrirla.

Se oyó el estruendo de varias bocinas cuando el Citroën hizo un quiebro y se incorporó al carril.

Sin demasiadas ganas, ella tomó la llave de repuesto del piso de él.

René paró para que se bajara en la esquina de la rue de Rivoli.

– Miles Davis está arriba.-Subió las escaleras del edificio de su oficina dando saltos, deseosa de conectarse a Frapol 1, el sistema de la policía, y buscar algo que concordara con la huella de Luminol.

El ladrido ahogado de Miles Davis no le sonó como debiera mientras subía corriendo el último tramo de escaleras. La puerta de cristal esmerilado de su despacho estaba ligeramente abierta, por lo que no pudo atribuir a la intuición ese sentimiento de intranquilidad. René nunca dejaría la puerta así. Alguien había entrado, y hoy no era el día que iba la asistenta. En lugar de entrar, siguió subiendo el siguiente tramo. La puerta de Éditions Photogravure Lavouse estaba abierta y podía oír el ruido de las teclas del ordenador.

– Bonjour ca va? Permitidme-dijo la mujer que mecanografiaba datos con los auriculares puestos. Ella le saludó con la cabeza distraídamente y luego la ignoró.

Aimée pasó a su lado y abrió las ventanas de doble hoja que daban a la calle. Trepó por la protección del balcón de hierro forjado negro agarrándose fuertemente a la barandilla y la inundó la luz del crepúsculo sobre el Louvre y más allá sobre el Sena. Era casi suficiente como para eliminar de golpe el interés por averiguar quién estaba en su despacho.

La luna pendía sobre el distante Arco de Triunfo y el tráfico susurraba a sus pies. Con cuidado, metió el pie en una grieta de la fachada de caliza y apoyó el tacón de la bota sobre el soporte de metal del cartel. Cuatro pisos por encima de la rue de Louvre, descendió despacio por la primera “E” del letrero de “Leduc Detectives”, para ver al intruso dentro de su despacho.

Desde una ventana ligeramente abierta le llegó el olor a pintura reciente. Muy reciente. Sabía que René decidiría buscar un hueco para pintar la oficina y se olvidaría de decírselo. Deslizó la Glock de 9 mm para sacarla de la cinta alrededor de su pierna.

Dudó al amoldar su cuerpo a la curva semicircular de la ventana. Tenía permiso de armas, pero no la licencia para llevar su Glock. Apuntar a alguien con una pistola sin licencia significaba buscarse un lío. Las leyes francesas que regulaban las armas de fuego, impuestas por el código napoleónico, no le daban derecho a llevar armas. Ni siquiera en defensa propia o en situaciones de igualdad. Si los que estaban dentro eran los flics, estaría de verdad metida en un problema. Le retirarían inmediatamente su licencia de investigadora privada, si es que Hervé Vitold, de la Brigada de Intervención, no lo había hecho ya.