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En ese momento Hartmuth se tensó, como si de repente recordara donde estaba

– Pero adelante, madame Leduc. Pellízqueme. Soy de verdad. Y ahora, perdone.- Golpeó los tacones y se marchó

Ella se derrumbó en el sofá de terciopelo. ¿Llevaba puestos esos guantes para evitar dejar huellas? Todo lo que sabía es que había algo reprimido en su interior. Tirante y a punto de explotar

Aimée acabó la fuente de fruta; sería una pena echar a perdr unas frambuesas en noviembre. Pero por lo menos se había enterado de algo: o se trataba de un mentiroso increíble o se había cometido un error. Optó por la primera posibilidad. Después de todo, se trataba de un diplomático y político.

Hordas de manifestantes gritando “¡Nunca más! ¡Nunca más!”, le bloquearon el trayecto hasta el metro. Los autobuses se alineaban en la estrecha rue des Francs Bourgeois, enrareciendo el aire con los gases de combustible y mal genio. Aimée deseó poder dejar atrás los altos y sólidos muros del siglo XVII, que la acorralaban a ella y a los demás transeúntes en las aceras.

Los policías, revestidos del atuendo negro antidisturbios acechaban entre los jóvenes sionistas y los skinheads que gritaban “¡Francia para los franceses!”. Una ligera llovizna caía formando cristalinas gotas sobre los escudos antibalas de los policías, agazapados cual mantis religiosa.

Más adelante, le llamó la atención una limusina Mercedes de color negro, atascada en el patio del hotel Pavillon de la Reine. El conductor gesticulaba en dirección a la angosta calle y discutía con un miembro de los antidisturbios.

Alguien bajó el cristal tintado y Aimée vio una mano venosa que se extendía

– Phillipe, por favor, quiero ir andando-dijo una inconfundible voz. Recordó la última vez que la había oído: en la radio después de descubrir el cuerpo de Lili.

La reluciente puerta se abrió y el ministro Cazaux, probablemente el próximo primer ministro francés, apareció en medio del tráfico detenido. Los guardaespaldas de paisano que se apresuraron a rodear su alta y huesuda figura, llamaron la atención de la multitud.

– S´il vous plaît, Monsieur le Ministre, en estas condiciones…-comenzó a decir un guardaespaldas

– ¿Desde cuándo no puede andar entre la gente un empleado del Gobierno?-dijo Cazaux sonriendo-. A punto de firmarse el tratado, necesito tener todas las oportunidades para poder escuchar lo que les preocupa.-Guiñó un ojo a la pequeña multitud alrededor de su coche y su encanto hizo que muchos de ellos se derritieran en sonrisas mientras se desplazaba entre ellos estrechando manos, absolutamente cómodo con la situación

Sonrió directamente a Aimée, la cual se había situado torpemente entre los empleados del hotel. Aparentaba ser más joven que como aparecía en los medios, pero a ella le sorprendió su abundante maquillaje

– Bonjour, mademoiselle. Espero que apoye usted la plataforma de nuestro partido

Cazaux sostuvo sus manos entre las suyas cálidas y ella hizo un gesto de molestia al sentir la repentina presión

– J m´excuse.-Se retiró, mirándole la mano

Tenía un encanto arrollador. Una vez que lo nombraran, sería primer ministro durante cinco años.

– Monsieur le Ministre- dijo ella sofocando una sonrisa-, usted promueve la reforma social, pero su partido sanciona este tratado racista. ¿Puede usted explicar esta contradicción?

Cazaux asintió e hizo una pausa

– Mademoiselle, ha mencionado usted algo interesante.-Se volvió hacia la multitud, una mezcla de cabezas rapadas, gente que iba de compras y jóvenes sionistas-. Si hubiera otra manera de reducir nuestra atroz tasa de desempleo del doce coma ocho por ciento, sería el primero en hacerlo. En este momento, Francia tiene que ponerse en pie, volver a tomar parte en el mercado global, y no hay nada más importante que eso.

