Выбрать главу

– Adrenalina a la de tres-dijo un médico situado cerca del pecho de Soli, el cual respiraba espasmódicamente

Ella miró la burbuja de su brazo, ahora hinchada y de color púrpura, y escuchó su trabajosa respiración. Los hundidos pómulos de Soli se contraían al tratar él desesperadamente de succionar aire. En sus ojos había un destello de lucidez.

El doctor levantó la vista

– Será mejor llamar al rabino. Que vaya a alguien a ver. ¿Hay alguien de la familia?

Aimée ignoró los latidos de su corazón y se adelantó

– Soy su sobrina. Mi tío se encuentra bajo protección las veinticuatro horas, pero alguien ha llegado hasta él. Le han inyectado alguna droga

El médico le disecó una mirada inquisidora

– ¿Quiere decir que lo que tiene en el brazo…?-Cogió el expediente de Soli que estaba colgado de la cama-. No responde. Compruebe la solución intravenosa.

– ¿No pueden hacer nada?-Aimée se dirigió hacia la cabecera de la cama con un sentimiento de culpabilidad por mentir. Soli fijó en ella su mirada y ella le devolvió el gesto

– Las respuestas vitales son mínimas-dijo el médico

Aimée se inclinó y acarició con delicadeza el brazo de Soli, el cual estaba frío y húmedo. Le molestaba su mala conciencia, pero no sabía qué otra cosa hacer para saber qué ocurría-. Soli, ¿qué significa esa foto?- le susurró al oído.

Soltó los brazos de los tubos y los agitó de manera incontrolada. Intentó aproximarse a ella

– Usted lo sabe, ¿verdad, Soli?-Ella intentaba buscar la respuesta en su mirada-. Por qué mataron a Lili

Sus afiladas uñas se le clavaban como agujas en la piel. Aimée hizo una mueca de dolor e intentó echarse hacia atrás, pero él la trajo más cerca

– No…deje que…él…-le dijo al oído con voz rasposa

– ¿Quién?-dijo Aimée cuando su aliento árido le golpeó la mejilla

Alguien le tocó el hombro

– Está aquí el rabino. Deje que su tío rece con él.

Soli puso los ojos en blanco.

– Dígame, Soli, dígame…-Pero las enfermeras comenzaban a retirarla.

El movió la cabeza y tiró de Aimée con más fuerza, arañando su piel con las uñas

– ¡Dígalo! ¡Diga su nombre!-suplicó Aimée

Soli agitó el otro brazo escarbando en la sábana

– Lo…

– ¿L´eau, Soli? ¿Agua?-dijo ella-. ¿Qué quiere decir?

El pestañeo varias veces y luego su mirada se tornó vacía. El monitor del ritmo cardíaco registró unas líneas planas. De la naríz de Soli brotaba un reguero de sangre. Con cuidado, el médico levantó los dedos de Soli del cuello de Aimée

– Yit-ga-dal v-yit-ka-dash shemei.-El rabino entonó la oración por los difuntos al entrar en la habitación

La enfermera condujo a aimée al pasillo, donde se recostó temblando en las rayadas paredes. Había visto morir a su padre frente a ella. Y ahora a Soli Hecht

Sentía el cuello en carne viva. Como su corazón. Otro callejón sin salida. Solo pedía agua.

El rabino metió el libro de oraciones bajo el brazo y se le unió en el pasillo. La miró durante un rato

– Usted no es la sobrina de Soli. Toda su familia murió en la cámara de gas en Treblinka

Aimée sintió que se le tensaban los hombros. Miró a un lado y otro del pasillo y se preguntó por qué no habían llegado los refuerzos policiales

– Rabino: a Soli Hecht lo han asesinado

– Más vale que tenga usted algo más que un simple chutzpah como para mentir en el lecho de muerte de un hombre y luego decir que lo han asesinado. Explíquese

O bien la capacidad de reacción de la policía había disminuido o ella no había hablado realmente por una radio de la policía. Comenzó a sentirse cada vez más inquieta

– Estoy dispuesta a explicarlo, pero aquí no -dijo-. Andemos por el pasillo despacio, hasta la recepción y el ascensor

Pasaron junto a la UVI móvil medicalizada, abandonada ahora en el medio del pasillo

– Me ha contratado el Templo de E´manuel para que investigue

El rabino abrió unos ojos como platos

– ¿Quiere decir que esto tiene algo que ver con el asesinato de Lili Stein?