En la multitud muchos asintieron, pero los jóvenes sionistas coreaban: “No más campos!”

El ministro se dirigió a ellos

– No existen respuestas simples ante la inmigración. Ojalá fuera así

Abrazó a un gimoteante bebé que le tendió una madre sudorosa. Tomándose todo el tiempo del mundo, acunó al bebé como un experimentado abuelo. Luego lo besó en las mejillas, lo arrulló y se lo devolvió con cuidado a su encandilada madre

– El diálogo es el fundamento de nuestra república.-Sonrió a los sionistas-. Hagan llegar sus preocupaciones a mi despacho.

Tuvo que admitir que Cazaux era bueno. Se trabajaba bien a las masas. Varios fotógrafos lo cazaron hablando seriamente con un joven sionista. Para cuando se disolvió el atasco, incluso el estruendo de los sionistas casi había cesado.

A una señal de los guardaespaldas, Cazaux saludó con la mano, subió a la limousine y salió a toda velocidad calle abajo. Se dio cuenta de que todo el incidente había durado menos de quince minutos. Su experto manejo de la violencia potencial disparó su inquietud. Había manipulado la volátil situación casi como si la hubiera planeado él mismo. Se preguntó cuándo se había vuelto tan cínica.

Delante de ella había un hombre que llevaba una boina azul ladeada.

– Como en los viejos tiempos. Sólo que está vez igual lo hacen bien-dijo, murmurando. Tenía el rostro contorsionado por el odio

“Hay negros y árabes por todos los sitios-continuó-. Mi pensión de veterano de guerra es la mitad de lo que consiguen los negros. Meten ruido durante toda la noche y ni siquiera hablan francés.

Ella se volvió hacia otro lado y miró directamente a los ojos de Leif, el skinhead del pantalón de cuero de Les Blancs Nationaux. Estaba en pie junto a la entrada de un lúgubre hotel particulier y la observaba. Aunque iba vestida con un traje rojo, maquillaje y tacones en lugar del cuero, el pintalabios negro y las cadenas, no iba a quedarse a ver si la reconocía.

Cuando volvió a mirar se había ido. Se sintió rodeada por el olor a sudor rancio y a lana húmeda. Se quedó paralizada cuando vio su cresta aparecer por encima del hombro del anciano.

– Salauds! – maldijo el viejo a la multitud que se empujaba, sin que Aimée supiera muy bien a quién se refería.

Tenía mucho miedo. N esa calle angosta y abarrotada, no tenía adónde ir. Se agazapó detrás del anciano, se quitó la chaqueta roja, y se colocó un gorro marrón de esquiar sobre el pelo. Le dio un escalofrío al quedarse vestida con una camiseta de seda color crema bajo la persistente lluvia, se colocó unas gafas de gruesa montura negra y se mezcló con la multitud lo mejor que pudo.

– Despidieron a mi hijo, pero él no recibe ese abultado cheque de bienestar social que esos negros consiguen sin hacer nada-gritó el viejo

Aimée sintió unos dedos que la palpaban por debajo de la blusa, pero no podía ver a quién pertenecían. Se inclinó, abrió la boca y mordió con todas sus fuerzas. Alguien aulló de dolor y la multitud se desperdigó asustada. Aimée se abrió paso a codazos a través de la muchedumbre que rezongaba. No se detuvo hasta que llegó al metro, donde deslizó su pase en la canceladora y corrió hasta el andén más próximo. Ráfagas de aire caliente salían de los conductos de ventilación embaldosados cuando los trenes se detenían y partían. Se quedó en pie delante de ellos hasta que se le secó la blusa, dejó de temblar y tramó un plan.

Miércoles a mediodía

Aimée trabajaba con el ordenador en su apartamento y desde él accedía a la actividad de la tarjeta de crédito de Thierry Rambuteau, a sus multas de aparcamiento e incluso a su pasaporte. Conducía un Porsche clásico del 59, vivía con sus padres y la noche anterior había estado cenando en Le Crepuscule en la orilla izquierda del Sena y había utilizado su tarjeta American Express.