Aimée asintió

– ¿No vio usted que el policía que vigilaba la habitación yacía inconsciente en el suelo? ¿Y la marca del pinchazo en el brazo de Soli, un trabajo chapucero hinchando como si fuera una pelota de golf?

El rabino asintió despacio

– Alguien empujó a Soli contra el autobús-dijo ella-. No salió bien, así que cuando salió del coma, acabaron con él con una inyección letal. Por desgracia, llegaron antes que yo. No sé de qué manera, pero tiene que ver con el asesinato de Lili Stein. ¿Pudo él hablar?

El rabino negó con la cabeza

– Iba y venía. Nunca recobró la conciencia

Del pasillo les llegó ruido de voces. Varios policías vestidos de paisano avanzaban por el pasillo a grandes zancadas. ¿Por qué no había llegado una patrulla uniformada? Se incrementaron sus sospechas. Aimée se volvió de espaldas a ellos, inclinó la cabeza y agarró al rabino del brazo

– Vayamos despacio hacia las escaleras. No quiero que me vean. ¡Por favor, ayúdeme!-le susurró al oído

El rabino suspiró

– Es difícil creer que alguien pudiera maquinar todo esto

La empujó ligeramente hacia delante. Anduvieron cogidos del brazo hacia las escaleras mientras ella escondía su rostro entre su rasposa barba grisácea. Cuando escuchó las interferencias y los crujidos de las radios de la policía por el pasillo, refugió la cabeza aún más en su hombro.

– Solo la estoy ayudando porque Soli era un buen hombre-siseó el rabino al doblar la esquina. Se acercó sigilosamente a las escaleras, bloqueando así la visión, mientras Aimée reptaba escaleras abajo. Se movía tan rápida y silenciosamente como se lo permitían las viejas escaleras.

– Perdone, rabino. ¿Dónde está la mujer con la que estaba usted hablando?-le preguntó al rabino alguien con voz alta

– Ha ido a lavarse la cara a los aseos-escuchó que él contestaba

En el piso de abajo, Aimée avanzó rápidamente por una pasarela peatonal de cristal, hasta la parte antigua del hospital. Una vez en el exterior, soltó el ciclomotor y examinó la zona

Unos pocos coches de policía camuflados estaban estacionados a la entrada el hospital, pero ella no vio a nadie. Un olor penetrante a lejía emanaba de la lavandería del viejo hospital. Arrancó accionando el pedal y avanzó por la rue Elzevir flanqueada por árboles, tranquila a esta hora de la tarde.

Los de la Comisaría de la Policía no llevaban Berettas. Lo hacían los matones profesionales, eso ya lo sabía. El motor de una motocicleta aullaba ruidoso tras ella. Pocos coches transitaban la estrecha rue Elzevir. El motor desminuyó la velocidad y luego rugió una vez más. De repente, de un callejón salió un coche como una flecha y se cruzó delante de ella. Solo vio la ventana tintada del coche antes y la lanzara por los aires. Durante los tres segundos que se mantuvo suspendida en el aire, vio todo a cámara lenta mientras se daba cuenta de que la motocicleta se alejaba a toda velocidad.

Se protegió la cabeza y dio un salto mortal. Se golpeó los hombros contra el parabrisas de un coche estacionado. Inhaló la fetidez de la goma quemada antes de golpear con la cabeza el espejo retrovisor, como un martillo. Sintió que el dolor se le extendía por todo el cráneo. Cayó del capó rodando.

Se derrumbó sobre la acera, conmocionada, comprimida entre un neumático lleno de barro y el desagüe de piedra. El coche se detuvo y dio marcha atrás acelerando el motor a tope. Mareada, se arrastró por encima de los grasientos restos de aceite y rodó hasta situarse debajo de un coche aparcado. Apenas cabía. Sacó la Glock de 9 mm de la chamarra vaquera y deslizó el seguro. La puerta del coche se abrió y sonaron unos pasos cerca de su cabeza sobre la acera.

Temerosa hasta de respirar, vio los talones de un par de botas negras. Tendría suerte si podía dispararle en el pie. Ruidosas sirenas de la policía atronaban calle abajo. Tiraron un cigarrillo rubio a la acera junto a ella que se apagó en un charco. Se oyó el chasquido de la puerta al abrirse y después el coche se alejó a toda velocidad.